DAVID AMITÍN PUNTO DE PARTIDA DE LA CREACIÓN
El director llevó a España la obra del neuquino “La piel”. Aquí le cuenta a “Río Negro” la experiencia y da su opinión sobre el texto.
EDuardo Rouillet David Amitín nació en Buenos Aires, estudió violín con Ljerko Spiller y armonía con Guillermo Graetzer y se formó en Interpretación y Dirección Teatral con Augusto Fernandes y Carlos Gandolfo. En 1971 viajó a Inglaterra para completar su educación como director y efectuar las primeras puestas en escena. Asistió a cursos y seminarios con Lee Strasberg, Luca Ronconi, Marcel Marechal, Geoffrey Reeves, Giorgio Strehler, Johannes Schaaf, Benno Besson y John Copley. En el 80 regresó al país, donde desarrolló una importante labor como maestro de actores y directores y realizó numerosos montajes entre los que pueden citarse “Fando y Lis”, de Fernando Arrabal; “Leonce y Lena”, de Georg Büchner, y “Memorias del subsuelo”, versión teatral propia de la novela de Fyodor Dostoyevski, Premio Molière a la mejor puesta en escena del año. El 26 de marzo en el Salón de Actos del Centro Cultural Conde Duque de Madrid estrenó “La piel”, del dramaturgo neuquino Alejandro Finzi, docente de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue, en el marco del ciclo “Teatro Contemporáneo Argentino” organizado por la Embajada de nuestro país en la capital española. La obra cuenta una historia de amor desde la vejez, recuerdos de toda una vida de Ana y Walter, mientras en una habitación de hospital esperan a que él sea llevado al quirófano. En formato de lectura dramatizada, está dirigida por Amitín y es interpretada por Daniel Freire y Marina Eskell. El ciclo propone conocer la dramaturgia que se escribe más allá de Buenos Aires, que trabaja sobre opciones estéticas e ideológicas diferentes. “Hicimos una puesta en el espacio y los actores portan el texto en sus manos. Ellos se mueven en ese ámbito en el que hay algunos elementos que hacen a la escenografía, como una cama de hospital, algunas sillas… Es un material interesante para mí, que no circula por las vías habituales –en algún momento del teatro argentino– del realismo, bastante abierto, rico para trabajar. Es una situación bastante misteriosa la de ambos personajes, que están en una habitación de hospital. Y esa cualidad, calidad de misterio y de algo un tanto indescifrable, con la dificultad de entender exactamente todo lo que ocurre, me atrae como director. Durante el proceso de ensayo los actores estaban bastante, están o estamos, desorientados, descolocados. Nos preguntamos qué pasa… ¿ese hombre está muerto desde el comienzo o no? Es una fantasía, un juego en la parte de su muerte y todo lo que sucede después con el protagonista ya muerto. Esa dificultad de captar exactamente lo que pasa es atractiva, movilizante; genera inquietud y un desconcierto que, yo creo, puede ser muy creativo, punto de partida de la creación”, cuenta el director. –En la vida cotidiana, en la política, determinadas situaciones nos desconciertan, no sabemos para dónde ir y nos abren enormes interrogantes. Bastaría con imaginar a alguien moviéndose en la actual realidad española… –Claro, se abren todos esos cuestionamientos. Habría que pensar que una buena parte de los actores argentinos que están en España y, sin duda, los dos que leen “La piel”, Daniel y Marina, se han venido alrededor del 2000, 2001, 2002, en ese período tan convulso de Argentina. Por lo tanto, para ellos todo lo que dices, las preguntas, en cierta forma están vigentes porque España está como Argentina en aquella época. Después de muchos años oímos todos los días las palabras “crisis”, “ajuste”, “reducción de gasto”, “desocupación”… brutal, descomunal para un país del entorno europeo. Pues esos términos suenan, de una manera pesadillesca, muy actuales, muy conocidos, reconocidos o reconocibles. Ahora, la