Fábrica de pobres
Como ya es tradicional, muchos obispos católicos aprovecharon la Pascua para denunciar la pobreza “que duele”, sin que se les haya ocurrido que su propia actitud podría haber contribuido a agravar el fenómeno que tanto los indigna. Lo mismo que muchos otros, los voceros eclesiásticos dan por descontado que la situación en la que se encuentra una parte sustancial de la población del país se debe a la mezquindad de los demás, en especial de la clase dirigente. Comparten su actitud la mayoría de los políticos nacionales que desde comienzos del siglo pasado tratan la pobreza como un problema ético provocado por la codicia de los ricos y quienes, a menudo sin habérselo propuesto, defienden el injusto orden establecido. En su opinión, habría mucho menos pobreza si la sociedad argentina fuera más solidaria y los dirigentes, tanto los empresarios como los políticos y sindicalistas, fueran más sensibles. Desafortunadamente, esta tesis a primera vista evidente no sirve para mucho. Tampoco ayuda a impulsar cambios auténticos la prédica conmovedora de los obispos o los sermones, en clave ideológica, de intelectuales izquierdistas. Si en el fondo todo fuera una cuestión de buena voluntad, de modo que “la solución” consistiera en una decisión colectiva de ser más generoso en adelante, la Argentina sería un país llamativamente más igualitario de lo que actualmente es. Por cierto, no existen motivos para dudar de la sinceridad de los políticos de todos los partidos, los intelectuales más influyentes y los líderes religiosos que una y otra vez han denunciado la pobreza con vehemencia, y no los hay para suponer que el grueso del empresariado crea que es de su interés que la mitad de la población, según las pautas de países más prósperos, perciba ingresos muy bajos, lo que los priva de un mercado para los bienes y servicios que suministran. La verdad es que, con la eventual excepción de algunos punteros clientelistas, la pobreza “que duele” no conviene a nadie, pero así y todo muchos parecen haberse convencido de que es consecuencia de una especie de plan siniestro urdido por capitalistas foráneos desalmados. Tal actitud es perversa. Mal que les pese a los habituados a descalificar el capitalismo por creerlo intrínsecamente maligno, los únicos países que han logrado reducir drásticamente la pobreza son precisamente los más capitalistas. Todos los demás, con la excepción de algunos emiratos petroleros escasamente poblados, se han limitado a redistribuir la miseria. Para colmo, los más exitosos, países como Suiza, siempre han manejado la economía de una manera que conforme a los criterios de la mayoría de nuestros políticos e intelectuales es netamente “liberal”, cuando no “derechista”. No se trata de una paradoja. Puesto que en todas partes el bienestar depende directamente del desempeño del sector privado, es lógico que aquellas sociedades en las que los gobiernos lo privilegian sean mucho más prósperas que las que procuran obstaculizarlo por motivos supuestamente éticos o ideológicos. Hace aproximadamente treinta años, los líderes del Partido Comunista chino se dieron cuenta de que a menos que dejaran de reprimir el capitalismo su país continuaría siendo uno de los más pobres de la tierra; a partir de entonces, centenares de millones de chinos saldrían de la miseria ancestral. En la raíz de la pavorosa pobreza de tantos argentinos, habitantes de un país que una vez llegó a simbolizar la riqueza, está la terca negativa de las elites a aprender de la experiencia ajena. En lugar de optar por estrategias que en otras latitudes han brindado resultados óptimos, demasiadas personas están resueltas a oponérseles, asumiendo posturas que acaso sean apropiadas para contestatarios que viven en sociedades opulentas que quieren diferenciarse de las demás pero que en una como la argentina no tienen sentido. Por desgracia, no hay ninguna señal de que los muchos que piensan así estén por cambiar. Frente a cada revés, se aferran con mayor tenacidad a prejuicios que ya han depauperado a millones. Sucede que a juicio de los comprometidos con el populismo hegemónico que aquí constituye “el pensamiento único”, denunciar la inequidad que es tan característica del país es más importante de lo que sería hacer un esfuerzo honesto por reducirla aplicando medidas que en otras partes del mundo han resultado ser eficaces.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 27 de abril de 2011
