Francia ajusta

Redacción

Por Redacción

Dijo una vez el expresidente interino Eduardo Duhalde que “no hay nada más mentiroso que un político en campaña”. Coincidirán con el bonaerense los millones de franceses que tomaron en serio las promesas de campaña del socialista François Hollande de no someterlos a los rigores de un ajuste porque, como tantos otros, creía que lo que necesitaba su país no era una dosis adicional de austeridad sino más crecimiento. ¿Mentía? Puede que no, que Hollande, un socialista sin experiencia administrativa que se había habituado a atribuir los problemas económicos y sociales a la influencia nefasta del “neoliberalismo”, realmente estuviera convencido de que una combinación de aumentos salariales y la creación por el gobierno de una multitud de puestos de trabajo serviría para poner en marcha un ciclo virtuoso que le permitiría superar las molestas dificultades fiscales, entre ellas la supuesta por una deuda pública que no deja de aumentar, pero desafortunadamente para él y para sus compatriotas, no tardó en enterarse de que se trataba de una ilusión. Así, pues, a poco más de cuatro meses del inicio de su gestión como presidente, Hollande se ha visto obligado a aplicar lo que, de acuerdo común, es un ajuste “sin precedentes”, con recortes brutales destinados a hacer podas de casi 37.000 millones de euros al presupuesto, a fin de reducir el déficit público del 4,5% de producto bruto actual al 3% en el 2013. Todos los ministerios, con la excepción, por ahora, de los de Educación, Justicia y Seguridad, tendrán que congelar sus gastos, mientras los de Economía y Defensa los reducirán. Asimismo, el gobierno de Hollande ha aumentado mucho la presión impositiva sobre los sectores más prósperos, negándose a prestar atención a las advertencias de quienes dicen que Francia podría sufrir un éxodo de empresarios ambiciosos, como sucedió en los años ochenta del siglo pasado cuando otro presidente socialista, François Mitterrand, intentó algo similar. Aunque la mayoría de los franceses está a favor de obligar a los ricos y a las empresas más exitosas a pagar impuestos más altos, la popularidad del presidente se ha desplomado debido a la sensación de que no está a la altura de sus responsabilidades y que, de todos modos, ya ha comenzado a traicionar sus compromisos electorales. Muchos europeos festejaron el triunfo de Hollande en las elecciones de mayo. Suponían que significaría el fin de los ajustes, a su juicio inútiles, cuando no contraproducentes, impulsados por la canciller alemana Angela Merkel y otros dirigentes del puñado de países solventes de la Eurozona. Si sólo fuera cuestión de la voluntad, buena o mala, de los gobernantes, el reemplazo de Nicolas Sarkozy por un hombre contrario por principio a la austeridad hubiera transformado las perspectivas ante los griegos, italianos, españoles y, claro está, franceses, pero, por desgracia, de por sí las buenas intenciones no suelen ser suficientes como para cambiar la realidad. Para indignación de Hollande, la economía francesa se ha estancado y corre peligro de caer en una recesión prolongada –no creció en el segundo trimestre y sorprendería que lo hiciera en el tercero–, mientras que la tasa de desocupación ha alcanzado el 10%, afectando a tres millones de personas presuntamente activas, a pesar de los esfuerzos del gobierno por impedir que las grandes empresas, en especial automotrices como Peugeot-Citroën y Renault, cierren plantas en el marco de “planes de reestructuración”. El gobierno francés sigue insistiendo en que la economía de su país tiene mucho más en común con la alemana que con las de Italia y España, razón por la que es reacio a liderar un “bloque latino” contra la severidad fiscal teutona, pero en términos generales ha perdido competitividad frente a Alemania en los años últimos. Por lo demás, se ha difundido un clima decididamente pesimista: según una encuesta reciente, más del 60% de los franceses temen que su país acabe como España e incluso Grecia. Se trata de una eventualidad que con toda seguridad preocupa mucho a Hollande, pero para prevenirla podría resultarle necesario tomar medidas que serían incompatibles con su propia visión de un país solidario y equitativo, sin grandes desigualdades y, como ha afirmado en diversas ocasiones, sin ricos ostentosos.


