En el laberinto preelectoral

Redacción

Por Redacción

A pesar de que –o debido a que– nadie parece saber muy bien lo que está pensando el intendente de Tigre, Sergio Massa, un hombre relativamente joven que, como muchos otros, ya ha sido sucesivamente alsogarayista, menemista, duhaldista y kirchnerista, ubicándose últimamente en un lugar intermedio entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri, muchos han logrado convencerse de que es la nueva estrella de la política nacional. Así, pues, la formalización de la candidatura, acaso testimonial, de Massa a diputado nacional, ha motivado no sólo interés sino también una variedad notable de interpretaciones. Según algunos, servirá para hundir definitivamente el proyecto re-reelectoral de Cristina y, mientras tanto, las aspiraciones presidenciales del gobernador bonaerense Daniel Scioli. Otros, encabezados por el peronista disidente Francisco de Narváez, opinan distinto; dicen creer que en verdad la candidatura de Massa es funcional a la presidenta, que el tigrense es “el caballo de Troya del cristinismo”, ya que su participación en el torneo bonaerense dividirá aún más a la oposición auténtica al cada vez menos democrático “estilo K” y, desde luego, hará muy poco probable que De Narváez mismo repita la hazaña del 2009 cuando derrotó a Néstor Kirchner y su séquito de candidatos testimoniales. ¿Estaría Massa dispuesto a pactar con Cristina, ofreciéndole impunidad a cambio del apoyo de sus militantes agresivos? Puesto que nada parece imposible en el mundillo político local, no sorprendería demasiado que al intendente le impresionaran las hipotéticas ventajas de una maniobra de dicho tipo. La candidatura de Massa y las de otros aspirantes a desempeñar papeles más significantes en la política nacional, además de la redacción de las listas de quienes quieren acompañarlos, han requerido meses de negociaciones complicadas. No ha sido cuestión de lo difícil que podría ser combinar idearios diferentes, arte éste que dominan nuestros “políticos de raza”, sino de la necesidad de tomar en cuenta las ambiciones personales de individuos que, con escasas excepciones, se han acostumbrado a subordinar todo lo demás a sus propias prioridades. Massa ha logrado asegurarse el apoyo coyuntural de muchos peronistas y otros porque ven en él un ganador, no porque lo consideran el hombre indicado para liderar el país en una etapa sumamente problemática que le aguarda. Se trata, pues, de rejuntes que en cualquier momento podrían deshacerse por razones que no tendrían nada que ver con los intereses nacionales. De resultar menor que la prevista la presunta capacidad para cosechar votos del figurón de proa de una lista determinada, muchos que en la actualidad dicen apoyarlo con fervor no vacilarían un solo minuto en abandonarlo a su suerte. El tema principal de la fase próxima de la campaña electoral, lo mismo que de la anterior, será la necesidad evidente de obligar a la presidenta a respetar los límites fijados por la Constitución, algo que es claramente reacia a hacer, puesto que a juzgar por su retórica cree que oponérsele es antidemocrático, cuando no golpista. Así, pues, en este ámbito el país ha regresado a los años de la dictadura militar en los que era forzoso defender valores democráticos y republicanos fundamentales contra quienes los despreciaban. En aquellos tiempos, muchos, incluyendo al líder radical Raúl Alfonsín, hablaban como si creyeran que la restauración de la democracia y del respeto por la ley sería suficiente como para resolver los demás problemas del país, razón por la que minimizaban las dimensiones que había adquirido la crisis económica y social que, de resultar elegidos, les sería necesario enfrentar. En la actualidad, los presuntos sucesores de Cristina parecen igualmente decididos a pasar por alto la gravedad de la situación que ha creado un gobierno llamativamente inepto, acaso por entender que aludir a los problemas concretos y lo que sería necesario hacer para superarlos podría costarles muchos votos. Al polarizar tanto la política, los kirchneristas la han empobrecido hasta tal punto que tendrían que pasar muchos meses, tal vez años, antes de que el gobierno que finalmente surja del caos existente hiciera un esfuerzo genuino por elaborar una estrategia que sea a un tiempo realista y electoralmente viable, si es que uno consigue hacerlo.


