Estrés y aprendizaje
El Homo sapiens, el tigre diente de sable y el caballo de mar
Hace tres millones de años el homo sapiens (el hombre que sabe) se encontraba biológicamente preparado para soportar un estado de estrés el tiempo necesario para subirse a un árbol y escaparse del tigre de dientes de sable que lo perseguía para comérselo. Su reacción de alarma le servía para escapar del animal, dándole la energía y velocidad necesaria para treparse a un árbol y salvarse. De lo contrario, el tigre se lo comía.
Si el homo sapiens lograba su objetivo, su organismo disminuía la tensión logrando relajarse y descansar. Si bien estos episodios seguramente sucedían con frecuencia, iba aprendiendo en cada situación nuevas estrategias para salir victorioso del enfrentamiento. No hay evidencias de que este estado de alerta le generara problemas de salud a nuestro amigo, todo lo contrario, lo ayudaba a sobrevivir y a aprender nuevas estrategias de defensa y escape ante nuevos encuentros.
Hoy sabemos que esa reacción de alarma consiste en: aumento de la tensión arterial; aumento de la frecuencia cardíaca; aumento de la tensión muscular; aumento de la respiración; palidez y frialdad de piel (por llevar toda la sangre posible a los órganos que utilizará en la acción); aumento en la concentración; puesta en marcha de mecanismos cognitivos esenciales para aprender nuevas estrategias y recordar las que les dieron buenos resultados en episodios anteriores. Esta respuesta duraba poco tiempo, el necesario para llegar a un árbol, subirse y escapar.
Hoy en día la biología nos señala que existen dos tipos de estrés: un tipo de estrés agudo de corto tiempo de duración (el que sufría nuestro amigo), que genera un estado de adaptación frente al peligro conocido como respuesta de alarma, que muchas veces ayuda al hombre a salvar su vida o a salir de situaciones adversas e incluso en muchos casos, como generador de placer (como ocurre en los deportes de alto riesgo). Es decir, un tipo de estrés que logra un efecto protector (Sapolsky, 2000)
Cuando este estrés perdura en el tiempo aparece lo que se llama estrés crónico, que genera alteraciones indeseables en la salud del ser humano. Es decir lo llevan a enfermarse: neurosis; infartos; accidentes cerebro vasculares; depresiones, y también lleva a problemas de aprendizaje, en la memoria y en el comportamiento. A diferencia del homo sapiens de nuestra historia el homos sapiens sapiens (hombre que sabe que sabe) de hoy, se encuentra sometido a este último tipo de estrés en forma constante, lo que ocasiona un sin número de trastornos en su salud.
Numerosas investigaciones sobre la funcionalidad de nuestro cerebro nos informan que un grupo de células localizadas en una región llamada hipocampo (por su similitud al hipocampo o caballo marino) son extremadamente sensibles al estrés (Miller y O’Callaghan, 2005).
Se ha relacionado esta región a funciones neuroendocrinas y congnitivas. De estas últimas, la que más interés despierta y motiva este comentario, son: la memoria de los hechos y de los lugares; el aprender a reconocer situaciones; recordar eventos del pasado; etcétera. Es decir que las personas que por algún motivo pierden o sufren un daño en esta región no son capaces de aprender nada nuevo y no son capaces de recordar nada que haya sucedido más allá de unos pocos minutos antes. Se sostiene hoy en día que la integridad de esta zona cerebral (nuestro caballito marino) es fundamental a la hora de aprender y memorizar situaciones particulares. (Van Petten, 2004)
Siguiendo en esta línea de pensamiento, la neurociencia se preocupó por evaluar el efecto del estrés sobre el hipocampo. Una forma de hacerlo es a través de un estudio conocido como resonancia magnética. Este estudio permite observar con mucho detalle la forma y el tamaño del hipocampo.
Utilizando esta metodología, Peter Gianaros publicó sus resultados en la revista Neuroimágen del mes de abril del año 2007. La investigación consistió en evaluar la forma y la morfología del hipocampo a dos grupos de voluntarios: uno de ellos (grupo investigación) sometido a estrés crónico y el grupo (grupo control) sin ningún estrés.
Los resultados fueron sugestivos: el tamaño del hipocampo del grupo sometido a estrés no solo fue mucho más pequeño que el del grupo control sino que además siguió disminuyendo de tamaño en la medida que los estresores continuaban en el tiempo.
Para el homo sapiens el tigre de diente de sable era un importante estímulo aversivo. Para el homo sapiens sapiens de la actualidad este estímulo fue reemplazado por la pobreza, la inseguridad, la sensación de incertidumbre constante; la violencia familiar y en la calle; la limitación en el lenguaje; la violencia social; el terrorismo; la derrota social (Valencia-Alfonso; 2004); el hacinamiento; la sumisión, entre muchas otras cosas más.
Hoy se sabe que los animales, incluyendo el hombre, cuando son expuestos a eventos aversivos sobre los cuáles no tiene control sufren una disminución en la motivación para responder y déficit congnitivos que interfieren con el aprendizaje, probablemente en relación con la afección subyacente del hipocampo.
El estrés crónico en la infancia puede tener implicancias futuras para el desempeño normal de las habilidades cognitivas probablemente secundario a la maduración o la integridad del hipocampo ( Meaney, 1988).
Es aquí donde aparece la preocupación de nuestro cuerpo docente. Nadie puede desconocer que en los tiempos que corren estos niños se encuentran sometidos a diferentes tipos de estresores, lo que los condiciona a tener dificultades en el aprendizaje. Las escuelas de hoy se han convertido en lugares de contención social más que en centros de educación.
Es por ello que, y desde esta perspectiva, la educación no solo recae en las escuelas o en los maestros. Recae en toda la sociedad que en su conjunto deberá implementar estrategias para atenuar o inhibir el impacto del estrés crónico, sobre todo mediante la modulación de la forma en la que las enfrentan los individuos, buscando que nuestro pequeños homo sapiens sapiens (los niños) lleguen a la adultez en plenitud cognitiva para asegurar el bienestar social de todo el pueblo.
El homo sapiens, el tigre de diente de sable y el caballo de mar deberán interactuar en forma armónica para asegurar el crecimiento y la educación saludable de nuestros jóvenes y asegurar con ello nuestro futuro como ciudadanos.
CARLOS R. NAVARRO
Médico Especialista en Clínica Médica UNLP. Magíster en Enseñanzas de las Ciencias UNCo