Espiral de la muerte

Por Redacción

Según el economista de cabecera de los Kirchner, el Premio Nobel Joseph Stiglitz, España corre peligro de “entrar en una espiral mortal” comparable con la que llevó nuestra economía a la implosión de fines del 2001, cuando el colapso repentino de la confianza hizo trizas la convertibilidad provocando una caída catastrófica que depauperó a millones de personas. A su juicio, la economía española tendrá que respetar las “reglas del juego” y recortar el gasto público, lo que conducirá a “un aumento aún mayor del desempleo”, que ya ha alcanzado el 20% de la población activa, pero que también reducirá la capacidad del Estado para atenuar el impacto subsidiando a los desocupados. Asimismo, Stiglitz prevé que debido a la recesión resultante un programa de austeridad no serviría para mejorar mucho la situación fiscal de España, razón por la que los especuladores financieros no tardarán en atacarla. Desde su punto de vista, recortar el gasto o subir los impuestos son “respuestas ingenuas” a la crisis, ya que sólo empeoran las cosas, pero por desgracia la alternativa que consistiría en acumular déficits tampoco parece aconsejable porque, dice Stiglitz, “pueden causar incrementos de las tasas de interés, lo que a la larga empeorará previsiblemente los problemas fiscales de los Estados”. Stiglitz es considerado un “heterodoxo”, razón por la que nuestros gobernantes suelen tomarlo por un aliado en su lucha contra lo que llaman neoliberalismo, pero sucede que muchos economistas “ortodoxos” comparten su opinión de que el euro tiene los días contados. Si bien la mayoría de los habitantes de la Eurozona se aferra a la moneda comunitaria por creer que en un mundo tumultuoso es mejor formar parte de un bloque poderoso de lo que sería arriesgarse dependiendo de los recursos propios, una consecuencia es que países periféricos como España, Portugal, Grecia e Irlanda tienen que someterse a los dictados del miembro más fuerte del club, Alemania. Para solucionar el problema así ocasionado, Stiglitz y otros creen que Alemania tendría que abandonar la Eurozona, acaso acompañada por Holanda y Francia, para que los países con economías más frágiles fijen pautas que sean menos rígidas que las favorecidas por los teutones. Sin embargo, por motivos políticos y porque todos saben muy bien que el desmantelamiento de la Eurozona desataría una crisis dolorosa equiparable con la que se inició aquí en el 2001, los líderes de los países del sur de Europa e Irlanda no quieren pensar en dicha opción. Para complicar todavía más el panorama, en España, Francia, Italia, Grecia y otros países de la Eurozona está cobrando fuerza la resistencia de sindicatos y organizaciones políticas contestatarias a los ajustes que están en marcha que ya ha dado pie a enfrentamientos violentos en ciudades como Barcelona, lo que, huelga decirlo, asusta todavía más a “los mercados” y a las agencias de calificación crediticia como Moody’s, la que acaba de manifestar sus dudas en cuanto a la solvencia de España a causa del “deterioro considerable de la solidez financiera”. Por cierto, de difundirse la impresión de que, por motivos políticos y sociales, países como España no resultarán capaces de adaptarse a las circunstancias nada favorables producidas por las repercusiones del terremoto financiero de hace dos años, tendencias demográficas alarmantes que hacen insostenibles los sistemas previsionales y la transformación de China en una gran potencia exportadora, seguirán intensificándose las presiones especulativas de suerte que los gobiernos se sentirán obligados a instrumentar ajustes que sean cada vez más draconianos. En tal caso, se concretarían los vaticinios pesimistas de hombres como Stiglitz. Crisis como la que está causando tanta angustia en la mayor parte de Europa propenden a alimentarse de sí mismas hasta que los países afectados se vean atrapados en una “espiral de la muerte”. Para salir, tendrían que adoptar medidas tan traumáticas como fueron para nosotros el abandono de la convertibilidad, el default anunciado por el fugaz presidente Adolfo Rodríguez Saá y la megadevaluación asimétrica de Eduardo Duhalde, sin que haya ninguna garantía de que, luego de un lapso breve, las condiciones mundiales cambien lo bastante como para posibilitar una recuperación relativamente rápida.


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