obra discurre por otros territorios, del dolor, de la fantasía y la curiosa atracción del protagonista por los patos y sus características. Es alguien que dice haber escrito un manual de ornitología y cuyas obsesiones pasan más por lo relacionado con lo que manifiesta haber heredado de su padre cartero, esos paseos a la vera del río, la visión de los patos y de los ánades y su progresivo entusiasmo por todo ese mundo animal y acuático. –Se me ocurre que esta obra también te reconecta con cuestiones locales que te hacen bien como emigrante, para recordar, trabajar, repensar, no extrañar tanto… –Mi carrera como director de teatro y de ópera estuvo muy marcada por idas y vueltas. Viví muchos años en Londres, en los 70; volví a Argentina y empecé a dirigir en Alemania, Bélgica, Austria, tanto en el ámbito teatral como operístico. En este último David montó “El barbero de Sevilla”, de Giacomo Rossini (91), en el Teatro Colón; “La ciudad ausente” (95), en estreno mundial, del compositor argentino Gerardo Gandini; “El amor por tres naranjas”, de Sergei Prokofiev (98), unánimemente aclamada por la crítica como uno de los acontecimientos de la temporada, y también en el Teatro Colón presentó en el 2000 “Il trovatore”, de Giuseppe Verdi, con las voces de Larissa Diadkova, Verónica Villarroel, Genaro Sulvarán y Darío Volonté. –Es decir que me ausenté por muchos y largos períodos de Buenos Aires –prosigue Amitín–; luego volvía, seguía con las puestas en escena y mi escuela, y en el 2002 me trasladé a Madrid… pero mi experiencia en ese sentido es bastante especial, digamos. Soy alguien que ha estado y se ha ido y ha vuelto y de nuevo ha partido. Vivir en el extranjero es familiar para mí. El tema de extrañar es muy fuerte en una primera etapa, pero hace nueve años que vivo en España. Con el tiempo se va aplacando porque la realidad del lugar donde vives tiene sus propios imperativos, sus dificultades, sus leyes, y el teatro que veo es distinto, las maneras son diferentes. Por lo tanto, tal realidad termina por imponerse indiscutiblemente. Al margen de eso, uno no pierde, ni olvida ni deja de lado sus raíces, su memoria y, particularmente, lo relacionado con la infancia, la adolescencia y la juventud, mundo que sigue estando presente en mi trabajo, en la realización de las puestas aquí en Europa, como profesor de teatro, como maestro. Es así. –Le llaman identidad, de la cual es imposible desprenderse… –Esté donde esté es así. Que llevamos y no puede modificarse, igual que no puede cambiarse la familia que hemos tenido, el sitio donde nacimos ni los lugares donde crecimos de niños y adolescentes. Están y tienen una vigencia y una fuerza únicas. Cada individuo lleva el sello de todo lo vivido. Por eso (André) Malraux decía muy bien que todo hombre es responsable de su cara después de los cuarenta años. (Reímos) Lo que vivimos está sellado, marcado a fuego en el cuerpo, en el lenguaje corporal, en cómo nos movemos, circulamos por la vida, en cómo miramos y, además, en cómo se han ido registrando y grabando en nuestro físico las experiencias, sobre todo las dramáticas. Están ahí con nosotros y en nosotros. Son parte de nuestra identidad y las que ocurrieron en los primeros años son las que dejan las huellas, las marcas más fuertes. David Amitín alterna su trabajo entre Argentina y Europa. En Londres ha dirigido la maravillosa “Yerma”, de Federico García Lorca; “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams, y “Chicago” y “Red Cross”, de Sam Shepard. En Alemania presentó “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, y “Los siameses”, de Gambaro, y en Bruselas, “La señorita Julia”, de Strindberg. Como régisseur de ópera montó también en Alemania “El caso Makropulos”, de Leoö Janacek, y en Austria, “Carmen”, de George Bizet. “Es curioso porque me siento con unas enormes ganas de