Fracaso previsible

Aunque los "dirigentes" concuerdan en que la ciencia y la tecnología deberían considerarse un "área estratégica", escasean los dispuestos a tomar en serio sus propias convicciones.

Por Redacción

Por ser la Argentina un país en el que la investigación científica no es considerada útil – aquí, los científicos suelen ser admirados por sus compatriotas menos por su aporte al saber que por los premios internacionales que algunos puedan ganar a pesar de las archiconocidas penurias del sector -, es claramente necesario que la Secretaría para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva se oponga al statu quo y por lo tanto a una multitud de intereses creados. Por eso, fue lógico que Dante Caputo se enfrentara a menudo con «la comunidad científica» local cuyos representantes, como es natural, hicieron hincapié en su falta de conocimientos profesionales. También lo fue que finalmente decidiera tirar la toalla por entender que nunca contaría con el respaldo político que le permitiría impulsar los cambios que tenía en mente ni los fondos requeridos para que una carrera científica pudiera convertirse en una opción atractiva para cualquier persona capacitada y dotada del talento preciso. Así las cosas, es de prever que una proporción cada vez mayor de los interesados en dedicarse a la investigación elija emigrar a América del Norte o Europa Occidental, donde podrán entregarse plenamente a su vocación sin tener que preocuparse por la multitud de problemas de toda clase que les esperarían si por las razones que fueran optaran por permanecer en la Argentina.

En teoría, un funcionario tan prestigioso como el ex canciller Caputo debería haber podido lograr mucho actuando como una suerte de «lobbista» al servicio de la ciencia como tal, presionando a los demás integrantes del gobierno para que reconocieran la importancia de la investigación y concentrándose en convencer a la ciudadanía de la necesidad de modificar no sólo las carreras en el Conicet sino también los programas educativos del país. Sin embargo, a pesar del entusiasmo ya un tanto desactualizado del gobierno por las posibilidades brindadas por la Internet, no existen señales de que la sociedad argentina esté por abandonar su indiferencia tradicional hacia las ciencias duras. La proporción de los recursos disponibles que aquí se invierten en actividades que merecerían calificarse de científicas sigue siendo más limitada de lo que es en países de cultura similar, como Brasil y Chile, mientras que es llamativamente inferior a la habitual en Estados Unidos o en la mayoría de los países de Europa. No se trata de un detalle menor. Nuestro atraso en este ámbito fundamental no puede atribuirse a las particularidades burocráticas del Conicet o a la resistencia comprensible de los científicos a incorporarse a las universidades como docentes. Es la consecuencia inevitable de un sesgo cultural con raíces muy profundas que ha persistido hasta nuestros días. Aunque todos los «dirigentes» concuerdan en que la ciencia y la tecnología deberían considerarse un «área estratégica», escasean los dispuestos a tomar en serio sus propias «convicciones» en tal sentido. Si realmente creyeran en lo que dicen, el panorama actual sería totalmente distinto porque las autoridades, conscientes de que sin un esfuerzo investigativo mayor el país no tendría ninguna posibilidad de «desarrollarse», ya hubieran tomado las medidas necesarias para asegurar que los científicos recibieran fondos equivalentes a un porcentaje menos exiguo del producto bruto nacional que el actualmente proyectado. Pero si bien la investigación científica dista de constituir una prioridad genuina, esto no ha sido óbice para que el cargo que ocupó Caputo antes de renunciar en forma indeclinable figurara entre los codiciados por miembros de distintas facciones aliancistas, de manera que continuarán las luchas internas en torno a él, con algunos operadores políticos o burocráticos procurando trasladarlo a su propios feudos y otros esforzándose por mantenerlo independiente a fin de impedir que caiga en manos de una bandería rival. Según parece, la Secretaría para la Tecnología, etc, pertenece al Frepaso, motivo por el cual la pedagoga Adriana Puiggrós encabeza la lista de los candidatos más favorecidos, aunque su eventual designación no entusiasmaría a aquellos científicos que quisieran que Caputo fuera sucedido por un tecnócrata apolítico, una pretensión que acaso sea razonable pero que resulta poco realista.