En el tobogán

Redacción

Por Redacción

Por mucho que se hayan esforzado los cuidadores de precios, respaldados por “militantes” dispuestos a castigar a almaceneros díscolos, se prevé que la suba del costo de vida para febrero será aún mayor a la de enero y que en marzo, un mes que casi siempre se caracteriza por los aumentos, se mantendrá el mismo ritmo. ¿Y en abril? No existen motivos para suponer que, luego de un trimestre sumamente agitado, la inflación se desacelerará a menos que el gobierno adopte medidas drásticas que, desde luego, provocarían el temido “enfriamiento” de la economía, o sea, una recesión profunda. A juzgar por los datos que se han difundido, el país ya ha ingresado en un período de estanflación del cual no le será nada sencillo salir. Ya no se trata de optar entre un ajuste por un lado y el crecimiento con “un poco” de inflación por el otro. Si bien durante años el gobierno kirchnerista creía que le sería dado elegir entre el enfriamiento y la inflación, nunca fue cuestión de una alternativa tan sencilla. Con todo, el gobierno suponía que los costos políticos de convivir con una tasa anual por encima del 10% serían inferiores a los ocasionados por una etapa de crecimiento lento, y por tal razón optó por continuar estimulando el consumo con la esperanza de que tendrían razón los que, como la entonces presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, insistían en que el aumento generalizado de precios no era un fenómeno monetario. Según dijo una vez la responsable de defender el valor de la moneda nacional, “es totalmente falso decir que la emisión genera inflación” que en su opinión se debe casi exclusivamente al “exceso de demanda, algo que no vemos en la Argentina”. Por desgracia, en términos prácticos la teoría atractiva de la funcionaria de origen desarrollista resultó ser ilusoria. Al inundar el país de billetes de 100 pesos, dio a la inflación un impulso tan fuerte que contrarrestarlo será extraordinariamente difícil. La postura “heterodoxa” asumida por Marcó del Pont dista de ser excéntrica. Por el contrario, aquí puede considerarse normal, de ahí los desastres ya rutinarios que experimenta el país. En efecto, la convicción casi universal de que debería haber soluciones fáciles e indoloras para todos los problemas económicos pero que, por los motivos que fueran, el gobierno de turno no atina a encontrarlas, ha contribuido mucho más que cualquier otro factor a la prolongada decadencia argentina. Hay un consenso progresista de que “los ajustes” –es decir, los intentos esporádicos y siempre tardíos de impedir que el gasto público se aleje demasiado del ingreso– son malos, derechistas, ortodoxos y liberales, de ahí la resistencia de tantos gobiernos peronistas, radicales e incluso militares a pisar los frenos a tiempo para ahorrarnos males mayores. Mientras buena parte de la clase política y la elite intelectual siga pensando de esta manera, la Argentina será un país en el que, para extrañeza de los observadores internacionales y frustración de sus habitantes, las crisis económicas se sucedan, con regularidad deprimente, cada diez años. En diversas oportunidades, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos ha informado que el gobierno que encabeza es contrario por principio a los ajustes y a la austeridad en virtualmente cualquier circunstancia, sin que los opositores se hayan animado a contradecirla afirmando que siempre es mejor manejar la economía con realismo. Antes bien, se han concentrado en denunciar las aberraciones de personajes como el exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno. Para no correr riesgos políticos en una sociedad en que, desde hace muchas décadas, es normal que los dirigentes traten de congraciarse con los votantes asegurándoles que merecen mucho más y que ha llegado la hora de compensarlos por sus sacrificios, han preferido insinuar que sería posible salir de la situación actual con una estrategia gradualista. Acaso lo fuera si el país contara con un gobierno muy fuerte en que la mayoría confiara, pero sorprendería que lo tuviera en el futuro previsible. Tal y como están las cosas, lo más probable es que el gobierno próximo se sienta desbordado por los problemas que herede del kirchnerista y que por lo tanto “el mercado” se encargue de profundizar el ajuste que, mal que nos pese, ya está en marcha.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 27 de febrero de 2014