hacer, de seguir con proyectos. Tengo muchos de teatro y de ópera en cartera, vivo pensando y generando otros. No sé, no se ocurre otra cosa que eso, no se me ocurriría pensar con actitud de decir ya he hecho, debo retirarme, no tengo más que hacer. En mi caso no aparecen esas ideas. Tampoco diría que tengo el entusiasmo de los treinta años, al menos para emprender locuras… sí para aquello que puedo hacer. En octubre pasado estrené en Madrid una obra que traduje y dirigí, del autor norteamericano Sam Shepard: ‘Geografía de un soñador de caballos’… extraordinaria, curiosa, muy marginal en la temática, en el desarrollo, casi onírica. Y la hemos hecho con un grupo de actores, un tanto a la argentina, tal como yo dirigía espectáculos en el 80 y 90 en Buenos Aires, en cooperativa. Yo no cobré, los actores tampoco, una forma de generar proyectos teatrales que, con la crisis, poco a poco se está empezando a volver familiar en España. Para hacer lo que quieres, lo que te mueve, hay que generar proyectos propios”, relata Amitín. Encuentro en el barrio de Argüelles, noroeste de Madrid, donde caminando Amitín va a su estudio de teatro, a la ópera, a las salas del centro. En autobús, a diez minutos. Junto al Parque del Oeste que da sobre la Casa de Campo (el mayor prado público del municipio madrileño), zona que antiguamente era coto de caza privado de la monarquía. Un enorme predio en el que camina casi todos los días. “Para colmo de males hay una sequía descomunal, es el invierno más seco de los últimos setenta años; los campesinos, los agricultores y los hacendados se quejan, pero para caminar y disfrutar del sol es maravilloso”, dice. FINZI SOBRE FINZI ¿De qué está hecho el amor? ¿De qué materia? ¿De soledades, tal vez? Esta historia (de “La piel”) comenzó en el subterráneo de Bruselas, una mañanita gris de esas que asoman por los cuadros de Constantin Meunier: una viejita leía un libro y yo metía la nariz de puro curioso nomás. Entonces hablamos lo que duró el viaje. Ella me contó que iba al hospital a ver a su marido, que estaba muy enfermo, que nadie sabía lo que tenía, ningún médico, y que debían operarlo otra vez. Le llevaba ese libro, porque su lectura le hacía compañía. Yo le hablé de mis cosas y de mis tristezas. Nunca más la volví a ver. No hay línea de subte entre Bruselas y la Patagonia. Estaciones, eso sí que hay. Uno se baja, no encuentra la salida, y, cosa de no perderse, se mete en un puñado de palabras, entre unas páginas que se roban al olvido o al recuerdo. ¿Quién puede saberlo exactamente? Dedico esta obra a esa mujer que se bajó aquel amanecer de otoño en Gare du Midi. De su historia de amor yo hice la mía.
David Amitín nació en Buenos Aires, estudió violín con Ljerko Spiller y armonía con Guillermo Graetzer y se formó en Interpretación y Dirección Teatral con Augusto Fernandes y Carlos Gandolfo. En 1971 viajó a Inglaterra para completar su educación como director y efectuar las primeras puestas en escena. Asistió a cursos y seminarios con Lee Strasberg, Luca Ronconi, Marcel Marechal, Geoffrey Reeves, Giorgio Strehler, Johannes Schaaf, Benno Besson y John Copley. En el 80 regresó al país, donde desarrolló una importante labor como maestro de actores y directores y realizó numerosos montajes entre los que pueden citarse “Fando y Lis”, de Fernando Arrabal; “Leonce y Lena”, de Georg Büchner, y “Memorias del subsuelo”, versión teatral propia de la novela de Fyodor Dostoyevski, Premio Molière a la mejor puesta en escena del año. El 26 de marzo en el Salón de Actos del Centro Cultural Conde Duque de Madrid estrenó “La piel”, del dramaturgo neuquino Alejandro Finzi, docente de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue, en el marco del ciclo “Teatro Contemporáneo Argentino” organizado por la Embajada de nuestro país en la capital española. La obra cuenta una