“En materia de democracia, otra vez, ‘el pueblo quiere saber de qué se trata’”

Redacción

Por Redacción

En diciembre del año pasado, algunos se reunieron a celebrar los 30 años de democracia. No eran muchos. Ya los ardores de la vuelta institucional, motivo central de una democracia, se habían apagado un poco bastante. ¿Motivos? Decenas y varias… ¿Por culpa de la democracia? En absoluto. Sólo por una muy imperfecta interpretación del libreto por parte de sus representantes, y aclaro desde un principio, sin distinción de color o bandería. También de nosotros, los electores mandantes. Es que la democracia no se festeja por el sólo hecho de ocupar un cargo público validado por un acto eleccionario. Eso huele mucho a confundirlo con privilegios. ¡Y los privilegios no son nada democráticos! Tampoco por el solo acto de votar. En ningún manual de democracia se establece que la disposición de urnas cada tantos meses o años para sufragar un voto por parte del pueblo define de por sí el contenido substancial de una real y vívida democracia. Para nada. La democracia ante todo encierra, como todas las actividades valederas humanas, un espíritu. El espíritu democrático es el ingrediente principalísimo para formarla, moldearla y establecerla, como relación político-social sólida y permanente. ¿Puede cocinarse un pan sin harina, sin levadura, sin buena agua? Y más. ¿Puede hornearse un pan sin que el mismo termine atrayente al comensal sólo al ver su exquisita presentación, adivinar su rico sabor, oler su perfume, que ya de por sí parece saciar el apetito más exigente? No. No sería pan. Podría ser un engrudo, ese que amasábamos de niños con la idea de fabricarnos nuestra propia goma de borrar. Hasta en nuestra inocencia, para que amalgamara mejor, le agregábamos unas gotitas de vinagre. ¡Vinagre! Este símil, recuerdo espontáneo de la infancia, no se aleja mucho de lo que se practica hoy en nuestro país como democracia. Diría más, hasta el mencionado e insólito vinagre contiene hoy esta vernácula interpretación del sistema pergeñado en la magna Grecia, allá por los tiempos de Platón y Aristóteles… Y si no, repasemos. ¿Tenemos en la Argentina reglas recíprocas de sana convivencia? ¿Se respetan las leyes sobre las que se jura al asumir los cargos públicos? ¿Hay diálogo fluido entre las diversas corrientes político-sociales con el fin principal, central, de beneficiar al país y su pueblo? ¿Hay plena libertad de expresión para llevar a cabo estas prácticas? ¿Se hace hincapié fundamental en elevar la educación de los ciudadanos, dado que la democracia requiere de la mejor calidad de preparación de los mismos para llevarla adelante de una manera óptima y próspera? ¿Se basa el ejercicio de nuestra democracia en un ambiente de bien cuidada paz social, paz para disponer el pensamiento en la creación, en las labores constructivas que favorezcan al bien común y al progreso de la Nación y su pueblo? ¿Se fomentan acuerdos, especialmente en casos de crisis de diversas índoles y características ? ¿Se planean en conjunto líneas de acción a mediano y largo plazo? ¿Se promueven los mejores valores humanos, cuidando además celosamente la salud física, mental y espiritual de los ciudadanos, de manera de poder los mismos asumir plenamente, en la mejor salud, templanza y sabiduría, su papel de controladores de toda la gestión pública, dado que en ellos está depositado el poder que la misma democracia le otorga por su propia definición: “gobierno del pueblo y para el pueblo”, con igualdad de derechos y obligaciones para todos los ciudadanos, sin privilegios de ninguna especie? Podría continuarse. Pero creo que no hace falta mucho más. Estamos ante un nuevo ciclo de renovación de autoridades en muy distintos niveles, incluyendo el más elevado en cargo representativo. Bueno es que los aspirantes a ocupar los mismos se dirijan al pueblo, especialmente a la juventud, para indicarles aciertos y sobre todo errores cometidos en estos largos treinta años, de manera que el electorado sepa comprender, antes que nada, ¡de qué se trata! ¡Es que, como adolescentes empedernidos, debemos comenzar otra vez como en aquellos gloriosos y memorables días de mayo de 1810! Sin duda, no hemos sido buenos alumnos. Que Dios nos ilumine a todos. Sigfrido José Moroder DNI 4.172.885 Buenos Aires

