Espera o desespera
Columna semanal
El disparador
Consuelo se despertó en su cama algo agitada. Al fin iba a conocer al vidente. “Te dice la posta”, le repetían sus amigas. Aún era temprano. Ella miraba hacia la ventana y, a su lado, su marido la observaba en silencio sin que ella lo notara.
“Otra vez cerrada”, resopló ella con tristeza al ver la persiana baja. La levantó quince centímetros pero no era igual. Ella identificaba el toque de su madre al levantar la persiana como quien reconoce de un bocado las empanadas de su abuela.
En la cocina, mientras el café se calentaba, Consuelo pasó la palma de las manos por su panza y sonrió. Vibró su celular. Una amiga: “¿Vas hoy? ¿Le vas a hablar de tu vieja?”. Soltó el teléfono sobre la mesa y lamentó no tener ni un hermano para preguntarle si extrañaba a su madre tanto como ella.
Su marido entró a la cocina listo para ir a trabajar. Le acarició la panza y le comentó que sería bueno dormir de corrido en los siete meses siguientes. Consuelo asintió y cambió de tema. Le dijo que no podía dejar de imaginar el otro mundo y que a veces cuando hablaba sentía que como si su madre le susurrara. Su marido le preguntó si a la tarde iba a ir a ver al ermitaño de la montaña. “Sí”, respondió ella. Su marido se alegró de que ella por fin se animara.
-Como decía mamá, espera o desespera -dijo ella.
-¡Hasta usaste su tono! Ahora no te enojes como ella, eh… -sonrió él.
Atardecía en San Isidro. Consuelo caminaba por las calles arboladas y pensaba qué le iría a revelar el vidente. Sus amigas le habían hablado tanto del hombre, que ya sabía de memoria que era un peregrino que decía que vivía para Dios en el campo de Córdoba, en Traslasierra. Desde ahí viajaba a Buenos Aires una o dos veces al año.
Consuelo dio dos vueltas a la misma manzana y se detuvo frente a una casa. Inspiró profundo y tocó timbre. Abrió el ermitaño, sonriente, con rostro aniñado, un poco pálido y los pómulos rosados. Vestía unos anchos pantalones de algodón azules y una camisa blanca holgada y limpia. Ella hizo un leve gesto para saludarlo con un beso pero se corrigió cuando él le ofreció la mano.
Se sentaron enfrentados, a los lados de un pequeña mesa cuadrada sobre la que había una imagen de la Virgen de Guadalupe, un anotador y una lapicera. El vidente le preguntó su nombre y fecha de nacimiento. Sin más preámbulo, dijo: “No contesto sobre infidelidades. Dime, ¿qué quieres saber?”. Consuelo fue directa: “Cómo está mi madre”.
-¿En el otro mundo?
-Sí… -titubeó ella.
El ermitaño fijó sus ojos apenas a un costado y por encima de Consuelo, y empezó a hablar: “Está ahí, al lado tuyo. Dice que está orgullosa de vos y que la hace feliz ser abuela”.
-¿Y cómo te creo? -interpeló Consuelo.
-No puedo obligarte. Tu madre dice espera o desespera.
Consuelo empezó a llorar. Se disculpó y se fue. Anochecía. Le costaba identificar lo que sentía. Una mezcla incierta de temor y alegría. El vidente le parecía un hombre demasiado común pero ella no lo podía negar.
Al llegar a su casa, su marido no estaba y ella fue directo a acostarse. Tenía la esperanza de encontrar a su madre en un sueño. Pero la mañana siguiente no recordó nada. Lo que la sorprendió fue la luz cálida del sol que le entibiaba el rostro. A su lado dormía su marido. Ella se desperezó, caminó hasta la ventana y observó la persiana. Estaba levantada en el punto exacto. Le tembló el labio inferior, sonrió, se le humedecieron los ojos y volvió a la cama.
Juan Ignacio Pereyra
El disparador
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