historia de amor desde la vejez, recuerdos de toda una vida de Ana y Walter, mientras en una habitación de hospital esperan a que él sea llevado al quirófano. En formato de lectura dramatizada, está dirigida por Amitín y es interpretada por Daniel Freire y Marina Eskell. El ciclo propone conocer la dramaturgia que se escribe más allá de Buenos Aires, que trabaja sobre opciones estéticas e ideológicas diferentes. “Hicimos una puesta en el espacio y los actores portan el texto en sus manos. Ellos se mueven en ese ámbito en el que hay algunos elementos que hacen a la escenografía, como una cama de hospital, algunas sillas… Es un material interesante para mí, que no circula por las vías habituales –en algún momento del teatro argentino– del realismo, bastante abierto, rico para trabajar. Es una situación bastante misteriosa la de ambos personajes, que están en una habitación de hospital. Y esa cualidad, calidad de misterio y de algo un tanto indescifrable, con la dificultad de entender exactamente todo lo que ocurre, me atrae como director. Durante el proceso de ensayo los actores estaban bastante, están o estamos, desorientados, descolocados. Nos preguntamos qué pasa… ¿ese hombre está muerto desde el comienzo o no? Es una fantasía, un juego en la parte de su muerte y todo lo que sucede después con el protagonista ya muerto. Esa dificultad de captar exactamente lo que pasa es atractiva, movilizante; genera inquietud y un desconcierto que, yo creo, puede ser muy creativo, punto de partida de la creación”, cuenta el director. –En la vida cotidiana, en la política, determinadas situaciones nos desconciertan, no sabemos para dónde ir y nos abren enormes interrogantes. Bastaría con imaginar a alguien moviéndose en la actual realidad española… –Claro, se abren todos esos cuestionamientos. Habría que pensar que una buena parte de los actores argentinos que están en España y, sin duda, los dos que leen “La piel”, Daniel y Marina, se han venido alrededor del 2000, 2001, 2002, en ese período tan convulso de Argentina. Por lo tanto, para ellos todo lo que dices, las preguntas, en cierta forma están vigentes porque España está como Argentina en aquella época. Después de muchos años oímos todos los días las palabras “crisis”, “ajuste”, “reducción de gasto”, “desocupación”… brutal, descomunal para un país del entorno europeo. Pues esos términos suenan, de una manera pesadillesca, muy actuales, muy conocidos, reconocidos o reconocibles. Ahora, la obra discurre por otros territorios, del dolor, de la fantasía y la curiosa atracción del protagonista por los patos y sus características. Es alguien que dice haber escrito un manual de ornitología y cuyas obsesiones pasan más por lo relacionado con lo que manifiesta haber heredado de su padre cartero, esos paseos a la vera del río, la visión de los patos y de los ánades y su progresivo entusiasmo por todo ese mundo animal y acuático. –Se me ocurre que esta obra también te reconecta con cuestiones locales que te hacen bien como emigrante, para recordar, trabajar, repensar, no extrañar tanto… –Mi carrera como director de teatro y de ópera estuvo muy marcada por idas y vueltas. Viví muchos años en Londres, en los 70; volví a Argentina y empecé a dirigir en Alemania, Bélgica, Austria, tanto en el ámbito teatral como operístico. En este último David montó “El barbero de Sevilla”, de Giacomo Rossini (91), en el Teatro Colón; “La ciudad ausente” (95), en estreno mundial, del compositor argentino Gerardo Gandini; “El amor por tres naranjas”, de Sergei Prokofiev (98), unánimemente aclamada por la crítica como uno de los acontecimientos de la temporada, y también en el Teatro Colón presentó en el 2000 “Il trovatore”, de Giuseppe Verdi, con las voces de Larissa Diadkova, Verónica Villarroel, Genaro Sulvarán y Darío Volonté. –Es decir que me ausenté por muchos y