Fracaso común
Los países de la región tendrán que emprender reformas drásticas o resignarse a la periferia.
Entre las causas del desmoronamiento del «plan de convertibilidad» que nos dio diez años de estabilidad monetaria seguidos por una caída desastrosa pueden incluirse el «efecto tequila», que fue desatado por una crisis mexicana de mediados de los años noventa y la devaluación, a comienzos de 1999, del real brasileño. Asimismo, tanto el Uruguay como el Brasil tienen buenos motivos para atribuir sus convulsiones financieras actuales al «contagio» de la enfermedad argentina que también está afectando a Chile. Con todo, aunque siempre es fácil y a menudo es legítimo señalar que la crisis de turno de un país latinoamericano determinado ha sido consecuencia de los problemas experimentados por otro, ya es innegable que todos los países de la región, sin excluir a Chile, han resultado ser sumamente vulnerables frente a las turbulencias que periódicamente agitan los mercados financieros internacionales. Para colmo, los golpes asestados por estas crisis que supuestamente son de origen externo tienden a ser cada vez más fuertes.
Aunque a algunos el hecho de que la Argentina ya no sea un caso totalmente sui géneris de ineptitud política y económica podría ser motivo de alivio, la verdad es que las implicancias del «contagio» son muy preocupantes porque significan que las deficiencias económicas, y por lo tanto sociales, políticas y culturales, en el sentido antropológico de la palabra, de todos los países latinoamericanos tienen raíces muy profundas. No podrán ser achacadas a nada más que la lentitud de un presidente o a los delirios de otro. Es que para sobrevivir y, quizás, prosperar en el mundo de las décadas próximas los países de la región tendrán que optar entre emprender reformas muy drásticas o resignarse a formar parte de una «periferia» miserable y mendigante. Por cierto, si quieren hacer frente al desafío planteado por la evolución de la economía internacional, no podrán limitarse a ensayar retoques meramente coyunturales, como si sólo fuera cuestión de un déficit fiscal pasajero, de la pérdida temporaria de ingresos imputable al proteccionismo ajeno o del malhumor irracional de los inversores extranjeros. Tales factores pueden ayudar a hacer más comprensible una devaluación u otro revés parecido, pero no sirven para explicar la incapacidad al parecer congénita de los pueblos de la región para emular a otros presuntamente similares.
Como siempre debería habernos sido evidente, las distintas economías latinoamericanas, todas las cuales tienen mucho en común, son poco productivas y nada innovadoras, de manera que es lógico que los ingresos per cápita de nuestros países sean llamativamente inferiores a los europeos occidentales, norteamericanos y japoneses. Las únicas empresas grandes de la región son las petroleras cuya existencia, huelga decirlo, se debe a la presencia fortuita de la materia prima correspondiente. América Latina, encabezada por la Argentina, ha contado con algunos científicos nativos destacados -casi todos hijos de inmigrantes europeos recién llegados-, pero en su conjunto su aporte a esta rama del saber es inferior a aquel de países pequeños como Holanda y Dinamarca. Asimismo, cuando de la innovación tecnológica se trata, su contribución es mínima: sencillamente no es concebible un equivalente latinoamericano de empresas como IBM y Microsoft. También parecería absurdamente utópico pensar en que cualquier país de la región sería capaz de crear entidades equiparables con Mercedes Benz, Rolls Royce, Fiat, Sony, Hitachi y miles de otras que son propias del Primer Mundo. Tales detalles no son meramente anecdóticos. Las empresas mencionadas son fruto de largas tradiciones culturales, de un sinnúmero de instituciones educativas muy diferentes de las escuelas y universidades latinoamericanas y del respeto ya instintivo por la investigación y el esfuerzo intelectual. Como es natural, hemos querido disfrutar de los beneficios del progreso así posibilitado y nuestros políticos siempre han sido expertos en formular planteos destinados a probar que tenemos derecho a compartirlos, pero sucede que la dependencia psicológica y financiera resultante constituye la razón básica de la pobreza de todos los países de la región y también de su propensión a hundirse cuando los inversores se sienten inseguros.