Qué lugar ocupa la sabiduría que supimos construir a lo largo de nuestras vidas
La inteligencia artificial procesa información y genera resultados a gran velocidad; el ser humano, en cambio, aprende también a través de su cuerpo, sus emociones, sus experiencias y sus relaciones con los demás.
Por Rossana Martínez (*), especial para «Río Negro»
Durante mi adolescencia estudié en un colegio Polivalente de Arte, donde por las mañanas cursábamos el bachillerato y, por las tardes, asistía al profesorado de Cerámica.
Esa etapa fue muy signifi cativa para mí. Aprendíamos a trabajar la arcilla, a utilizar las estecas y a crear texturas, incisiones y formas complejas, descubriendo las posibilidades que ofrecía cada pieza.
Entre mis compañeras había una mujer bastante mayor que yo, que solamente asistía al profesorado por las tardes. Se podía percibir la pasión que ponía en cada una de sus creaciones. Compartíamos clases y trabajos, y yo la observaba siempre con detenimiento. Sus piezas eran impecables, cuidadas hasta en el más mínimo detalle, mientras que las mías buscaban alcanzar esa misma perfección, pero parecían perderse en el camino.
Con el paso de los años, muchas veces, cuando en mi vida profesional intentaba realizar algo a la perfección, su imagen volvía a mi mente. Recordaba la admiración que sentía por su manera de trabajar y mi imposibilidad, en aquel entonces, de alcanzar esos mismos resultados.
Y hoy, tantos años después, su imagen volvió a aparecer cuando escuché al rey Felipe VI, durante los Premios Princesa de Asturias, referirse a «la cadencia serena de las cosas bien hechas».
Aquellas palabras me devolvieron a ese taller de cerámica y despertaron una pregunta: ¿qué ha descubierto la ciencia acerca de lo que el tiempo, la experiencia y el aprendizaje producen en el ser humano?

En una época en la que la inteligencia artificial parece capaz de resolverlo todo en segundos, ¿qué lugar ocupa esa sabiduría que construimos a lo largo de la vida?
La inteligencia artificial procesa información y genera resultados a gran velocidad; el ser humano, en cambio, aprende también a través de su cuerpo, sus emociones, sus experiencias y sus relaciones con los demás.
¿Puede la velocidad de una respuesta compararse con la profundidad de una experiencia?
La ciencia explora esta diferencia desde distintas perspectivas. Una de ellas es la memoria autobiográfica y la manera en que narramos nuestras propias historias, un proceso relacionado con nuestra identidad y bienestar emocional.
Un estudio reciente que comparó narrativas personales humanas con aquellas generadas por inteligencia artificial encontró que los participantes identificaron correctamente alrededor del 71 % de las narrativas humanas y el 60 % de las producidas por IA. Estos resultados sugieren que, aunque la tecnología puede construir relatos convincentes, existen diferencias perceptibles en la manera de representar experiencias personales.
Por otra parte, los investigadores Thomas Meeks y Dilip Jeste, en su estudio sobre la neurobiología de la sabiduría, plantean que esta no es una cualidad reservada a personas excepcionales. Aunque presenta cierta estabilidad individual, también puede moldearse mediante la experiencia y el aprendizaje.
La sabiduría comprende mucho más que acumular conocimientos. Involucra capacidades como la regulación emocional, la empatía y el juicio social, relacionadas con diferentes procesos y circuitos cerebrales.
Podemos dilucidar que el paso del tiempo no garantiza por sí mismo una mayor sabiduría. Pero sí, las experiencias vividas, la práctica y la capacidad de aprender de ellas pueden transformar nuestras habilidades y nuestra manera de interpretar el mundo.
La inteligencia artificial parece desafiar permanentemente nuestras capacidades, poniendo en jaque nuestra manera de estar en el mundo. Quizás la pregunta no sea solamente hasta dónde podrá superarnos sino qué aspectos de nuestra condición humana merecen ser comprendidos y cultivados.

La inteligencia artificial supera al ser humano en numerosas tareas pero la velocidad de una respuesta no equivale necesariamente a la profundidad de una experiencia, en la que la interconexión individual está tan correlacionada con la social.
Tal vez por eso, tantos años después, recuerdo las manos de aquella mujer trabajando la arcilla. Sus piezas eran delicadas, y su manera de hacerlas dejó en mí algo más profundo: una imagen, un concepto, un aprendizaje que se transformó en un hilo conductor evolutivo.
Comprendo hoy, a la distancia, que aquella experiencia trascendió el taller de cerámica. Permaneció conmigo, acompañando silenciosamente mi manera de aprender, de trabajar y de buscar la excelencia. Una transferencia que el tiempo, tan necesario en la vida humana, nunca borró. Sin lugar a dudas, “la cadencia serena de las cosas bien hechas”.
(*) Rossana Martínez , licenciada en Relaciones Públicas, especialista en Comunicación No Verbal, Neurociencia Aplicada y Programación Neurolingüística (PNL). Consultora empresarial, conferencista y docente universitaria, dirige R&M Management Consultants. Autora de varios libros, entre ellos TELARIUM, una obra dedicada a la comunicación humana desde la ciencia y la observación del comportamiento.
Por Rossana Martínez (*), especial para "Río Negro"
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