largos períodos de Buenos Aires –prosigue Amitín–; luego volvía, seguía con las puestas en escena y mi escuela, y en el 2002 me trasladé a Madrid… pero mi experiencia en ese sentido es bastante especial, digamos. Soy alguien que ha estado y se ha ido y ha vuelto y de nuevo ha partido. Vivir en el extranjero es familiar para mí. El tema de extrañar es muy fuerte en una primera etapa, pero hace nueve años que vivo en España. Con el tiempo se va aplacando porque la realidad del lugar donde vives tiene sus propios imperativos, sus dificultades, sus leyes, y el teatro que veo es distinto, las maneras son diferentes. Por lo tanto, tal realidad termina por imponerse indiscutiblemente. Al margen de eso, uno no pierde, ni olvida ni deja de lado sus raíces, su memoria y, particularmente, lo relacionado con la infancia, la adolescencia y la juventud, mundo que sigue estando presente en mi trabajo, en la realización de las puestas aquí en Europa, como profesor de teatro, como maestro. Es así. –Le llaman identidad, de la cual es imposible desprenderse… –Esté donde esté es así. Que llevamos y no puede modificarse, igual que no puede cambiarse la familia que hemos tenido, el sitio donde nacimos ni los lugares donde crecimos de niños y adolescentes. Están y tienen una vigencia y una fuerza únicas. Cada individuo lleva el sello de todo lo vivido. Por eso (André) Malraux decía muy bien que todo hombre es responsable de su cara después de los cuarenta años. (Reímos) Lo que vivimos está sellado, marcado a fuego en el cuerpo, en el lenguaje corporal, en cómo nos movemos, circulamos por la vida, en cómo miramos y, además, en cómo se han ido registrando y grabando en nuestro físico las experiencias, sobre todo las dramáticas. Están ahí con nosotros y en nosotros. Son parte de nuestra identidad y las que ocurrieron en los primeros años son las que dejan las huellas, las marcas más fuertes. David Amitín alterna su trabajo entre Argentina y Europa. En Londres ha dirigido la maravillosa “Yerma”, de Federico García Lorca; “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams, y “Chicago” y “Red Cross”, de Sam Shepard. En Alemania presentó “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, y “Los siameses”, de Gambaro, y en Bruselas, “La señorita Julia”, de Strindberg. Como régisseur de ópera montó también en Alemania “El caso Makropulos”, de Leoö Janacek, y en Austria, “Carmen”, de George Bizet. “Es curioso porque me siento con unas enormes ganas de hacer, de seguir con proyectos. Tengo muchos de teatro y de ópera en cartera, vivo pensando y generando otros. No sé, no se ocurre otra cosa que eso, no se me ocurriría pensar con actitud de decir ya he hecho, debo retirarme, no tengo más que hacer. En mi caso no aparecen esas ideas. Tampoco diría que tengo el entusiasmo de los treinta años, al menos para emprender locuras… sí para aquello que puedo hacer. En octubre pasado estrené en Madrid una obra que traduje y dirigí, del autor norteamericano Sam Shepard: ‘Geografía de un soñador de caballos’… extraordinaria, curiosa, muy marginal en la temática, en el desarrollo, casi onírica. Y la hemos hecho con un grupo de actores, un tanto a la argentina, tal como yo dirigía espectáculos en el 80 y 90 en Buenos Aires, en cooperativa. Yo no cobré, los actores tampoco, una forma de generar proyectos teatrales que, con la crisis, poco a poco se está empezando a volver familiar en España. Para hacer lo que quieres, lo que te mueve, hay que generar proyectos propios”, relata Amitín. Encuentro en el barrio de Argüelles, noroeste de Madrid, donde caminando Amitín va a su estudio de teatro, a la ópera, a las salas del centro. En autobús, a diez minutos. Junto al Parque del Oeste que da sobre la Casa de Campo (el mayor prado público del municipio madrileño), zona que antiguamente era coto de caza privado de la monarquía. Un