Entripado

Por Redacción

la semana en san martín

La diferencia entre un asunto algo confuso y un escándalo es incierta por estas horas para la administración del intendente sanmartinense, Juan Fernández. Por segunda ocasión en el año dimitió un funcionario de rango político, con sospechas de entripado. Otra vez, la primera reacción oficial fue pretender instalar la piadosa sensación de que son cosas menores. Desde luego, los funcionarios políticos siempre asumen con la renuncia en el bolsillo, y por eso el sistema lo computa como “fusibles”. Entre las muletillas preferidas cuando se produce una dimisión, fuere cual fuere el gobierno, está la de las “razones personales”. Pero incluso los renunciamientos por los más altos objetivos no prescinden de la conciencia individual. Las razones políticas tienen siempre un componente humano. La capital española quedó sacudida la pasada semana por la dimisión de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, aludiendo razones personales: un cáncer en fase de remisión, un deseo de estar con los nietos y, por lo bajo, un entredicho en la peor crisis económica con las alturas de su partido de gobierno, que ya gana los mentideros como el tema de fondo. Muchos políticos no terminan de entender que nada puede ocultarse suficiente tiempo como para evitar dolores de cabeza. Y qué decir cuando lo que se intenta barrer bajo la alfombra es la sospecha de corrupción. Por estos días se asiste al juicio por coimas en el Senado, doce años después del aquel principio del fin para la Alianza. Habrá o no condenas judiciales, pero aquel episodio ya tuvo su condena pública. Irreversible. En San Martín, donde todo suele ser más felizmente pueblerino, primero dejó su cargo en julio un subsecretario de Ingresos Públicos por las ubicuas razones personales, teñidas de mal genio con sus empleados. Pero luego saldrían a la luz dudas sobre el estado de sus cuentas personales, supuestamente incompatibles con alguien dedicado a cuidar la hacienda pública. Verdad o mentira, el daño al sujeto y al gobierno que lo cobijó quedó hecho, potenciado por el primer intento vano de hacerlo pasar por un asunto corriente. Ahora, un subsecretario de Obras Públicas acaba de renunciar por discrepancias con el personal de carrera en su área. La verdad es que en este caso hubo mucho de incompatibilidad de carácter desde el inicio de la gestión. Pero el disparador último fue el supuesto extravío de unos caños que la empresa constructora CN Sapag utiliza para las obras de desagües pluviales. Para el subsecretario, nueve de esos inmensos y costosos caños desaparecieron sin explicaciones del Corralón Municipal. Lo dijo en voz alta entre pares y cayó mal, al punto que uno de los aludidos mandó carta documento. El subsecretario prefirió la salida. Desde el gobierno se dijo que le tenían toda la confianza, pero igual lo dejaron ir sin saber si hubo o no hubo una maniobra con los caños. Mejor hubiera sido ratificarlo hasta aclarar las cosas, en vez de darle las gracias por los servicios prestados. La Fiscalía tomó intervención de oficio y, de momento, la empresa no ha hecho denuncias de faltante de material. Si la constructora no explícita la existencia de perjuicio –si es que efectivamente lo hubo–, también quedarán atadas las manos del fiscal. Una vez más, con o sin verdad, se trata de un galimatías al borde del escándalo para buena parte de la consideración pública; esa que es más afecta a descreer que a creer en la palabra de los políticos. Cierto es que uno no puede desmentir brulotes todos los días, pero los políticos harían bien en evitar que una “piedrita” en el zapato alcance la categoría de un cálculo renal, con el simple trámite de decir la verdad de entrada.

fernando bravo rionegro@smandes.com.ar


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