Estrategia suicida
Puesto que lo único que quiere el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde es prolongar el «veranito» algunos meses más porque, al fin y al cabo, después del próximo 25 de mayo ya no estará en el poder, la decisión de no pagar la deuda de 726 millones de dólares que debemos al Banco Mundial so pretexto de defender así las reservas podría considerarse sensata. Aunque la medida tendrá sus costos, Roberto Lavagna no será el encargado de soportarlos. De haberse propuesto el gobierno reordenar la economía para que su sucesor tuviera una posibilidad de disfrutar de un período signado por el crecimiento, romper de este modo con los organismos de crédito internacionales sería generalmente tomado por un acto de irresponsabilidad imperdonable, pero en vista de que todos saben que a Duhalde no le interesa lo que podría ocurrir en la segunda mitad del año que viene, pocos parecen sentirse preocupados por el aislamiento creciente del país, actitud pasiva que puede atribuirse a la sensación de impotencia ocasionada por la negativa de la «clase política» a intentar ponerse a la altura de las circunstancias. Es como si la mayoría compartiera la convicción de los duhaldistas de que llegar como fuera al 25 de mayo del 2003 constituyera un objetivo más que adecuado.
El planteo del gobierno es sencillo: a menos que el FMI acepte respaldar con dinero su «plan» que consiste en dejar las cosas más o menos como están hasta mayo, quemará todos los barcos con la esperanza de que el resto del mundo, conmovido por la difusión mundial de informes sobre la muerte de niños en provincias atrasadas y el conurbano bonaerense o por la pobreza extrema en la que están hundiéndose sectores enteros de la población, incluyendo a algunos que antes eran de clase media, opte por reaccionar enviando la ayuda necesaria para que el sistema clientelista siga funcionando. En el país mismo, esta «estrategia» está produciendo resultados que Duhalde y sus allegados pueden juzgar muy buenos. Con escasas excepciones, políticos de diversos orígenes, economistas y comentaristas ya coinciden con el gobierno en que en la raíz del problema está la terquedad del FMI que por motivos no muy claros insiste en pedir concesiones absurdas como un plan «sustentable» o la reanudación de las negociaciones con los acreedores. Incluso los exabruptos de personajes como Carlos Ruckauf, según los que debería disolverse el FMI, reemplazándolo por un sustituto que diera dinero a gobernantes como él, parecen contar con la aprobación de sectores muy amplios. Huelga decir que fuera del país la actitud asumida por Duhalde y Lavagna ha ocasionado más perplejidad que comprensión. Ni siquiera los críticos más vehementes del FMI están dispuestos a defender el desempeño de los peronistas bonaerenses que, después de haber arruinado su propia provincia, se han dedicado a demorar cualquier esfuerzo por atenuar la crisis resultante hasta que el PJ haya resuelto su interna. Aunque el FMI es blanco de ataques por no haber prevenido una serie de colapsos, esto no quiere decir que sean muchos los dispuestos a reivindicar las teorías económicas peronistas o radicales.
Si fuera cuestión de nada más que el deseo, tal vez discutible pero así y todo legítimo, de impedir que las reservas caigan por debajo de un nivel determinado, otros podrían simpatizar con la decisión oficial de rehusar pagar la deuda con el Banco Mundial y organismos similares. Sin embargo, sólo se trata de una faceta más de una «estrategia» que se basa en la noción de que el país pueda permitirse marcar el paso mientras no haya surgido un gobierno lo bastante fuerte como para emprender algunas reformas mínimas. Por desgracia, no se da ninguna señal de que un gobierno de tal tipo esté por aparecer. Lejos de concentrarse en formar un polo de poder coherente con el propósito de hacer frente a una crisis que en opinión de algunos podría resultar terminal, los integrantes más destacados de la clase política han preferido aprovechar las dificultades en beneficio propio. No es nada improbable, pues, que el eventual sucesor de Duhalde herede no sólo una cantidad enorme de deudas no pagadas, sino también la misma voluntad suicida de seguir bicicleteando todos los problemas para que los daños sufridos por el país sean cada vez mayores.
Puesto que lo único que quiere el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde es prolongar el "veranito" algunos meses más porque, al fin y al cabo, después del próximo 25 de mayo ya no estará en el poder, la decisión de no pagar la deuda de 726 millones de dólares que debemos al Banco Mundial so pretexto de defender así las reservas podría considerarse sensata. Aunque la medida tendrá sus costos, Roberto Lavagna no será el encargado de soportarlos. De haberse propuesto el gobierno reordenar la economía para que su sucesor tuviera una posibilidad de disfrutar de un período signado por el crecimiento, romper de este modo con los organismos de crédito internacionales sería generalmente tomado por un acto de irresponsabilidad imperdonable, pero en vista de que todos saben que a Duhalde no le interesa lo que podría ocurrir en la segunda mitad del año que viene, pocos parecen sentirse preocupados por el aislamiento creciente del país, actitud pasiva que puede atribuirse a la sensación de impotencia ocasionada por la negativa de la "clase política" a intentar ponerse a la altura de las circunstancias. Es como si la mayoría compartiera la convicción de los duhaldistas de que llegar como fuera al 25 de mayo del 2003 constituyera un objetivo más que adecuado.
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