enorme predio en el que camina casi todos los días. “Para colmo de males hay una sequía descomunal, es el invierno más seco de los últimos setenta años; los campesinos, los agricultores y los hacendados se quejan, pero para caminar y disfrutar del sol es maravilloso”, dice. FINZI SOBRE FINZI ¿De qué está hecho el amor? ¿De qué materia? ¿De soledades, tal vez? Esta historia (de “La piel”) comenzó en el subterráneo de Bruselas, una mañanita gris de esas que asoman por los cuadros de Constantin Meunier: una viejita leía un libro y yo metía la nariz de puro curioso nomás. Entonces hablamos lo que duró el viaje. Ella me contó que iba al hospital a ver a su marido, que estaba muy enfermo, que nadie sabía lo que tenía, ningún médico, y que debían operarlo otra vez. Le llevaba ese libro, porque su lectura le hacía compañía. Yo le hablé de mis cosas y de mis tristezas. Nunca más la volví a ver. No hay línea de subte entre Bruselas y la Patagonia. Estaciones, eso sí que hay. Uno se baja, no encuentra la salida, y, cosa de no perderse, se mete en un puñado de palabras, entre unas páginas que se roban al olvido o al recuerdo. ¿Quién puede saberlo exactamente? Dedico esta obra a esa mujer que se bajó aquel amanecer de otoño en Gare du Midi. De su historia de amor yo hice la mía.
EDuardo Rouillet David Amitín nació en Buenos Aires, estudió violín con Ljerko Spiller y armonía con Guillermo Graetzer y se formó en Interpretación y Dirección Teatral con Augusto Fernandes y Carlos Gandolfo. En 1971 viajó a Inglaterra para completar su educación como director y efectuar las primeras puestas en escena. Asistió a cursos y seminarios con Lee Strasberg, Luca Ronconi, Marcel Marechal, Geoffrey Reeves, Giorgio Strehler, Johannes Schaaf, Benno Besson y John Copley. En el 80 regresó al país, donde desarrolló una importante labor como maestro de actores y directores y realizó numerosos montajes entre los que pueden citarse “Fando y Lis”, de Fernando Arrabal; “Leonce y Lena”, de Georg Büchner, y “Memorias del subsuelo”, versión teatral propia de la novela de Fyodor Dostoyevski, Premio Molière a la mejor puesta en escena del año. El 26 de marzo en el Salón de Actos del Centro Cultural Conde Duque de Madrid estrenó “La piel”, del dramaturgo neuquino Alejandro Finzi, docente de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue, en el marco del ciclo “Teatro Contemporáneo Argentino” organizado por la Embajada de nuestro país en la capital española. La obra cuenta una historia de amor desde la vejez, recuerdos de toda una vida de Ana y Walter, mientras en una habitación de hospital esperan a que él sea llevado al quirófano. En formato de lectura dramatizada, está dirigida por Amitín y es interpretada por Daniel Freire y Marina Eskell. El ciclo propone conocer la dramaturgia que se escribe más allá de Buenos Aires, que trabaja sobre opciones estéticas e ideológicas diferentes. “Hicimos una puesta en el espacio y los actores portan el texto en sus manos. Ellos se mueven en ese ámbito en el que hay algunos elementos que hacen a la escenografía, como una cama de hospital, algunas sillas... Es un material interesante para mí, que no circula por las vías habituales –en algún momento del teatro argentino– del realismo, bastante abierto, rico para trabajar. Es una situación bastante misteriosa la de ambos personajes, que están en una habitación de hospital. Y esa cualidad, calidad de misterio y de algo un tanto indescifrable, con la dificultad de entender exactamente todo lo que ocurre, me atrae como director. Durante el proceso de ensayo los actores estaban bastante, están o estamos, desorientados, descolocados. Nos preguntamos qué pasa... ¿ese hombre está muerto desde el comienzo o no? Es una fantasía, un juego en la parte de su muerte y todo lo que sucede después con el protagonista ya muerto. Esa dificultad