Sigfrido José Moroder DNI 4.172.885 Buenos Aires


En diciembre del año pasado, algunos se reunieron a celebrar los 30 años de democracia. No eran muchos. Ya los ardores de la vuelta institucional, motivo central de una democracia, se habían apagado un poco bastante. ¿Motivos? Decenas y varias... ¿Por culpa de la democracia? En absoluto. Sólo por una muy imperfecta interpretación del libreto por parte de sus representantes, y aclaro desde un principio, sin distinción de color o bandería. También de nosotros, los electores mandantes. Es que la democracia no se festeja por el sólo hecho de ocupar un cargo público validado por un acto eleccionario. Eso huele mucho a confundirlo con privilegios. ¡Y los privilegios no son nada democráticos! Tampoco por el solo acto de votar. En ningún manual de democracia se establece que la disposición de urnas cada tantos meses o años para sufragar un voto por parte del pueblo define de por sí el contenido substancial de una real y vívida democracia. Para nada. La democracia ante todo encierra, como todas las actividades valederas humanas, un espíritu. El espíritu democrático es el ingrediente principalísimo para formarla, moldearla y establecerla, como relación político-social sólida y permanente. ¿Puede cocinarse un pan sin harina, sin levadura, sin buena agua? Y más. ¿Puede hornearse un pan sin que el mismo termine atrayente al comensal sólo al ver su exquisita presentación, adivinar su rico sabor, oler su perfume, que ya de por sí parece saciar el apetito más exigente? No. No sería pan. Podría ser un engrudo, ese que amasábamos de niños con la idea de fabricarnos nuestra propia goma de borrar. Hasta en nuestra inocencia, para que amalgamara mejor, le agregábamos unas gotitas de vinagre. ¡Vinagre! Este símil, recuerdo espontáneo de la infancia, no se aleja mucho de lo que se practica hoy en nuestro país como democracia. Diría más, hasta el mencionado e insólito vinagre contiene hoy esta vernácula interpretación del sistema pergeñado en la magna Grecia, allá por los tiempos de Platón y Aristóteles... Y si no, repasemos. ¿Tenemos en la Argentina reglas recíprocas de sana convivencia? ¿Se respetan las leyes sobre las que se jura al asumir los cargos públicos? ¿Hay diálogo fluido entre las diversas corrientes político-sociales con el fin principal, central, de beneficiar al país y su pueblo? ¿Hay plena libertad de expresión para llevar a cabo estas prácticas? ¿Se hace hincapié fundamental en elevar la educación de los ciudadanos, dado que la democracia requiere de la mejor calidad de preparación de los mismos para llevarla adelante de una manera óptima y próspera? ¿Se basa el ejercicio de nuestra democracia en un ambiente de bien cuidada paz social, paz para disponer el pensamiento en la creación, en las labores constructivas que favorezcan al bien común y al progreso de la Nación y su pueblo? ¿Se fomentan acuerdos, especialmente en casos de crisis de diversas índoles y características ? ¿Se planean en conjunto líneas de acción a mediano y largo plazo? ¿Se promueven los mejores valores humanos, cuidando además celosamente la salud física, mental y espiritual de los ciudadanos, de manera de poder los mismos asumir plenamente, en la mejor salud, templanza y sabiduría, su papel de controladores de toda la gestión pública, dado que en ellos está depositado el poder que la misma democracia le otorga por su propia definición: “gobierno del pueblo y para el pueblo”, con igualdad de derechos y obligaciones para todos los ciudadanos, sin privilegios de ninguna especie? Podría continuarse. Pero creo que no hace falta mucho más. Estamos ante un nuevo ciclo de renovación de autoridades en muy distintos niveles, incluyendo el más elevado en cargo representativo. Bueno es que los aspirantes a ocupar los mismos se dirijan al pueblo, especialmente a la juventud, para indicarles aciertos y sobre todo errores cometidos en estos largos treinta años, de manera que el electorado sepa comprender, antes que nada, ¡de qué se trata! ¡Es que, como adolescentes empedernidos, debemos comenzar otra vez como en aquellos gloriosos y memorables días de mayo de 1810! Sin duda, no hemos sido buenos alumnos. Que Dios nos ilumine a todos. Sigfrido José Moroder DNI 4.172.885 Buenos Aires

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