España se desangra

Redacción

Por Redacción

Como tantos griegos, italianos y otros europeos, millones de españoles –según las encuestas, una mayoría– se oponen con indignación creciente a los ajustes que está instrumentando el gobierno de Mariano Rajoy, pero cuando de proponer alternativas se trata son reacios a decir en qué consistirían, lo que puede entenderse ya que, en el fondo, lo que están reclamando es más dinero. Por lo demás, muchos que gritan consignas izquierdistas son conscientes de que el comunismo fracasó de manera catastrófica y de que los gobiernos socialistas europeos no han logrado solucionar nada, ya que ellos también se han visto constreñidos a intentar reducir el gasto público. Asimismo, si bien a esta altura debería serles evidente que sus problemas económicos se han visto agravados por el euro, ya que el gobierno de Rajoy no puede mejorar la competitividad de las empresas mediante una devaluación, pocos quieren que España abandone la Eurozona. Por lo tanto, una eventual solución, si es que existe una, dependería del gobierno de Alemania, el único país grande que aún cuenta con recursos financieros suficientes como para ayudar a sus socios de “la periferia” mediterránea a salir del brete en el que se han metido. Puede que los alemanes se sientan tan impresionados por las protestas callejeras que están celebrándose en más de un centenar de ciudades españolas, griegas, italianas y portuguesas que opten por modificar radicalmente su actitud, pero también en posible que la mayoría llegue a la conclusión de que les convendría mucho más archivar el proyecto político supuesto por la moneda común europea puesto que, tal y como están las cosas, para que la Eurozona sobreviva tendrían que resignarse a subsidiar a sus socios más débiles durante muchos años. Mientras tanto, la crisis que tantos estragos está provocando en España y otros países del sur de Europa sigue adquiriendo dimensiones cada vez más alarmantes, ya que los perjuicios no son sólo económicos sino también sociales, culturales y hasta geopolíticos. Además de depauperar a muchas personas que se habían acostumbrado a un nivel envidiable de bienestar material y de frustrar las expectativas, hasta hace poco razonables, de una generación de la que la mitad no encuentra una salida laboral, ha dado un impulso muy fuerte a la emigración de los más capaces. Según el Ministerio de Empleo y Seguridad Social español, antes del 2020 su país podría perder un millón de habitantes debido principalmente a la emigración pero también a la caída vertiginosa de la tasa de natalidad, que está entre las más bajas del mundo entero. Se trata de un problema mayúsculo, ya que una proporción muy significante de quienes optan por irse consiste en personas bien preparadas que tienen motivos de sobra para confiar en su propia capacidad para abrirse camino en Alemania, Francia, el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá o en distintos países de América Latina, en especial la Argentina. Según las cifras disponibles, desde que estalló la crisis financiera en el 2008, más de 65.000 españoles han decidido probar suerte aquí, en comparación con los 25.000 que optaron por México, aunque es probable que entre ellos estén muchos que tienen doble nacionalidad. Los preocupados por los movimientos migratorios suelen concentrarse en los protagonizados por africanos, asiáticos y latinoamericanos que huyen de la miseria o de la persecución política, formando colectividades numerosas en los países relativamente ricos y tranquilos. A pesar del aumento del nivel de desempleo en el mundo desarrollado, tales inmigrantes siguen llegando, puesto que para muchos la situación en sus propios países es decididamente peor. Por desgracia, si bien el ingreso de inmigrantes tercermundistas puede atenuar el impacto demográfico de la emigración de los españoles, italianos y griegos que pronto encuentran trabajo en otras latitudes, a la larga el intercambio así supuesto no podrá beneficiar a los países anfitriones. En el mundo actual, el desempeño económico de los distintos países depende en buena medida del nivel educativo de sus habitantes, sobre todo de los jóvenes, pero con escasas excepciones los recién llegados procedentes de África, Asia y América Latina carecen de la preparación considerada imprescindible en las economías avanzadas.


