En Irán, un año nuevo lleno de ansiedad

Por Redacción

Para el mundo persa el año nuevo, denominado “Nouruz”, es una fiesta alegre que –como tantas– combina la tradición con la superstición. Ese día las calles de las ciudades se llenan de gente hasta altas horas de la noche. Para celebrar se encienden hogueras y se disparan petardos y fuegos artificiales. Las familias limpian prolijamente sus casas, lavan sus alfombras y las ponen luego a secar en exposición, en señal de nuevo comienzo. A todo ello se agrega la preparación de algunos alimentos tradicionales que simbolizan la riqueza, la paciencia, el renacimiento y la buena salud, entre otras cosas. Durante la fiesta se leen poemas, se escucha música y se canta y la gente suele vestirse con ropas nuevas. Los más religiosos leen públicamente el Corán minutos antes de que cambie el año. Al día siguiente muchos salen de vacaciones. Las ciudades se vacían y los lugares de turismo se llenan. Antes de partir, quienes tienen algún problema pendiente atan un puñado de hierbas y lo dejan en su casa, con la esperanza de que así el problema se resuelva o diluya. Para los iraníes, el año nuevo que acaba de celebrarse –además de bailes, música y la alegría de celebrarlo– trajo una dosis inusual de ansiedad. Ocurre que la economía iraní está en pésimo estado. El gobierno del presidente Rouhani hasta ahora no ha podido detener la espiral inflacionaria. La ha moderado, pero muy poco: del 39 al 36,7% anual. Las políticas populistas de su antecesor, el presidente Mahmoud Ahmadinejad, terminaron en un verdadero desastre, como suele suceder en todas las latitudes. Tarde o temprano las fiestas de exceso de consumo y dispendio terminan pagándose. En el caso iraní, las sanciones económicas de la comunidad internacional terminaron castigando duramente a la economía al reducir significativamente las ventas de petróleo crudo al exterior y generar un déficit operativo de 30 billones de dólares. Inmediatamente después del año nuevo el precio de la harina se duplicó, así como el del pan, su derivado. Los de los combustibles, por su parte, se triplicaron y el dólar paralelo está ya 17 veces más alto que el oficial. La factura de electricidad aumentó un 24% y la de agua, un 20%. Durísimo. El gobierno iraní debe comenzar a desarmar los subsidios, que aún conforman el 84% del precio del gas, el 77% del de las naftas y el 81% del precio del diésel. Además, está obligado a reducir el pequeño subsidio monetario que mensualmente percibía casi cada iraní; en rigor, 76,5 millones de almas sobre una población de 77 millones. Seguir con la fiesta es imposible. Por esto se espera también un aumento de los impuestos, así como de las tasas de interés –que están ya en el 30% anual–. Por todo esto, la celebración alegre del año nuevo persa, al menos para los iraníes, dio pronto lugar a una sensación silenciosa de ansiedad y preocupación por la dureza que el nuevo año –según parece– indefectiblemente tendrá. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)