Esperando a «Lula»
Cuando los mercados experimentan subas o bajas pronunciadas, es habitual atribuirlas a fenómenos locales, de suerte que era natural que en opinión de muchos brasileños las caídas recientes del índice Bovespa y la pérdida de valor del real se han debido casi exclusivamente a la posibilidad de que Luiz Inácio «Lula» da Silva logre un triunfo aplastante en la primera ronda de las elecciones presidenciales del 6 de octubre. Aunque «Lula» ha sido el favorito para ganar, hasta hace muy poco los más preveían que su margen de victoria sería limitado y que por lo tanto se sentiría forzado a gobernar con cautela, razón por la que la ampliación de su ventaja habría ocasionado mucha preocupación. Sin embargo, el que en el resto del mundo las bolsas hayan ingresado en un período signado por más descensos vertiginosos que alzas estimulantes sugiere que el supuesto temor a lo que pudiera hacer el centroizquierdista si gana con facilidad excesiva no ha sido un factor significante. Por cierto, en los meses últimos «Lula» se ha esforzado por presentar al mundo un perfil a un tiempo realista y moderado a pesar de los intentos de sus adversarios de hacer creer que se trata de un energúmeno contestatario que no tardaría en sembrar el caos. Acaso sea factible que, como dijo el oficialista José Serra, Lula sea «un lobo con piel de cordero», pero mientras que en América Latina ya es casi rutinario que candidatos izquierdistas o populistas se conviertan con rapidez en presidentes que según sus críticos merecen calificarse de «neoliberales», no se han dado muchos casos de candidatos de discurso moderado transformándose en caudillos revolucionarios.
Como no podía ser de otra manera, en la campaña electoral han abundado las alusiones a los desastres argentinos y no han faltado políticos y comentaristas que hayan opinado que una vez en el poder «Lula» sería un calco de aquel izquierdista notorio, Fernando de la Rúa, que se pondría a gastar sin inquietarse por la escasez de recursos genuinos. Si bien para algunos ha resultado urticante la convicción evidente de tantos brasileños de que la Argentina representa todo cuanto no se debería hacer, ha incidido de forma positiva al obligar a los candidatos a la presidencia a jurar que actuarían con la disciplina necesaria para que en su país no se repitan los mismos errores. Es que a su modo el célebre «contagio» argentino ha tenido algunos efectos buenos porque ha recordado a los políticos de los países vecinos que a menos que obren con sensatez las consecuencias podrían ser calamitosas, lección que por cierto les ha venido bien a los brasileños cuya cultura política no es llamativamente mejor que la nuestra aunque cuentan con la ventaja dudosa, que comparten con los caciques de provincias como Santiago del Estero, de gobernar una sociedad ya acostumbrada a la extrema pobreza.
Con todo, por mucho que «Lula» se haya «moderado» desde que hace casi tres lustros irrumpió en el escenario como presidenciable, es probable que si, como ya parece inevitable, consigue suceder a Fernando Henrique Cardoso, se vea constreñido a girar aun más hacia «la derecha», postergando hasta nuevo aviso algunos proyectos que en otras circunstancias resultarían viables. Desgraciadamente para todos, pero en especial para un político deseoso de posibilitar un mínimo de justicia social, el clima económico internacional está volviéndose más frío por momentos, lo cual quiere decir que los años próximos no serán propicios para programas redistribucionistas. Asimismo, si bien en diversas ciudades brasileñas las autoridades municipales se han mostrado decididamente más eficaces que sus equivalentes argentinas, un gobierno genuinamente progresista que esté resuelto a mejorar la situación de la mayoría pobre tendría que construir muchos nuevos instrumentos administrativos porque los ya existentes no son lo suficientemente eficaces. Se trata de un desafío que, como sabemos, el grueso de los políticos preferiría soslayar porque, entre otras cosas, supondría enfrentamientos con una clientela que no vacilaría en acusarlos de traición y de arrodillarse ante el FMI, pero un eventual gobierno de «Lula» tendrá que hacerle frente porque de lo contrario no podrá cambiar mucho en lo que es, como entiende muy bien, el país menos equitativo del mundo.
Cuando los mercados experimentan subas o bajas pronunciadas, es habitual atribuirlas a fenómenos locales, de suerte que era natural que en opinión de muchos brasileños las caídas recientes del índice Bovespa y la pérdida de valor del real se han debido casi exclusivamente a la posibilidad de que Luiz Inácio "Lula" da Silva logre un triunfo aplastante en la primera ronda de las elecciones presidenciales del 6 de octubre. Aunque "Lula" ha sido el favorito para ganar, hasta hace muy poco los más preveían que su margen de victoria sería limitado y que por lo tanto se sentiría forzado a gobernar con cautela, razón por la que la ampliación de su ventaja habría ocasionado mucha preocupación. Sin embargo, el que en el resto del mundo las bolsas hayan ingresado en un período signado por más descensos vertiginosos que alzas estimulantes sugiere que el supuesto temor a lo que pudiera hacer el centroizquierdista si gana con facilidad excesiva no ha sido un factor significante. Por cierto, en los meses últimos "Lula" se ha esforzado por presentar al mundo un perfil a un tiempo realista y moderado a pesar de los intentos de sus adversarios de hacer creer que se trata de un energúmeno contestatario que no tardaría en sembrar el caos. Acaso sea factible que, como dijo el oficialista José Serra, Lula sea "un lobo con piel de cordero", pero mientras que en América Latina ya es casi rutinario que candidatos izquierdistas o populistas se conviertan con rapidez en presidentes que según sus críticos merecen calificarse de "neoliberales", no se han dado muchos casos de candidatos de discurso moderado transformándose en caudillos revolucionarios.
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