Espejo lejano
Como sabemos, la democracia depende de bastante más que de votar periódicamente en elecciones libres.
Desde 1989, todos los países del Tercer Mundo y del ya virtualmente extinto «Segundo Mundo» comunista han estado esforzándose por adaptarse a las nuevas circunstancias. A primera vista, la tarea así supuesta no debería resultarles muy ardua: después de todo, pueden aprovechar la experiencia de otros países que ya han avanzado por el mismo camino. Pero, claro está, el asunto no es tan sencillo. Aunque la Argentina ha logrado progresar bastante a partir del desplome del Proceso militar, todavía le quedan muchas asignaturas pendientes y no hay garantía alguna de que resulte estar en condiciones de aprobarlas: por el contrario, a raíz de lo ocurrido en el curso de los primeros once meses de gobierno aliancista, el estado de ánimo de la mayoría se ha vuelto decididamente pesimista. De estar en lo cierto los convencidos de que el futuro se hará cada vez más gris, el único país sudamericano con posibilidades de acoplarse al grupo de naciones desarrolladas será Chile. En Europa central y oriental, el panorama es menos sombrío: por lo menos, países como Hungría, la República Checa, Polonia y Eslovenia se han mostrado capaces de superar algunos de los muchísimos problemas que les legaron los comunistas y puesto que disfrutarán de la ayuda de la Unión Europa, los costos del cambio se verán atenuados.
Con todo, a pesar de las ventajas así supuestas, algunos países europeos parecen destinados a fracasar. Entre ellos está Rumania, nación «latina» que a juicio de muchos líderes peronistas y militares de un par de décadas atrás, como el entonces almirante Emilio Massera, tenía mucho en común con la Argentina e incluso podría ofrecernos los beneficios de su experiencia. Por fortuna, el interés que manifestaron por Rumania aquellos políticos que admiraban la política exterior «independiente» del dictador Nicolae Ceausescu no tuvo mucha influencia – la denominación «Guardia de Hierro» aparte, Rumania no nos ha dado nada – pero no se equivocaban por completo cuando aludían a las presuntas semejanzas: lo mismo que tantos argentinos, los rumanos creen vivir en un país naturalmente «rico» y que por lo tanto sus penurias se deben exclusivamente a la codicia foránea.
La «transición» rumana está resultando ser aún más dificultosa que la nuestra, lo cual es mucho decir. Gracias a la resistencia de los comprometidos con el viejo orden, los intentos de liberalizar la economía han sido demasiado débiles como para impresionar a los inversores extranjeros, pero aun así las consecuencias del colapso del «modelo» estatista para millones de personas han sido traumáticas: con salarios inferiores a los brindados aquí por los planes Trabajar, están hundiéndose en la miseria más absoluta. Por eso, no sorprendió a muchos que en las elecciones del domingo último de noviembre la mayoría de los votantes rumanos optaran ya por el ex comunista Ion Illiescu, ya por el ultranacionalista declaradamente antisemita y xenófobo Corneliu Vadim Tudor. Desde luego, ninguno contribuiría a reducir la brecha que separa a Rumania de los países avanzados, pero parecería que a esta altura lo que más han querido hacer los votantes es protestar contra un orden que les parece radicalmente ajeno aunque, al hacerlo, solamente aseguran que no falten muchos desastres por venir.
Como sabemos, la democracia depende de bastante más que la posibilidad de votar periódicamente en elecciones libres. A menos que las administraciones resultantes sean capaces de gobernar de manera eficaz y responsable, su desempeño deficiente abrirá las puertas a individuos inescrupulosos sin respeto alguno por la voluntad popular ni por los intereses de la sociedad en su conjunto. Para que el sistema funcione en forma adecuada, pues, la ciudadanía ha de aprender que no le conviene confiar en corruptos, demagogos, extremistas y los vendedores de ilusiones facilistas. Siempre ha sido así, pero últimamente ha cobrado importancia un factor que es relativamente nuevo: debido a que la economía internacional está evolucionando a un ritmo cada vez más rápido, los diversos pueblos no pueden darse el lujo de perder mucho tiempo probando suerte con esquemas políticos y económicos distintos de los exigidos por el mundo moderno. Si demoran demasiado los cambios necesarios, correrán el riesgo de verse marginados para siempre.