En un mundo de conspiradores

Por Redacción

Los kirchneristas no necesitaron estudiar los escritos de un jurista nazi alemán para entender que un buen enemigo puede valer mucho más que cualquier cantidad de aliados tibios, pero ya se han ido los días en que atribuir los problemas del país a bandas siniestras resueltas a depauperar a la gente les permitía continuar “construyendo poder”. Por cierto, los esfuerzos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros por hacer pensar que el desbarajuste económico que tanta angustia está causando es fruto de una vasta conspiración urdida por empresarios, banqueros y sindicalistas, además de los grupos financieros internacionales que a su juicio manejan los “medios corporativos” más influyentes del mundo desarrollado, sólo sirven para brindar una impresión de impotencia. Cuando el martes pasado la presidenta, rodeada como es su costumbre de funcionarios presuntamente leales y los aplaudidores que suelen acompañarla cuando habla al país a través de la cadena nacional de radio y televisión, se despachó con vehemencia rencorosa contra todos aquellos que compran dólares a fin de protegerse contra la inflación, prestándose así a “maniobras especulativas y de mercado”, su alocución no motivó la reacción positiva que habrá esperado. No bien terminó de hablar, cuatro de los cinco sindicatos docentes reclamaron un aumento salarial del 61%. Se trata de una cifra alarmante: no sorprendería que la adoptaran otros sectores gremiales, lo que daría un impulso adicional a la inflación que, de acuerdo común, habrá dejado atrás “la barrera” del 30% anual para acercarse a la próxima, del 40%. La estrategia del gobierno kirchnerista parece basarse en la noción de que la gestión de Cristina ha sido tan exitosa que, para oponérsele, sus adversarios no tienen más alternativa que mentir descaradamente y procurar desestabilizar una economía floreciente, pero los únicos que podrían tomar en serio las afirmaciones en tal sentido son aquellos militantes jóvenes, rentados o no, que quieren imaginarse protagonistas de una especie de epopeya progresista. Al fin y al cabo, hay que ser muy crédulo para suponer que la suba de las jubilaciones que anunció Cristina, como si se tratara cuestión de un gran triunfo popular, fuera una manifestación más de la generosidad inédita del gobierno nacional, ya que no fue suficiente como para compensar a quienes las perciben por lo perdido debido a la inflación. Aunque algunos funcionarios adultos, como el ministro de Defensa Agustín Rossi, también hablan de “la fortaleza económica y política” que atribuyen al modelo, sabrán que hacerlo es tan absurdo como lo es suponer que la inflación es un invento de economistas ortodoxos resentidos, pero sucede que para ellos la prioridad es procurar asegurar que otros paguen los costos políticos de un desastre que fue provocado por su propia miopía. En circunstancias similares a las imperantes aquí, el presidente venezolano Nicolás Maduro instó a los militantes chavistas a atacar a los supermercadistas, culpables según él de los aumentos de precios; lo hicieron saqueándolos. Puede que Cristina esté pensando en emular al extravagante compañero caribeño ya que, después de pronunciar la arenga difundida por la cadena nacional, sugirió que quienes se desahogan cortando calles deberían ensañarse con los comerciantes. De tal forma, la presidenta legitimó implícitamente la intimidación, cuando no la violencia, en contra de los elegidos para desempeñar el papel de chivos expiatorios. Es lo que hizo en marzo del 2005 su marido cuando, en efecto, ordenó a los piqueteros oficialistas atacar “espontáneamente” las estaciones de servicios de la petrolera Shell, pero por fortuna pronto llegó a la conclusión de que la táctica así supuesta le sería contraproducente. Sin embargo, en aquel entonces la situación enfrentada por los kirchneristas era mucho más manejable que la actual. Los “superávits gemelos” se mantenían y el gobierno se creía en condiciones de darse el lujo de tratar la inflación como un inconveniente menor que podría solucionar manipulando las estadísticas confeccionadas por el Indec. Se equivocaba, claro está. Al negarse a cambiar de rumbo cuando les hubiera sido relativamente fácil hacerlo, los kirchneristas condenaron el modelo que habían improvisado al fracaso, que haría de la fase final de la gestión de Cristina una auténtica pesadilla.


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