Finde ideal

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

Las coincidencias siempre me llamaron la atención. A veces creo que me ayudan a entender. Por eso, ante una situación de impotencia suelo ensayar una mirada retrospectiva. Lo que hago es recapitular los hechos y armarme una cronología para tratar de comprender por qué o cómo fue que llegué a un determinado momento que parece absurdo pero que tiene su costura previa. Además, ahora me sobra tiempo para pensar en todo esto: no me queda otra que esperar hasta que Roxana y Tomy vuelvan a casa el lunes.

Mi mujer se fue a Mar de las Pampas. Me dijo que estaba harta de depender de un hueco en mi agenda y que nuestro hijo tenía derecho a conocer el mar. “Ya tiene cinco años y nunca pisó la playa. Nos vamos”, sentenció hoy a la mañana. Después de diez años de matrimonio hay cosas que ya no discuto. Al final, era un buen plan para todos. Ellos atendían su deseo y yo me quedaba solo en casa por primera vez desde que habíamos dado el “sí” en la iglesia.

Cuando Roxana cerró la puerta y se fueron, empecé a fantasear con todo lo que iba a poder hacer las siguientes tres noches de soltero, empezando por la de hoy viernes. Incluso, fui al juzgado con más ganas que lo habitual. Al mediodía hablé con Charly, que me dijo de cenar. El plan era muy tentador y ya había decidido que iría, pero nunca llegué a confirmarle porque el día se me pasó volando. Tanto, que no me levanté de mi escritorio en ningún momento. Por eso cuando llegué a casa me bajé rápido del auto y apuré el paso para no hacerme pis encima.

En el baño me iba a sentar porque me parece un desperdicio de tiempo estar parado frente al inodoro. Ahí me di cuenta de que me había olvidado el celular en el auto. Maldije. Era un buen lugar para ver los últimos videos que Charly había mandado al chat grupal del equipo de fútbol.

Del baño fui para la cocina. Saqué una cerveza fría de la heladera y salí al jardín, que está en la parte de atrás de casa. Los murallones a los costados y al fondo me hicieron sentir seguro. Nadie podría saltar desde tan alto para entrar a robarme. No es que sea paranoico, pero uno nunca sabe desde dónde lo van a sorprender.

Me eché en la hamaca paraguaya. El cielo pasaba de rojizo a oscuro. Lo disfruté mucho. Tal vez porque mi vida familiar no me permite estas licencias. Siempre estoy atrás de algo: cambiando una lamparita -que se rompen cada dos por tres-, arreglando la puerta que sale al jardín -que lo iba a hacer mañana-, buscando a Tomy en la casa de algún amiguito o escuchando a Roxana; ella siempre tiene algo para contar con un tono de tragedia, que al final resulta ser una exageración. A veces creo que usa ese tono para que le preste atención. Y lo logra.

Pero Roxana no estaba y yo tenía una sensación de liviandad y adrenalina. El cosquilleo crecía a medida que imaginaba las libertades que iba a tomarme. El finde ideal recién empezaba. Para después de cenar, Charly había arreglado ir a un bar a tomar algo con unas amigas. “Hoy milfeamos a morir, olvidate”, me dijo. Bajé de la hamaca para ir a buscar el celular al auto y confirmar la salida. Cuando quise abrir la puerta del jardín no pude: el picaporte se desprendió y me quedé con la manija en la mano. En ese mismo momento escuché un ruido metálico contra el suelo. Era la otra parte del picaporte, que caía del lado de adentro de casa.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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