Escándalos senatoriales

La gente tiene motivos para sospechar lo peor de un Senado donde cumplen papeles protagónicos personajes como Alasino.

Redacción

Por Redacción

El presidente Fernando de la Rúa ya no cree tan «absurda» la denuncia según la cual cinco meses atrás los senadores peronistas repartieron una buena suma de dinero a cambio de su aprobación de la Ley de Reforma Laboral, mientras que el ex presidente Raúl Alfonsín, hombre que suele asumir una actitud corporativa cuando de las vicisitudes de los políticos se trata, insiste en negar la versión pero señala que «es dificilísimo seguir adelante con una sospecha así de la gente», que, es evidente, encuentra más convincentes las acusaciones dirigidas contra los padres de la patria que los esfuerzos no muy vigorosos de los demás dirigentes por desvirtuarlas. Es que la gente ya tiene una multitud de motivos para sospechar lo peor de los integrantes de un senado nacional en el que cumplen papeles protagónicos personajes como el peronista entrerriano Augusto Alasino, que cuenta entre sus miembros a un par de compañeros que en efecto birlaron sus escaños a dos radicales a pesar de las airadas protestas de los correligionarios de los perjudicados y que, huelga decirlo, finalmente dejó incorporar a un ex candidato presidencial que ni siquiera pudo ganar una elección partidaria en su propio municipio.

¿Por qué es tan malo el Senado? La respuesta es sencilla: porque está integrado por individuos que fueron designados por otros políticos y que, en muchos casos, por distintas razones tendrían grandes dificultades para triunfar en elecciones menos limitadas. Para colmo, entre los miembros del Senado hay algunos individuos célebres que parecen más interesados en los fueros que les brinda su condición de senadores que en la oportunidad para participar en el gobierno del país. Y, como si todo esto ya no fuera más que suficiente, la defensa vigorosa de los «ñoquis», que sin duda existen, por parte de los senadores ha provocado una impresión sumamente ingrata en un país ya preocupado por los costos exagerados de «la política», actividad que aquí suele ser mucho más cara que en un país tan rico como los Estados Unidos. Así las cosas, casi cualquier rumor acerca de las costumbres presuntamente corruptas de los miembros de lo que una ex senadora no vacilaba en calificar de «aguantadero» será tomado en serio por el grueso de la ciudadanía. Por eso, las versiones sobre los sobornos que supuestamente recibieron los peronistas de manos de representantes de la Alianza no han causado sorpresa alguna: en cambio, de producirse evidencia irrefutable de que todos los senadores son personas honestas y austeras dispuestas a anteponer los intereses de la sociedad a sus propias ansias familiares, políticas y económicas, el asombro se generalizaría.

En su forma actual, el Senado es en buena medida producto de aquel Pacto de Olivos, acuerdo conforme al cual se aumentó la cantidad de senadores a fin de permitir a los jefes radicales ayudar a ciertos correligionarios leales que de otro modo tendrían que resignarse a vivir como ciudadanos comunes. Si bien pronto podría haber una mejora debido a que todos los senadores serán elegidos directamente, no es demasiado probable que se modifiquen mucho las tradiciones de un cuerpo cuya imagen se asemeja a aquella del por fortuna fallecido «Honorable Concejo Deliberante» porteño. Por las razones que fueran, en nuestro país la cámara alta parece destinada a seguir funcionando como una quinta rueda que a lo sumo sirve para estorbar. En los años últimos, su contribución al bienestar del país ha sido no meramente nula sino negativa a raíz de los escándalos reiterados, el perfil de tantos senadores, los intentos de entrar de individuos considerados siniestros, los hábitos impúdicamente corporativos y el obstruccionismo constante atribuible a la voluntad de sus miembros de negociar con el Poder Ejecutivo de turno. Es lógico, pues, que ya hayan podido oírse voces que proponen un sistema unicameral – o sea, la eliminación del Senado -, y aunque en teoría el bicameralismo tal como se da en nuestro país y en los Estados Unidos debería ser decididamente mejor, en la práctica las deficiencias de la cámara alta han resultado ser tan llamativas que justificar su existencia no es fácil en absoluto.


El presidente Fernando de la Rúa ya no cree tan "absurda" la denuncia según la cual cinco meses atrás los senadores peronistas repartieron una buena suma de dinero a cambio de su aprobación de la Ley de Reforma Laboral, mientras que el ex presidente Raúl Alfonsín, hombre que suele asumir una actitud corporativa cuando de las vicisitudes de los políticos se trata, insiste en negar la versión pero señala que "es dificilísimo seguir adelante con una sospecha así de la gente", que, es evidente, encuentra más convincentes las acusaciones dirigidas contra los padres de la patria que los esfuerzos no muy vigorosos de los demás dirigentes por desvirtuarlas. Es que la gente ya tiene una multitud de motivos para sospechar lo peor de los integrantes de un senado nacional en el que cumplen papeles protagónicos personajes como el peronista entrerriano Augusto Alasino, que cuenta entre sus miembros a un par de compañeros que en efecto birlaron sus escaños a dos radicales a pesar de las airadas protestas de los correligionarios de los perjudicados y que, huelga decirlo, finalmente dejó incorporar a un ex candidato presidencial que ni siquiera pudo ganar una elección partidaria en su propio municipio.

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