Fito Páez, un artista sin medias tintas en la música y la política

Este año festejó las dos décadas del disco de rock más vendido en el país. Pero hay mucho más que música de fondo en la vida del rosarino que el 15 se subirá al escenario del Espacio Duam con Charly.

Por Redacción

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

A conciencia o no, Fito Páez ha sabido medir los apetitos de cada generación en los últimos 25 años de carrera. Desde los 80, sus seguidores tuvieron la opción de subscribir a las transformaciones de su arte. Páez fue, más o menos en este orden, promesa under, hit radial indiscutido y leyenda autoproclamada del rock nacional. Su vigencia, al contrario de sus ideas políticas, no es un tema de debate. El autor de “El amor después del amor” no necesita a esta altura romper el molde. Le alcanza con provocar las aguas de sus virtudes para que surja una canción destinada a robarnos tres o cuatro minutos de nuestro tiempo. Pero así como Páez difícilmente sea capaz de explicar por qué “El amor después del amor” fue un gol de media cancha en la escena del rock vernáculo –tal y como le declaró a la revista “Rolling Stone” en una extensa entrevista publicada este mes– tampoco puede estar muy seguro de cuál de sus actuales canciones volverá a instalarlo –si es que lo hace– entre los más vendidos del rubro. No parece que a Páez le preocupe demasiado regresar a los chats de Latinoamérica. Pero también es cierto que Páez llena teatros y estadios antes que modestas salas off. Su fama le precede y no ha decrecido puesto que se encuentra bañada en una rara forma de prestigio pop. Que nadie se equivoque, Páez no es un monje en retiro. Disfruta y añora estar en la cresta de la ola. A su modo, es un perfecto monstruo de la farándula más exquisita. Como siempre, y basándose en una férrea disciplina, componer y teorizar son materias que no le cuestan mayor esfuerzo. Páez tiende a pontificar desde el arte y a decir la verdad con vehemencia y sin anestesia frente a los micrófonos en lo referido a sus ideas sociales. Su crítica a la gestión de Mauricio Macri en Buenos Aires, desde una carta publicada en “Página/12”, convulsionó el ambiente y, ahora sin música de fondo, lo reinstaló en la tapa de ciertos medios. Su arenga en contra de la figura del intendente de Buenos Aires fue una de sus apariciones públicas más sorpresivas y, al mismo tiempo, más desconcertantes. Probablemente porque a Fito uno se lo hacía más allá de los propósitos políticos. Más allá de las estructuras de poder. Por otro lado, hace tiempo que un artista de su estatura no se plantaba en medio de la escena política para decir su punto de vista. Aunque lo que dijo dividió la ciudad y tal vez la ciudad en dos partes. Páez quiso marcar la diferencia y lo hizo. Con la bravura y la devoción con que él sabe hacerlo. En lo estrictamente musical, no puede ocultarle a ningún cercano pero mucho menos a la prensa lo fácil que le salen sus canciones. Voluptuoso en su quehacer, el volcán Páez las escupe como lava o como estrellas, según corresponda. ¿Cuál de ellas lo llevará a cosechar el dinero y la atención de los más jóvenes? Páez se debate entre sostener su rico pasado y provocar un nuevo eclipse en el futuro de la música. Su búsqueda por una canción que haga historia dentro del rock/pop no cesó ni cesará. El ex chico maravilla, devenido empresario y director de cine, espera su oportunidad para triunfar, como si nunca hubiera ocurrido. Su verbo agudo no esconde su afán de gloria eterna. Dicen que Páez es un bebedor de momentos. Una fuerza incontrolable que adquiere su aspecto más severo cuando está en el interior de un estudio de grabación. Y es cierto que sus años más locos han pasado. Sus polaroids ya no destilan sangre. Pero el artista no resigna bajo ninguna circunstancia la calidad de sus composiciones, su método exhibe una estética que es hija de la obsesión. No han perdido vigor sus composiciones más profundas, muchas de ellas, paradójicamente, escritas en su juventud o en su joven adultez. Tantas hay, “Tres agujas”, “11 y 6”, “Del 63”… No es un capricho suponer que algo de lo mejor que puede dar el corazón de Fito Páez aún esté gestándose entre sombras. Visiones, ahora sí, desde la mirada de quien transcurrió por el infierno y el Olimpo, alguien que dejó atrás la inocencia pero no la fructífera nostalgia de ya no ser.


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