La importancia del consenso

Redacción

Por Redacción

Talleres e impresión: Nueve de Julio 733 – (8332) General Roca – Río Negro – CC 784

Si bien parece que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner entiende muy bien que su período en el poder llegará indefectiblemente a su fin en diciembre del 2015, por razones políticas comprensibles se siente constreñida a mantener vivo por algún tiempo más el tema de la re-reelección. Así las cosas, no le habrá inquietado demasiado la afirmación del expresidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva de que “la democracia es un ejercicio de alternancia”, o la del presidente uruguayo, José “Pepe” Mujica, que aprovechó una visita a la Universidad Nacional de La Plata para señalar que a su juicio “los mejores luchadores no son los que hacen más sino aquellos que son capaces de dejar a alguien que los suplante”, ya que por lo menos sirvieron para hacer pensar que la re-reelección sigue siendo una alternativa realista. Con todo, aunque puede parecer un tanto prematuro que los dirigentes políticos hayan comenzado a inquietarse por lo que podría ocurrir en la segunda mitad del 2015, el que los funcionarios principales del gobierno persistan en actuar como si en su opinión no hubiera posibilidad alguna de que la gestión de Cristina termine en el futuro previsible, resulta de por sí preocupante. Lo es porque se resisten a entender que, en una democracia, para tener éxito, cualquier proyecto político y económico a largo plazo necesitaría contar con el respaldo o, cuando menos, con la aquiescencia, de sectores muy amplios. Así las cosas, a esta altura, aquellos políticos y funcionarios que sinceramente creen que sería positivo que se consolidara el “modelo” de Cristina, deberían estar procurando convencer a miembros de agrupaciones afines a solidarizarse con lo que se han propuesto, lo que, desde luego, los obligaría a hacer algunas concesiones. Huelga decir que los oficialistas actuales no tienen ninguna intención de acercarse a quienes en otras circunstancias serían sus aliados naturales. Por el contrario, comprometidos como están con una teoría que algunos atribuyen al jurista nazi Carl Schmidt, según la cual les conviene a los políticos tratar a los adversarios como si fueran enemigos mortales –en el caso de los kirchneristas, golpistas oligárquicos vinculados con medios supuestamente monopólicos–, de tal modo estimulando a la tropa propia, a veces brindan la impresión de no querer negociar nada con nadie. A inicios de la gestión de Néstor Kirchner, el gobierno intentó ensanchar su base de sustentación mediante la “transversalidad”, incorporando a su elenco personas de otros partidos, pero desde que Cristina está en la Casa Rosada parece mucho más interesado en estrecharla, alejándose no sólo de los opositores más decididos sino también de simpatizantes de mentalidad independiente que podrían criticar medidas determinadas. Entre las víctimas del espíritu sectario del gobierno actual se encuentran personas como el gobernador bonaerense Daniel Scioli y otros dirigentes que, a pesar de proclamarse leales a la presidenta, se ven tildados de “traidores” en potencia por quienes los acusan de querer sucederla en el poder. En una democracia normal, tales ambiciones son consideradas legítimas, pero parecería que para los oficialistas más vehementes, especular en torno a alternativas a la perpetuación del orden existente es un crimen de lesa majestad imperdonable. La actitud combativa y sumamente intolerante del oficialismo sería peligrosa si el gobierno de Cristina tuviera garantizado el apoyo fervoroso del grueso de la ciudadanía, ya que no tardaría en degenerar en una versión sureña del chavismo venezolano. Sin embargo, aunque merced a la evolución de la opinión pública se ha reducido mucho el riesgo así supuesto, la negativa de los kirchneristas a procurar mejorar la relación con la oposición plantea otro que no puede sino motivar la preocupación de todos. Mientras que en países democráticos estables es rutinario el reemplazo de un presidente o primer ministro por otro, aquí con frecuencia supone una ruptura traumática. Por desgracia, parecería que tanto Cristina como los integrantes de su pequeño círculo áulico se las han arreglado para convencerse de que les convendría que tantos temieran que resultaría tan extraordinariamente difícil la transición que el electorado optaría por ahorrarse problemas aferrándose al statu quo.


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