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Éxodo inverso



Por Armando Gentili*

Cuando expiraba la Segunda Guerra Mundial asistíamos a un panorama desolador con casi todas las ciudades de Europa destruidas, con familias desintegradas por muertes ocurridas durante la guerra o bajo el régimen del nazismo. Mis propios ascendientes fueron protagonistas de estas situaciones.

Los sobrevivientes no tuvieron muchas opciones, era quedarse o irse. Muchos decidieron quedarse a reconstruir la Europa destruida y reencontrarse para comenzar la dura etapa bajo un esquema de trabajo rudo, esfuerzo, coraje, convicción y amor propio, con un programa en el cual los gobiernos se involucraron para acompañar toda ese período. Europa resurgió por medio de la industria, la agricultura y el turismo, lo que le significó importantes ingresos económicos por su historia, su cultura y su belleza.

Otra parte de los sobrevivientes de la guerra, entre los que se encontraba mi abuelo y mi madre, dejaron Europa en busca de otro destino de paz y progreso. Llegaron a distintos lugares, muchísimos a la Argentina, como solía decirme mi madre que vinieron “a hacer la América”. Dejaron Europa italianos, españoles, alemanes y de tantos otros lugares. Todos venían ávidos de trabajo, de paz y en búsqueda de desarrollo. Así es como llegaron a la Argentina toda esa cantidad de personas, lo que se consideró la última y gran inmigración europea, a partir de 1945 y hasta 1948. Vinieron artesanos y trabajadores de todo tipo; mi abuelo fue zapatero. Estaban dispuestos a realizar las más diversas tareas, muchas de ellas muy rudas y difíciles. Abrieron restaurantes y cantinas, almacenes de ramos generales, talleres, pequeñas industrias, explotaciones agrícolas de todo tipo.

Así fue conformándose un nuevo país, con esas olas de inmigrantes que se sumaron a los pobladores locales, con tesón, esfuerzo, y agradecimiento con esta nueva patria que los cobijó, dieron todo.

Las experiencias vividas, las familias desintegradas y las pérdidas de seres queridos marcaron estas migraciones. La consigna no sólo fue trabajar, sino que formaron y fomentaron fuertes lazos. Fueron cultores de la familia, de la amistad, los encuentros y reuniones. Trajeron consigo el socialismo, el cooperativismo, el sindicalismo y la unión de sus pares. Fundaron clubes y asociaciones, construyeron cines, teatros y tantas otras cosas. Estos inmigrantes asignaron a la educación un valor supremo para el desarrollo comunitario, algo que muchos no habían podido tener en su vida. Inculcaron a los hijos su importancia, a instruirse, ir a la universidad, de allí el famoso dicho de “mi hijo el doctor”. Nuestro país sobresalía de los países de América Latina. Comenzó a cristalizarse esa clase media ilustrada que tanto reconocimiento le dio a la Argentina.

Estas familias de inmigrantes que fueron surcando la argentina se formaron en fuertes valores consagrados en la ética, la honestidad, la palabra; era un país de progreso y oportunidades. Llegó a ocupar el octavo lugar entre las economías del mundo.

Las crisis políticas argentinas de las últimas siete u ocho décadas, la alternancia de gobiernos civiles y militares, producto de golpes militares, de gobiernos con la idea de un Estado gigante, con gran protagonismo de los sindicatos que nuclearon a la clase obrera. El país fue perdiendo el impulso que llevaba con el protagonismo que le imprimieron las olas inmigratorias.

El país comenzó una decadencia casi constante, aumentando la pobreza, la desigualdad, la marginalidad y la deserción escolar. Altas tasas de inflación y un Estado cada vez más grande, donde más gente depende de la ayuda estatal bajo las distintas modalidades de planes sociales. Se fue perdiendo el espíritu emprendedor, el estímulo al trabajo y el apoyo al talento. Las inversiones fueron decayendo en forma constante, se fueron perdiendo libertades, creció la falta de apego a la Ley y el respeto a la división de poderes y a la Constitución, con ciertos atisbos autoritarios, aun bajo gobiernos democráticos.