Como ya es tradicional, muchos obispos católicos aprovecharon la Pascua para denunciar la pobreza “que duele”, sin que se les haya ocurrido que su propia actitud podría haber contribuido a agravar el fenómeno que tanto los indigna. Lo mismo que muchos otros, los voceros eclesiásticos dan por descontado que la situación en la que se encuentra una parte sustancial de la población del país se debe a la mezquindad de los demás, en especial de la clase dirigente. Comparten su actitud la mayoría de los políticos nacionales que desde comienzos del siglo pasado tratan la pobreza como un problema ético provocado por la codicia de los ricos y quienes, a menudo sin habérselo propuesto, defienden el injusto orden establecido. En su opinión, habría mucho menos pobreza si la sociedad argentina fuera más solidaria y los dirigentes, tanto los empresarios como los políticos y sindicalistas, fueran más sensibles. Desafortunadamente, esta tesis a primera vista evidente no sirve para mucho. Tampoco ayuda a impulsar cambios auténticos la prédica conmovedora de los obispos o los sermones, en clave ideológica, de intelectuales izquierdistas. Si en el fondo todo fuera una cuestión de buena voluntad, de modo que “la solución” consistiera en una decisión colectiva de ser más generoso en adelante, la Argentina sería un país llamativamente más igualitario de lo que actualmente es. Por cierto, no existen motivos para dudar de la sinceridad de los políticos de todos los partidos, los intelectuales más influyentes y los líderes religiosos que una y otra vez han denunciado la pobreza con vehemencia, y no los hay para suponer que el grueso del empresariado crea que es de su interés que la mitad de la población, según las pautas de países más prósperos, perciba ingresos muy bajos, lo que los priva de un mercado para los bienes y servicios que suministran. La verdad es que, con la eventual excepción de algunos punteros clientelistas, la pobreza “que duele” no conviene a nadie, pero así y todo muchos parecen haberse convencido de que es consecuencia de una especie de plan siniestro urdido por capitalistas foráneos desalmados. Tal actitud es perversa. Mal que les pese a los habituados a descalificar el capitalismo por creerlo intrínsecamente maligno, los únicos países que han logrado reducir drásticamente la pobreza son precisamente los más capitalistas. Todos los demás, con la excepción de algunos emiratos petroleros escasamente poblados, se han limitado a redistribuir la miseria. Para colmo, los más exitosos, países como Suiza, siempre han manejado la economía de una manera que conforme a los criterios de la mayoría de nuestros políticos e intelectuales es netamente “liberal”, cuando no “derechista”. No se trata de una paradoja. Puesto que en todas partes el bienestar depende directamente del desempeño del sector privado, es lógico que aquellas sociedades en las que los gobiernos lo privilegian sean mucho más prósperas que las que procuran obstaculizarlo por motivos supuestamente éticos o ideológicos. Hace aproximadamente treinta años, los líderes del Partido Comunista chino se dieron cuenta de que a menos que dejaran de reprimir el capitalismo su país continuaría siendo uno de los más pobres de la tierra; a partir de entonces, centenares de millones de chinos saldrían de la miseria ancestral. En la raíz de la pavorosa pobreza de tantos argentinos, habitantes de un país que una vez llegó a simbolizar la riqueza, está la terca negativa de las elites a aprender de la experiencia ajena. En lugar de optar por estrategias que en otras latitudes han brindado resultados óptimos, demasiadas personas están resueltas a oponérseles, asumiendo posturas que acaso sean apropiadas para contestatarios que viven en sociedades opulentas que quieren diferenciarse de las demás pero que en una como la argentina no tienen sentido. Por desgracia, no hay ninguna señal de que los muchos que piensan así estén por cambiar. Frente a cada revés, se aferran con mayor tenacidad a prejuicios que ya han depauperado a millones. Sucede que a juicio de los comprometidos con el populismo hegemónico que aquí constituye “el pensamiento único”, denunciar la inequidad que es tan característica del país es más importante de lo que sería hacer un esfuerzo honesto por reducirla aplicando medidas que en otras partes del mundo han resultado ser eficaces.
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