Por mucho que se hayan esforzado los cuidadores de precios, respaldados por “militantes” dispuestos a castigar a almaceneros díscolos, se prevé que la suba del costo de vida para febrero será aún mayor a la de enero y que en marzo, un mes que casi siempre se caracteriza por los aumentos, se mantendrá el mismo ritmo. ¿Y en abril? No existen motivos para suponer que, luego de un trimestre sumamente agitado, la inflación se desacelerará a menos que el gobierno adopte medidas drásticas que, desde luego, provocarían el temido “enfriamiento” de la economía, o sea, una recesión profunda. A juzgar por los datos que se han difundido, el país ya ha ingresado en un período de estanflación del cual no le será nada sencillo salir. Ya no se trata de optar entre un ajuste por un lado y el crecimiento con “un poco” de inflación por el otro. Si bien durante años el gobierno kirchnerista creía que le sería dado elegir entre el enfriamiento y la inflación, nunca fue cuestión de una alternativa tan sencilla. Con todo, el gobierno suponía que los costos políticos de convivir con una tasa anual por encima del 10% serían inferiores a los ocasionados por una etapa de crecimiento lento, y por tal razón optó por continuar estimulando el consumo con la esperanza de que tendrían razón los que, como la entonces presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, insistían en que el aumento generalizado de precios no era un fenómeno monetario. Según dijo una vez la responsable de defender el valor de la moneda nacional, “es totalmente falso decir que la emisión genera inflación” que en su opinión se debe casi exclusivamente al “exceso de demanda, algo que no vemos en la Argentina”. Por desgracia, en términos prácticos la teoría atractiva de la funcionaria de origen desarrollista resultó ser ilusoria. Al inundar el país de billetes de 100 pesos, dio a la inflación un impulso tan fuerte que contrarrestarlo será extraordinariamente difícil. La postura “heterodoxa” asumida por Marcó del Pont dista de ser excéntrica. Por el contrario, aquí puede considerarse normal, de ahí los desastres ya rutinarios que experimenta el país. En efecto, la convicción casi universal de que debería haber soluciones fáciles e indoloras para todos los problemas económicos pero que, por los motivos que fueran, el gobierno de turno no atina a encontrarlas, ha contribuido mucho más que cualquier otro factor a la prolongada decadencia argentina. Hay un consenso progresista de que “los ajustes” –es decir, los intentos esporádicos y siempre tardíos de impedir que el gasto público se aleje demasiado del ingreso– son malos, derechistas, ortodoxos y liberales, de ahí la resistencia de tantos gobiernos peronistas, radicales e incluso militares a pisar los frenos a tiempo para ahorrarnos males mayores. Mientras buena parte de la clase política y la elite intelectual siga pensando de esta manera, la Argentina será un país en el que, para extrañeza de los observadores internacionales y frustración de sus habitantes, las crisis económicas se sucedan, con regularidad deprimente, cada diez años. En diversas oportunidades, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos ha informado que el gobierno que encabeza es contrario por principio a los ajustes y a la austeridad en virtualmente cualquier circunstancia, sin que los opositores se hayan animado a contradecirla afirmando que siempre es mejor manejar la economía con realismo. Antes bien, se han concentrado en denunciar las aberraciones de personajes como el exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno. Para no correr riesgos políticos en una sociedad en que, desde hace muchas décadas, es normal que los dirigentes traten de congraciarse con los votantes asegurándoles que merecen mucho más y que ha llegado la hora de compensarlos por sus sacrificios, han preferido insinuar que sería posible salir de la situación actual con una estrategia gradualista. Acaso lo fuera si el país contara con un gobierno muy fuerte en que la mayoría confiara, pero sorprendería que lo tuviera en el futuro previsible. Tal y como están las cosas, lo más probable es que el gobierno próximo se sienta desbordado por los problemas que herede del kirchnerista y que por lo tanto “el mercado” se encargue de profundizar el ajuste que, mal que nos pese, ya está en marcha.

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