Como tantos griegos, italianos y otros europeos, millones de españoles –según las encuestas, una mayoría– se oponen con indignación creciente a los ajustes que está instrumentando el gobierno de Mariano Rajoy, pero cuando de proponer alternativas se trata son reacios a decir en qué consistirían, lo que puede entenderse ya que, en el fondo, lo que están reclamando es más dinero. Por lo demás, muchos que gritan consignas izquierdistas son conscientes de que el comunismo fracasó de manera catastrófica y de que los gobiernos socialistas europeos no han logrado solucionar nada, ya que ellos también se han visto constreñidos a intentar reducir el gasto público. Asimismo, si bien a esta altura debería serles evidente que sus problemas económicos se han visto agravados por el euro, ya que el gobierno de Rajoy no puede mejorar la competitividad de las empresas mediante una devaluación, pocos quieren que España abandone la Eurozona. Por lo tanto, una eventual solución, si es que existe una, dependería del gobierno de Alemania, el único país grande que aún cuenta con recursos financieros suficientes como para ayudar a sus socios de “la periferia” mediterránea a salir del brete en el que se han metido. Puede que los alemanes se sientan tan impresionados por las protestas callejeras que están celebrándose en más de un centenar de ciudades españolas, griegas, italianas y portuguesas que opten por modificar radicalmente su actitud, pero también en posible que la mayoría llegue a la conclusión de que les convendría mucho más archivar el proyecto político supuesto por la moneda común europea puesto que, tal y como están las cosas, para que la Eurozona sobreviva tendrían que resignarse a subsidiar a sus socios más débiles durante muchos años. Mientras tanto, la crisis que tantos estragos está provocando en España y otros países del sur de Europa sigue adquiriendo dimensiones cada vez más alarmantes, ya que los perjuicios no son sólo económicos sino también sociales, culturales y hasta geopolíticos. Además de depauperar a muchas personas que se habían acostumbrado a un nivel envidiable de bienestar material y de frustrar las expectativas, hasta hace poco razonables, de una generación de la que la mitad no encuentra una salida laboral, ha dado un impulso muy fuerte a la emigración de los más capaces. Según el Ministerio de Empleo y Seguridad Social español, antes del 2020 su país podría perder un millón de habitantes debido principalmente a la emigración pero también a la caída vertiginosa de la tasa de natalidad, que está entre las más bajas del mundo entero. Se trata de un problema mayúsculo, ya que una proporción muy significante de quienes optan por irse consiste en personas bien preparadas que tienen motivos de sobra para confiar en su propia capacidad para abrirse camino en Alemania, Francia, el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá o en distintos países de América Latina, en especial la Argentina. Según las cifras disponibles, desde que estalló la crisis financiera en el 2008, más de 65.000 españoles han decidido probar suerte aquí, en comparación con los 25.000 que optaron por México, aunque es probable que entre ellos estén muchos que tienen doble nacionalidad. Los preocupados por los movimientos migratorios suelen concentrarse en los protagonizados por africanos, asiáticos y latinoamericanos que huyen de la miseria o de la persecución política, formando colectividades numerosas en los países relativamente ricos y tranquilos. A pesar del aumento del nivel de desempleo en el mundo desarrollado, tales inmigrantes siguen llegando, puesto que para muchos la situación en sus propios países es decididamente peor. Por desgracia, si bien el ingreso de inmigrantes tercermundistas puede atenuar el impacto demográfico de la emigración de los españoles, italianos y griegos que pronto encuentran trabajo en otras latitudes, a la larga el intercambio así supuesto no podrá beneficiar a los países anfitriones. En el mundo actual, el desempeño económico de los distintos países depende en buena medida del nivel educativo de sus habitantes, sobre todo de los jóvenes, pero con escasas excepciones los recién llegados procedentes de África, Asia y América Latina carecen de la preparación considerada imprescindible en las economías avanzadas.

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