de captar exactamente lo que pasa es atractiva, movilizante; genera inquietud y un desconcierto que, yo creo, puede ser muy creativo, punto de partida de la creación”, cuenta el director. –En la vida cotidiana, en la política, determinadas situaciones nos desconciertan, no sabemos para dónde ir y nos abren enormes interrogantes. Bastaría con imaginar a alguien moviéndose en la actual realidad española… –Claro, se abren todos esos cuestionamientos. Habría que pensar que una buena parte de los actores argentinos que están en España y, sin duda, los dos que leen “La piel”, Daniel y Marina, se han venido alrededor del 2000, 2001, 2002, en ese período tan convulso de Argentina. Por lo tanto, para ellos todo lo que dices, las preguntas, en cierta forma están vigentes porque España está como Argentina en aquella época. Después de muchos años oímos todos los días las palabras “crisis”, “ajuste”, “reducción de gasto”, “desocupación”... brutal, descomunal para un país del entorno europeo. Pues esos términos suenan, de una manera pesadillesca, muy actuales, muy conocidos, reconocidos o reconocibles. Ahora, la obra discurre por otros territorios, del dolor, de la fantasía y la curiosa atracción del protagonista por los patos y sus características. Es alguien que dice haber escrito un manual de ornitología y cuyas obsesiones pasan más por lo relacionado con lo que manifiesta haber heredado de su padre cartero, esos paseos a la vera del río, la visión de los patos y de los ánades y su progresivo entusiasmo por todo ese mundo animal y acuático. –Se me ocurre que esta obra también te reconecta con cuestiones locales que te hacen bien como emigrante, para recordar, trabajar, repensar, no extrañar tanto... –Mi carrera como director de teatro y de ópera estuvo muy marcada por idas y vueltas. Viví muchos años en Londres, en los 70; volví a Argentina y empecé a dirigir en Alemania, Bélgica, Austria, tanto en el ámbito teatral como operístico. En este último David montó “El barbero de Sevilla”, de Giacomo Rossini (91), en el Teatro Colón; “La ciudad ausente” (95), en estreno mundial, del compositor argentino Gerardo Gandini; “El amor por tres naranjas”, de Sergei Prokofiev (98), unánimemente aclamada por la crítica como uno de los acontecimientos de la temporada, y también en el Teatro Colón presentó en el 2000 “Il trovatore”, de Giuseppe Verdi, con las voces de Larissa Diadkova, Verónica Villarroel, Genaro Sulvarán y Darío Volonté. –Es decir que me ausenté por muchos y largos períodos de Buenos Aires –prosigue Amitín–; luego volvía, seguía con las puestas en escena y mi escuela, y en el 2002 me trasladé a Madrid... pero mi experiencia en ese sentido es bastante especial, digamos. Soy alguien que ha estado y se ha ido y ha vuelto y de nuevo ha partido. Vivir en el extranjero es familiar para mí. El tema de extrañar es muy fuerte en una primera etapa, pero hace nueve años que vivo en España. Con el tiempo se va aplacando porque la realidad del lugar donde vives tiene sus propios imperativos, sus dificultades, sus leyes, y el teatro que veo es distinto, las maneras son diferentes. Por lo tanto, tal realidad termina por imponerse indiscutiblemente. Al margen de eso, uno no pierde, ni olvida ni deja de lado sus raíces, su memoria y, particularmente, lo relacionado con la infancia, la adolescencia y la juventud, mundo que sigue estando presente en mi trabajo, en la realización de las puestas aquí en Europa, como profesor de teatro, como maestro. Es así. –Le llaman identidad, de la cual es imposible desprenderse... –Esté donde esté es así. Que llevamos y no puede modificarse, igual que no puede cambiarse la familia que hemos tenido, el sitio donde nacimos ni los lugares donde crecimos de niños y adolescentes. Están y tienen una vigencia y una fuerza únicas. Cada individuo lleva el sello de todo lo vivido. Por