Entre Bruselas y Moscú
No se equivocan los comprometidos con la Unión Europea cuando señalan que la confederación que están construyendo ha sido tan atractiva para países ubicados en su perímetro que muchos han modificado su sistema legal, económico y político para que merezca la aprobación de Bruselas y les permita aceptar el llamado “acervo comunitario”, el conjunto de leyes y reglas acumuladas a partir de mediados del siglo pasado. De no haber sido por la UE, hubiera sido mucho más difícil la transición hacia la democracia de España, Portugal, Grecia y los países que antes se habían visto incorporados al imperio soviético. Con todo, parecería que quienes llevan la voz cantante en la UE se han acostumbrado a confiar tanto en su propia autoridad moral que han olvidado que, en ocasiones, les convendría respaldarla con poder económico y militar. No les habrá sorprendido que millones de ucranianos hayan soñado con disfrutar un día de los beneficios que les supondría formar parte de un bloque democrático relativamente próspero, pero nunca previeron que muchos estarían dispuestos a arriesgar la vida en defensa de tales esperanzas o que librarían cruentas batallas campales en Kiev y otras ciudades enarbolando no sólo su propia bandera nacional sino también la europea. Aunque Bruselas les ha asegurado su apoyo verbal, sus representantes han seguido brindando una impresión de debilidad que, claro está, sólo ha servido para envalentonar a adversarios como el autocrático presidente ruso Vladimir Putin. La lucha en Ucrania, que ya ha provocado un centenar de muertes, comenzó cuando el presidente Viktor Yanukovich descartó un pacto económico a punto de firmar con la UE a favor de otro con Rusia. Atribuyó su decisión a que la oferta de la UE era mezquina, mientras que la rusa permitiría que su país superara sus problemas financieros inmediatos y reduciría el riesgo de que el vecino cortara nuevamente los suministros de gas en invierno, pero una proporción significante de sus compatriotas se interesaba menos en la cantidad de dinero en juego que en las connotaciones geopolíticas; lo que quieren los contrarios al acuerdo con Moscú es un futuro europeo, no uno en la órbita rusa que los verían explotados por “oligarcas” corruptos y represivos. Aunque pocos creen que los motivos de Yanukovich fueran tan pragmáticos como afirma, de no haber sido por la voluntad de los líderes europeos de tratarlo como un suplicante cuyo país tendría que someterse a una serie de reformas estructurales severas antes de ser considerado un socio digno de la UE, no le hubiera sido nada fácil optar por depender de la voluntad de Putin. Como muchos historiadores han subrayado, el conflicto, que a pesar de la tregua que según se informa acaba de negociarse, aún podría degenerar en una guerra civil, se debe no sólo a la rivalidad actual entre Europa occidental y el gobierno de Rusia que, a pesar de los muchos problemas internos de su país, aspira a desempeñar un papel equiparable con el de la Unión Soviética o el imperio zarista, sino también a que muchos ucranianos se sienten más afines a los polacos que a los rusos, mientras que otros, sobre todo los rusohablantes que siempre han tomado el idioma ucraniano por un mero dialecto regional de prestigio muy escaso, se aferran a su propias tradiciones culturales. Son herederos de los “eslavófilos” decimonónicos que se oponían a la influencia francesa, inglesa y alemana. En teoría, pues, las condiciones son propicias para una división territorial entre la parte occidental europeísta de Ucrania y la oriental que es mayormente rusa, como sucedió hace poco al separarse pacíficamente Eslovaquia y la República Checa, pero por ahora una solución de aquel tipo parece poco probable. Sea como fuere, para que la UE sea algo más que una entidad económica, dominada por Alemania, en que priman los intereses comerciales y financieros, sería necesario que los países más poderosos y más ricos actuaran con mayor solidaridad hacia los integrantes más pobres y atrasados de la familia europea que durante muchos años –en algunos casos, durante siglos– sufrieron bajo feroces tiranías ajenas y que por lo tanto no pudieron acompañar el progreso político, social y económico de países como Francia, el Reino Unido y, a su modo particular, Alemania.
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