En política, la resurrección existe

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En el particular universo de la política, la desaparición repentina de los actores de su escenario es una posibilidad. Aunque generalmente remota. La resurrección es, en cambio, siempre factible. No importa cuál pudiera haber sido el pecado atribuido al personaje bajo análisis. Hay, por lo demás, momentos en los que esto es particularmente evidente. Aquellos en los que (como ha ocurrido a lo largo de nuestros últimos ocho años en la Argentina) los principios morales se dejan masivamente de lado y la perversión se trasforma en normalidad. La ley deja entonces de ser un límite. Nada conmueve ni asombra demasiado a la opinión pública. No hay límites para las sorpresas. La corrupción de todo deviene una constante, capaz –a veces– de generar bronca. Por un rato, apenas. Después todo se diluye. No aparece ese fuerte rechazo público que obliga a cambiar de rumbo. En el exterior, el mundo nos mira, asombrado. Atónito más bien, ante la inundación de groseras anomalías. No puede creer que sea posible el escenario que hoy vivimos, donde los delitos se atribuyen permanentemente a lo más alto de la pirámide del poder, que mira para otro lado mientras construye biombos y ficticias tablas de salvación. En alguna menor escala, la redención es posible para los políticos aun en las democracias a las que se tiene por más avanzadas. Hasta en Estados Unidos. Veamos sino algunos ejemplos. El expresidente Bill Clinton pudo haber sido desalojado de la presidencia de su país por haber mentido sobre una relación extramarital; pero no lo fue y hoy es un político popular, que obtiene fácilmente donaciones de fondos privados para financiar su partido, el Demócrata, como pocos. En la vereda de enfrente, la del Partido Republicano, Newt Gingrich tuvo que gambetear serias cuestiones éticas en 1997 y luego debió poner sobre la mesa, también él, una relación extramarital. Acaba –sin embargo– de ser candidato en las primarias de su partido. Edward Kennedy, cuando se desempeñaba como senador federal, en 1969, protagonizó un dudoso accidente automovilístico como consecuencia del cual murió una joven, a la que no auxilió; pero siguió siendo considerado un ícono de la política del país del norte. David Vitter, un senador republicano, admitió visitar a prostitutas, pero también fue reelecto. Y hay muchos otros ejemplos. El exgobernador de Carolina del Sur, Mark Sandford, que debió dejar su puesto como consecuencia de una infidelidad cuando se descubrió que estaba –de incógnito– en la Argentina, ahora –finalmente divorciado– acaba de ser electo legislador por su estado. Los ciudadanos olvidan y perdonan. Después de ratos de indignación por lo general cortos. Aunque no siempre ello sea efectivamente así. Como sucedió, por ejemplo, con el senador Gary Hart, en 1988, cuando fuera atrapado en una salida náutica de corte indecoroso, cerca de la elección presidencial de ese año. La gran pregunta en nuestra Argentina de hoy, al menos para nosotros, parecería ser otra: ¿hay límites para la indecencia? A lo que cabe agregar: ¿no hay, para quienes están en lo más alto del poder, parámetros que son particularmente estrictos? La renuncia, es evidente, no está en el diccionario de los políticos populistas. Pero, ante una creciente ola de sospechas de la peor corrupción que no reciben siquiera una respuesta, ¿es posible pretender que nada pasa? ¿Ante el asombro de propios y ajenos? (*) Analista del Grupo Agenda Internacional

Gustavo Chopitea (*)


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