A pesar de que –o debido a que– nadie parece saber muy bien lo que está pensando el intendente de Tigre, Sergio Massa, un hombre relativamente joven que, como muchos otros, ya ha sido sucesivamente alsogarayista, menemista, duhaldista y kirchnerista, ubicándose últimamente en un lugar intermedio entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri, muchos han logrado convencerse de que es la nueva estrella de la política nacional. Así, pues, la formalización de la candidatura, acaso testimonial, de Massa a diputado nacional, ha motivado no sólo interés sino también una variedad notable de interpretaciones. Según algunos, servirá para hundir definitivamente el proyecto re-reelectoral de Cristina y, mientras tanto, las aspiraciones presidenciales del gobernador bonaerense Daniel Scioli. Otros, encabezados por el peronista disidente Francisco de Narváez, opinan distinto; dicen creer que en verdad la candidatura de Massa es funcional a la presidenta, que el tigrense es “el caballo de Troya del cristinismo”, ya que su participación en el torneo bonaerense dividirá aún más a la oposición auténtica al cada vez menos democrático “estilo K” y, desde luego, hará muy poco probable que De Narváez mismo repita la hazaña del 2009 cuando derrotó a Néstor Kirchner y su séquito de candidatos testimoniales. ¿Estaría Massa dispuesto a pactar con Cristina, ofreciéndole impunidad a cambio del apoyo de sus militantes agresivos? Puesto que nada parece imposible en el mundillo político local, no sorprendería demasiado que al intendente le impresionaran las hipotéticas ventajas de una maniobra de dicho tipo. La candidatura de Massa y las de otros aspirantes a desempeñar papeles más significantes en la política nacional, además de la redacción de las listas de quienes quieren acompañarlos, han requerido meses de negociaciones complicadas. No ha sido cuestión de lo difícil que podría ser combinar idearios diferentes, arte éste que dominan nuestros “políticos de raza”, sino de la necesidad de tomar en cuenta las ambiciones personales de individuos que, con escasas excepciones, se han acostumbrado a subordinar todo lo demás a sus propias prioridades. Massa ha logrado asegurarse el apoyo coyuntural de muchos peronistas y otros porque ven en él un ganador, no porque lo consideran el hombre indicado para liderar el país en una etapa sumamente problemática que le aguarda. Se trata, pues, de rejuntes que en cualquier momento podrían deshacerse por razones que no tendrían nada que ver con los intereses nacionales. De resultar menor que la prevista la presunta capacidad para cosechar votos del figurón de proa de una lista determinada, muchos que en la actualidad dicen apoyarlo con fervor no vacilarían un solo minuto en abandonarlo a su suerte. El tema principal de la fase próxima de la campaña electoral, lo mismo que de la anterior, será la necesidad evidente de obligar a la presidenta a respetar los límites fijados por la Constitución, algo que es claramente reacia a hacer, puesto que a juzgar por su retórica cree que oponérsele es antidemocrático, cuando no golpista. Así, pues, en este ámbito el país ha regresado a los años de la dictadura militar en los que era forzoso defender valores democráticos y republicanos fundamentales contra quienes los despreciaban. En aquellos tiempos, muchos, incluyendo al líder radical Raúl Alfonsín, hablaban como si creyeran que la restauración de la democracia y del respeto por la ley sería suficiente como para resolver los demás problemas del país, razón por la que minimizaban las dimensiones que había adquirido la crisis económica y social que, de resultar elegidos, les sería necesario enfrentar. En la actualidad, los presuntos sucesores de Cristina parecen igualmente decididos a pasar por alto la gravedad de la situación que ha creado un gobierno llamativamente inepto, acaso por entender que aludir a los problemas concretos y lo que sería necesario hacer para superarlos podría costarles muchos votos. Al polarizar tanto la política, los kirchneristas la han empobrecido hasta tal punto que tendrían que pasar muchos meses, tal vez años, antes de que el gobierno que finalmente surja del caos existente hiciera un esfuerzo genuino por elaborar una estrategia que sea a un tiempo realista y electoralmente viable, si es que uno consigue hacerlo.

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