eso (André) Malraux decía muy bien que todo hombre es responsable de su cara después de los cuarenta años. (Reímos) Lo que vivimos está sellado, marcado a fuego en el cuerpo, en el lenguaje corporal, en cómo nos movemos, circulamos por la vida, en cómo miramos y, además, en cómo se han ido registrando y grabando en nuestro físico las experiencias, sobre todo las dramáticas. Están ahí con nosotros y en nosotros. Son parte de nuestra identidad y las que ocurrieron en los primeros años son las que dejan las huellas, las marcas más fuertes. David Amitín alterna su trabajo entre Argentina y Europa. En Londres ha dirigido la maravillosa “Yerma”, de Federico García Lorca; “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams, y “Chicago” y “Red Cross”, de Sam Shepard. En Alemania presentó “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, y “Los siameses”, de Gambaro, y en Bruselas, “La señorita Julia”, de Strindberg. Como régisseur de ópera montó también en Alemania “El caso Makropulos”, de Leoö Janacek, y en Austria, “Carmen”, de George Bizet. “Es curioso porque me siento con unas enormes ganas de hacer, de seguir con proyectos. Tengo muchos de teatro y de ópera en cartera, vivo pensando y generando otros. No sé, no se ocurre otra cosa que eso, no se me ocurriría pensar con actitud de decir ya he hecho, debo retirarme, no tengo más que hacer. En mi caso no aparecen esas ideas. Tampoco diría que tengo el entusiasmo de los treinta años, al menos para emprender locuras... sí para aquello que puedo hacer. En octubre pasado estrené en Madrid una obra que traduje y dirigí, del autor norteamericano Sam Shepard: ‘Geografía de un soñador de caballos’... extraordinaria, curiosa, muy marginal en la temática, en el desarrollo, casi onírica. Y la hemos hecho con un grupo de actores, un tanto a la argentina, tal como yo dirigía espectáculos en el 80 y 90 en Buenos Aires, en cooperativa. Yo no cobré, los actores tampoco, una forma de generar proyectos teatrales que, con la crisis, poco a poco se está empezando a volver familiar en España. Para hacer lo que quieres, lo que te mueve, hay que generar proyectos propios”, relata Amitín. Encuentro en el barrio de Argüelles, noroeste de Madrid, donde caminando Amitín va a su estudio de teatro, a la ópera, a las salas del centro. En autobús, a diez minutos. Junto al Parque del Oeste que da sobre la Casa de Campo (el mayor prado público del municipio madrileño), zona que antiguamente era coto de caza privado de la monarquía. Un enorme predio en el que camina casi todos los días. “Para colmo de males hay una sequía descomunal, es el invierno más seco de los últimos setenta años; los campesinos, los agricultores y los hacendados se quejan, pero para caminar y disfrutar del sol es maravilloso”, dice. FINZI SOBRE FINZI ¿De qué está hecho el amor? ¿De qué materia? ¿De soledades, tal vez? Esta historia (de “La piel”) comenzó en el subterráneo de Bruselas, una mañanita gris de esas que asoman por los cuadros de Constantin Meunier: una viejita leía un libro y yo metía la nariz de puro curioso nomás. Entonces hablamos lo que duró el viaje. Ella me contó que iba al hospital a ver a su marido, que estaba muy enfermo, que nadie sabía lo que tenía, ningún médico, y que debían operarlo otra vez. Le llevaba ese libro, porque su lectura le hacía compañía. Yo le hablé de mis cosas y de mis tristezas. Nunca más la volví a ver. No hay línea de subte entre Bruselas y la Patagonia. Estaciones, eso sí que hay. Uno se baja, no encuentra la salida, y, cosa de no perderse, se mete en un puñado de palabras, entre unas páginas que se roban al olvido o al recuerdo. ¿Quién puede saberlo exactamente? Dedico esta obra a esa mujer que se bajó aquel amanecer de otoño en Gare du Midi. De su historia de amor yo hice la mía.
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