Todas estas etapas de inestabilidad e incertidumbre hicieron que comenzara un éxodo en sentido inverso, los hijos y nietos de aquellos inmigrantes comenzaron a irse del país, en busca de nuevas oportunidades. Profesionales, como así personas de otros oficios, eligieron preferentemente a Europa, por las facilidades de las dobles ciudadanías que brindaban varios países europeos, y a los Estados Unidos. Buscaron sitios con niveles de desarrollo y progreso muy superiores a los que había insinuado y logrado nuestro país, pero sobre todo estabilidad, respeto y la posibilidad de educar a sus hijos en otros ambientes, a expensas de sacrificar los afectos.

Desde el advenimiento de la Democracia, para hacer un corte retrospectivo de la historia, se sucedieron gobiernos peronistas y radicales y sus alianzas, pero por supuesto con mayor influencia del peronismo.

El último gobierno en el período 2015-2019 fue una coalición de partidos. Ante el fracaso económico del presidente Mauricio Macri la población volvió a transferir, por medio de los votos, la confianza a otro gobierno peronista, aunque podríamos resaltar valores del gobierno de esa alianza. 

Luego de casi siete meses del actual gobierno, con una crisis sanitaria como es la pandemia del coronavirus que alteró mucho los planes del gobierno, el presidente, que hablaba de unir a la Argentina y superar la grieta, comenzó a instalar un discurso de salud o economía, entre cuarentena y anticuarentena. Esto comenzó a generar mucho malestar en la población y bajar en la valoración que había tenido al principio por su moderación. En esa dicotomía y malestar comenzaron a cerrar todo tipo de actividades, aumentó la pobreza, la inflación y desocupación. Además, otros problemas de salud distintos a los que produciría el coronavirus, por depresión, estrés y otras patologías, entre ellas las cardíacas. Más allá de los anuncios, se aprecia la vulnerabilidad del país, aumentando mucho más la cantidad de personas que dependen de la ayuda estatal, haciendo que menos gente pague sus impuestos y soporte un enorme Estado que cada vez más aumenta cargos y reparticiones. También, se comenzaron a ver gestos autoritarios, sin humildad y con una soberbia que no creo sea conveniente para afrontar la crisis actual y la que dejará la pandemia. Quedaron lejanos los slogans los mensajes que decían que iban a poner de pie a la Argentina y comienza el desaliento de mucha gente, sobre todo la juventud, que no avizora posibilidades de desarrollarse.  

Vemos que, ahora, son los nietos de los inmigrantes que quieren emigrar a otros países, a expensa de sacrificar afectos, en la búsqueda de mayor estabilidad, progreso y desarrollo.

¿Qué sucedió con este país que era el nuestro orgullo y sobresalía del resto de los países regionales, que tenía una clase media educada, ilustrada, que se destacaba?

Lamentablemente, la dirigencia en general, pero la política en particular, que tiene casi el peso de las responsabilidades y decisiones, no han podido o no han querido ponerse de acuerdo sobre qué modelo de país queremos desarrollar. Salir del blanco o negro para avanzar al gris o los matices donde se estimule la inversión, el trabajo, la educación, se aliente al talento y al emprendedor. Que el progreso sea visto como un beneficio del estudio, del esfuerzo y un logro social y no pensar que el que progresa en la Argentina indefectiblemente está en algo raro. Un país donde, definitivamente, entendamos que el corrupto, el mediocre o el incapaz son justamente eso, independientemente del partido al que pertenezca.  

Tenemos que entenderlo como sociedad, como un nuevo contrato social donde no se puede avalar la corrupción que es parte de la degradación social, la pobreza y falta de inversión. Espero que Dios ilumine a este país y a sus dirigentes a hallar este punto de encuentro que vuelva ser una tierra de paz y progreso.

*Médico. Especialista en cirugía maxilofacial. 


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