Final delirante



Por razones que podrían calificarse de estructurales, a los regímenes que aspiran a controlar absolutamente todo les suele resultar muy pero muy difícil autoabastecerse de papel higiénico. Las deficiencias en tal ámbito de la Unión Soviética eran tan notorias que, antes de visitarla, los turistas del Occidente reaccionario incluían en su equipaje una cantidad suficiente como para ahorrarse problemas. Asimismo, en la primera mitad de la década de los setenta –a juicio de los militantes kirchneristas, una auténtica edad de oro–, el gobierno de la presidenta Isabel de Perón procuró atenuar la escasez ordenando a los comercios democratizar, por decirlo de algún modo, la venta de rollos a uno o dos por persona, de tal modo impidiendo el acaparamiento por sujetos inescrupulosos deseosos de destituirla privando a los consumidores de lo que necesitaban. No extraña, pues, que al iniciarse su gestión, el presidente venezolano Nicolás Maduro haya tenido que enfrentar una crisis de papel higiénico de proporciones impresionantes. Según los voceros chavistas, entre ellos el titular del equivalente venezolano al Indec, todo se debe a que la gente come mucho más que antes. En tal caso la solución consistiría en hambrearla, pero si bien el costo de alimentarse en Venezuela ha subido abruptamente en los meses últimos, nadie atribuye la carestía a una eventual decisión del gobierno de Maduro, inspirada en motivos sanitarios, de obligar a los pobres a modificar su dieta. Con todo, podría compararse el racionamiento del papel higiénico que es de rigor en Venezuela con la campaña de su antecesor fallecido, el comandante Hugo Chávez, a favor de la espartana “ducha socialista”. Mientras que la Argentina de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se parece cada vez más a una versión caricaturesca del país del primer peronismo, la Venezuela de su homólogo Maduro es una caricatura de la Argentina kirchnerista o, tal vez, una advertencia de lo que nos aguarda si el gobierno avanza mucho más por el rumbo que ha elegido. De todos modos, el manejo fabulosamente torpe de la economía venezolana por militantes chavistas que están resueltos a ir por todo, en nombre de un relato extravagante, está por culminar en una catástrofe en que faltará mucho más que los rollos elusivos de papel higiénico que la República Bolivariana no está en condiciones de manufacturar, por mucho que sus líderes quisieran asegurar la soberanía nacional en dicho producto acaso humilde pero así y todo imprescindible. Al agudizarse el desabastecimiento de artículos de primera necesidad, además de alimentos básicos, para que no quede totalmente vacía la canasta familiar el gobierno de Maduro no ha tenido más opción que importar más. Venezuela cuenta con reservas petroleras que, según algunos especialistas, son las más ricas del planeta, pero en lugar de aprovecharlas para impulsar el desarrollo, una larga serie de gobiernos ha preferido usar el dinero fácil que proporcionan para crear un sistema parasitario y clientelar, subsidiando el consumo y repartiendo, conforme a criterios políticos, beneficios entre los pobres sin hacer ningún esfuerzo por prepararlos para valerse por sí mismos. Aunque el país posee recursos agrícolas suficientes como para erigirse en un exportador importante de alimentos, depende por completo de las importaciones, de suerte que las devaluaciones recientes han tenido un impacto demoledor en el nivel de vida de sectores muy amplios. En cuanto a la industria, apenas existe, de ahí la grotesca crisis de papel higiénico que tanto desconcierto ha causado entre la población. Como siempre sucede al hacerse sentir las deficiencias de tales “modelos” voluntaristas, los militantes del régimen culpan a los empresarios, acusándolos de ser “especuladores” interesados en lucrar a costillas de la gente común. Para luchar contra aquellos personajes desalmados que, en su opinión, se han propuesto ponerlo en ridículo y crear un clima de angustia popular monopolizando el mercado de papel higiénico, Maduro ha decidido movilizar a “un millón, dos millones de obreros y obreras uniformados y armados” para “defender la revolución”, una revolución que ya se las ha arreglado para despilfarrar decenas de miles de millones de dólares y que, tal y como están las cosas, parece estar al borde de un colapso monumental.


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