Dijo una vez el expresidente interino Eduardo Duhalde que “no hay nada más mentiroso que un político en campaña”. Coincidirán con el bonaerense los millones de franceses que tomaron en serio las promesas de campaña del socialista François Hollande de no someterlos a los rigores de un ajuste porque, como tantos otros, creía que lo que necesitaba su país no era una dosis adicional de austeridad sino más crecimiento. ¿Mentía? Puede que no, que Hollande, un socialista sin experiencia administrativa que se había habituado a atribuir los problemas económicos y sociales a la influencia nefasta del “neoliberalismo”, realmente estuviera convencido de que una combinación de aumentos salariales y la creación por el gobierno de una multitud de puestos de trabajo serviría para poner en marcha un ciclo virtuoso que le permitiría superar las molestas dificultades fiscales, entre ellas la supuesta por una deuda pública que no deja de aumentar, pero desafortunadamente para él y para sus compatriotas, no tardó en enterarse de que se trataba de una ilusión. Así, pues, a poco más de cuatro meses del inicio de su gestión como presidente, Hollande se ha visto obligado a aplicar lo que, de acuerdo común, es un ajuste “sin precedentes”, con recortes brutales destinados a hacer podas de casi 37.000 millones de euros al presupuesto, a fin de reducir el déficit público del 4,5% de producto bruto actual al 3% en el 2013. Todos los ministerios, con la excepción, por ahora, de los de Educación, Justicia y Seguridad, tendrán que congelar sus gastos, mientras los de Economía y Defensa los reducirán. Asimismo, el gobierno de Hollande ha aumentado mucho la presión impositiva sobre los sectores más prósperos, negándose a prestar atención a las advertencias de quienes dicen que Francia podría sufrir un éxodo de empresarios ambiciosos, como sucedió en los años ochenta del siglo pasado cuando otro presidente socialista, François Mitterrand, intentó algo similar. Aunque la mayoría de los franceses está a favor de obligar a los ricos y a las empresas más exitosas a pagar impuestos más altos, la popularidad del presidente se ha desplomado debido a la sensación de que no está a la altura de sus responsabilidades y que, de todos modos, ya ha comenzado a traicionar sus compromisos electorales. Muchos europeos festejaron el triunfo de Hollande en las elecciones de mayo. Suponían que significaría el fin de los ajustes, a su juicio inútiles, cuando no contraproducentes, impulsados por la canciller alemana Angela Merkel y otros dirigentes del puñado de países solventes de la Eurozona. Si sólo fuera cuestión de la voluntad, buena o mala, de los gobernantes, el reemplazo de Nicolas Sarkozy por un hombre contrario por principio a la austeridad hubiera transformado las perspectivas ante los griegos, italianos, españoles y, claro está, franceses, pero, por desgracia, de por sí las buenas intenciones no suelen ser suficientes como para cambiar la realidad. Para indignación de Hollande, la economía francesa se ha estancado y corre peligro de caer en una recesión prolongada –no creció en el segundo trimestre y sorprendería que lo hiciera en el tercero–, mientras que la tasa de desocupación ha alcanzado el 10%, afectando a tres millones de personas presuntamente activas, a pesar de los esfuerzos del gobierno por impedir que las grandes empresas, en especial automotrices como Peugeot-Citroën y Renault, cierren plantas en el marco de “planes de reestructuración”. El gobierno francés sigue insistiendo en que la economía de su país tiene mucho más en común con la alemana que con las de Italia y España, razón por la que es reacio a liderar un “bloque latino” contra la severidad fiscal teutona, pero en términos generales ha perdido competitividad frente a Alemania en los años últimos. Por lo demás, se ha difundido un clima decididamente pesimista: según una encuesta reciente, más del 60% de los franceses temen que su país acabe como España e incluso Grecia. Se trata de una eventualidad que con toda seguridad preocupa mucho a Hollande, pero para prevenirla podría resultarle necesario tomar medidas que serían incompatibles con su propia visión de un país solidario y equitativo, sin grandes desigualdades y, como ha afirmado en diversas ocasiones, sin ricos ostentosos.

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