Evolución lenta

Redacción

Por Redacción

Desde que en las elecciones del año pasado el Frente para la Victoria, encolumnado detrás de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se las arregló para humillar, y para desconcertar, a una oposición absurdamente fragmentada, los preocupados por la hegemonía kirchnerista resultante entienden que el sistema político nacional no podrá funcionar a menos que se reduzca drásticamente la cantidad de partidos. Mientras que las democracias consolidadas suelen conformarse con dos o tres partidos, aquí siempre hay por lo menos media docena, casi todos dominados por un dirigente con aspiraciones presidenciales, y en ocasiones muchos más. Sin embargo, aunque con escasas excepciones los integrantes de la clase política son conscientes de que la preferencia de tantos por encabezar un partido propio, por pequeño que fuera, en vez de ocupar un lugar subalterno en uno mayor, está en la raíz del estado lamentable de virtualmente todas las instituciones políticas nacionales, hasta ahora no han prosperado los esfuerzos por superar el déficit así supuesto, en parte porque, para los más ambiciosos, la “solución” no consistiría en afiliarse a un partido ya existente sino en crear uno más. Entre los responsables de esta situación nada satisfactoria están los radicales. No son los únicos, ya que los peronistas son igualmente propensos a distanciarse de las autoridades formales de su propio partido por motivos personales o, para decirlo de algún modo, ideológicos, pero sucede que, desde mediados del siglo pasado, en nuestro país el radicalismo ha sido el movimiento emblemático de los demócratas de clase media, hombres y mujeres que en otras latitudes desempeñan funciones clave en partidos centristas. Así y todo, mientras que los equivalentes europeos o norteamericanos de los radicales están acostumbrados a asumir la responsabilidad por sus esporádicos fracasos, sometiéndose a una “autocrítica” con el propósito de actualizar sus propuestas, aquí demasiados se han habituado a entregarse a la nostalgia, a menudo dedicándose a reivindicar teorías económicas anacrónicas como las preferidas en su momento por el presidente Raúl Alfonsín, además de aferrarse a la esperanza de que, de algún modo u otro, su movimiento logre erigirse nuevamente en la alternativa natural al peronismo. Que los líderes de las facciones principales de la UCR actúen así es lógico, ya que desde su punto de vista es cuestión de defender su propio lugar en la jerarquía del movimiento, pero también lo es que muchos afiliados se hayan convencido de que es tan poco probable que el radicalismo recupere el protagonismo perdido que les convendría acercarse ya a la centroizquierda encabezada por el socialista santafesino Hermes Binner, ya a la centroderecha representada por el jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri. Por ahora, el mejor ubicado de los dos es Macri, el que a ojos de muchos se ha visto beneficiado por los esfuerzos por desacreditarlo del gobierno kirchnerista pintándolo como un derechista peligroso, cuando no un “neoliberal”, de ideas incompatibles con las tradicionalmente reivindicadas por los progresistas supuestamente hegemónicos; a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión, la mayoría entiende muy bien que en verdad es un moderado pragmático. En cuanto a Binner, aunque sus credenciales progresistas son impecables, no le está resultando del todo fácil armar una alianza amplia que le serviría de plataforma para las elecciones presidenciales del 2015. La confusión que impera en las filas radicales puede comprenderse. La UCR sigue siendo dueña tanto de un aparato nacional como de su propia cultura interna. Pero, como Ricardo Alfonsín descubrió en octubre pasado, lo que le falta son los votos necesarios para permitirle volver a ser un partido de gobierno. Asimismo, a los radicales no les ha sido dado superar la desventaja supuesta por la noción difundida de que son demasiado débiles y vacilantes como para asegurar la gobernabilidad, privilegio éste que, a juicio de una parte sustancial del electorado, monopolizan los peronistas. En este ámbito Macri, por estar más que dispuesto a pactar con ciertas facciones peronistas y porque, como “derechista”, brinda la impresión de estar en condiciones de actuar con firmeza si las circunstancias lo exigen, tiene menos motivos para preocuparse.


