Este mundo tan decepcionante



“El precariado” es una nueva clase social cuyos miembros no consiguen empleos seguros, aunque tienen un nivel educativo que antes les habría dado una carrera profesional exitosa. Se sienten injustamente excluidos del mundo en que otros viven muy bien.


A primera vista, no tienen mucho en común las rebeliones callejeras que han estallado últimamente en países tan diversos como Irak, el Líbano, Egipto, Chile, Ecuador y Bolivia, además de Cataluña y la ciudad supuestamente autónoma de Hong Kong; pero si bien los pretextos son distintos, en todas partes los jóvenes que protagonizan los disturbios comparten la convicción de que sus mayores los están privando del futuro que creen merecer.

Sienten que los dueños del poder y del dinero les están impidiendo compartir los beneficios del progreso económico, que solo les interesa las aspiraciones de quienes pertenecen a la elite y que es por tal motivo que tantos tienen que resignarse a percibir salarios exiguos o, lo que es peor, subsidios miserables, sin la esperanza de que, andando el tiempo, tengan la posibilidad de abrirse camino en una sociedad que les es hostil.

En aquellos lugares, como Irak y el Líbano, que están en manos de plutócratas corruptos de mentalidad feudal, tal actitud puede justificarse, pero en otros no es tan fácil culpar a los gobernantes locales por la desigualdad cada vez más flagrante de las sociedades que rigen. En todos los países democráticos, tanto los políticos como los empresarios más adinerados coinciden en que hay que brindar a todos sus compatriotas más oportunidades para escalar posiciones en la pirámide social. Sería difícil encontrar uno solo que no se afirme a favor de la inclusión universal.

Sienten que los dueños del poder y del dinero les están impidiendo compartir los beneficios del progreso económico, que solo les interesa las aspiraciones de quienes pertenecen a la élite

¿Son hipócritas? En algunos casos, claro que sí, pero es legítimo suponer que la mayoría habla con sinceridad cuando alude a su voluntad de ayudar a que sea menos rígido el orden socioeconómico imperante en su propio país.

Pero, como se han dado cuenta docenas de gobiernos, no es nada fácil satisfacer las expectativas de millones de personas que, por los motivos que fueran, no están en condiciones de aportar mucho a una economía moderna. Mientras que el desarrollo explosivo de la tecnología comunicacional está informando a casi todos del estilo de vida del que “tienen derecho” a disfrutar, el mismo fenómeno propende a marginar a una mayoría creciente.

Estamos acostumbrados a escuchar advertencias sobre los riesgos planteados por la pronta automatización de virtualmente todos los procesos industriales que, nos dicen, eliminará una cantidad astronómica de puestos de trabajo, pero solo se trataría de la próxima fase de una revolución económica que ya ha perjudicado a muchísimos jóvenes y no tan jóvenes.

La “economía del conocimiento” que está en vías de conformarse no puede ser igualitaria, pero al permitir que todos tengan acceso a una cantidad enorme de información instantánea los cambios que están en marcha contribuyen a igualar las expectativas. En otras épocas era normal comparar el destino propio con el del vecino de al lado; en la actual, todos somos vecinos de todos.

He aquí una razón por la que centenares de millones de personas procedentes de países pobres están procurando entrar en otros más ricos en busca de una vida mejor. Merced a las comunicaciones electrónicas, les parecen más cercanos, más familiares, que en el pasado. Es tan grande el contraste entre su lugar de origen y aquel de sus sueños que muchos están dispuestos a enfrentar un sinnúmero de peligros a fin de alcanzarlo.

Los atrapados en lo que se ha dado en llamar “el precariado”, esta nueva clase social cuyos miembros raramente consiguen empleos seguros, aun cuando cuenten con un nivel educativo que hace poco les habría permitido emprender una carrera profesional satisfactoria, se asemejan a los migrantes. Como los que están atravesando México o el Mediterráneo a fin de alcanzar la tierra de promisión, se sienten injustamente excluidos del mundo en que otros, que a su juicio no poseen cualidades excepcionales, viven muy bien.

Puesto que son tantos los “indignados” que se sienten víctimas de un orden social injusto, dirigentes políticos como el presidente chileno Sebastián Piñera prometen instrumentar reformas para asegurarles un lugar aceptable en la sociedad. Es poco probable que las iniciativas en tal sentido produzcan los resultados deseados.

Por razones que son fáciles de comprender, los encargados de las economías modernas, sean estos empresarios o funcionarios, no tienen más alternativa que la de privilegiar a quienes son más capaces de cumplir funciones imprescindibles aun cuando, por motivos ideológicos, sean contrarios a cualquier forma de discriminación.

Es de prever, pues, que a lo sumo los intentos de reconciliar la eficiencia del conjunto con un mínimo de justicia social solo sirvan para apaciguar pasajeramente a los revoltosos que, al sentirse nuevamente engañados, no tardarán en provocar disturbios aún más violentos que los de las semanas últimas.


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