Desde que en las elecciones del año pasado el Frente para la Victoria, encolumnado detrás de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se las arregló para humillar, y para desconcertar, a una oposición absurdamente fragmentada, los preocupados por la hegemonía kirchnerista resultante entienden que el sistema político nacional no podrá funcionar a menos que se reduzca drásticamente la cantidad de partidos. Mientras que las democracias consolidadas suelen conformarse con dos o tres partidos, aquí siempre hay por lo menos media docena, casi todos dominados por un dirigente con aspiraciones presidenciales, y en ocasiones muchos más. Sin embargo, aunque con escasas excepciones los integrantes de la clase política son conscientes de que la preferencia de tantos por encabezar un partido propio, por pequeño que fuera, en vez de ocupar un lugar subalterno en uno mayor, está en la raíz del estado lamentable de virtualmente todas las instituciones políticas nacionales, hasta ahora no han prosperado los esfuerzos por superar el déficit así supuesto, en parte porque, para los más ambiciosos, la “solución” no consistiría en afiliarse a un partido ya existente sino en crear uno más. Entre los responsables de esta situación nada satisfactoria están los radicales. No son los únicos, ya que los peronistas son igualmente propensos a distanciarse de las autoridades formales de su propio partido por motivos personales o, para decirlo de algún modo, ideológicos, pero sucede que, desde mediados del siglo pasado, en nuestro país el radicalismo ha sido el movimiento emblemático de los demócratas de clase media, hombres y mujeres que en otras latitudes desempeñan funciones clave en partidos centristas. Así y todo, mientras que los equivalentes europeos o norteamericanos de los radicales están acostumbrados a asumir la responsabilidad por sus esporádicos fracasos, sometiéndose a una “autocrítica” con el propósito de actualizar sus propuestas, aquí demasiados se han habituado a entregarse a la nostalgia, a menudo dedicándose a reivindicar teorías económicas anacrónicas como las preferidas en su momento por el presidente Raúl Alfonsín, además de aferrarse a la esperanza de que, de algún modo u otro, su movimiento logre erigirse nuevamente en la alternativa natural al peronismo. Que los líderes de las facciones principales de la UCR actúen así es lógico, ya que desde su punto de vista es cuestión de defender su propio lugar en la jerarquía del movimiento, pero también lo es que muchos afiliados se hayan convencido de que es tan poco probable que el radicalismo recupere el protagonismo perdido que les convendría acercarse ya a la centroizquierda encabezada por el socialista santafesino Hermes Binner, ya a la centroderecha representada por el jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri. Por ahora, el mejor ubicado de los dos es Macri, el que a ojos de muchos se ha visto beneficiado por los esfuerzos por desacreditarlo del gobierno kirchnerista pintándolo como un derechista peligroso, cuando no un “neoliberal”, de ideas incompatibles con las tradicionalmente reivindicadas por los progresistas supuestamente hegemónicos; a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión, la mayoría entiende muy bien que en verdad es un moderado pragmático. En cuanto a Binner, aunque sus credenciales progresistas son impecables, no le está resultando del todo fácil armar una alianza amplia que le serviría de plataforma para las elecciones presidenciales del 2015. La confusión que impera en las filas radicales puede comprenderse. La UCR sigue siendo dueña tanto de un aparato nacional como de su propia cultura interna. Pero, como Ricardo Alfonsín descubrió en octubre pasado, lo que le falta son los votos necesarios para permitirle volver a ser un partido de gobierno. Asimismo, a los radicales no les ha sido dado superar la desventaja supuesta por la noción difundida de que son demasiado débiles y vacilantes como para asegurar la gobernabilidad, privilegio éste que, a juicio de una parte sustancial del electorado, monopolizan los peronistas. En este ámbito Macri, por estar más que dispuesto a pactar con ciertas facciones peronistas y porque, como “derechista”, brinda la impresión de estar en condiciones de actuar con firmeza si las circunstancias lo exigen, tiene menos motivos para preocuparse.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora