Francia frente a los guerreros santos
Para los líderes islamistas el asunto es muy sencillo: el mundo entero tendrá que someterse a la voluntad de Alá y es deber de todo buen musulmán asegurar que lo haga cuanto antes. Nunca han procurado ocultar lo que tienen en mente. Aun cuando la superioridad militar de Occidente era tan evidente que parecía absurdo suponer que una banda de guerreros santos sería capaz de desafiarlo, clérigos, políticos y pensadores islamistas vaticinaban que tarde o temprano los fieles de la única religión verdadera reanudarían la ofensiva que se inició en el siglo VI de la era cristiana contra quienes se resistían a doblegarse. El repliegue de los imperios occidentales tras la Segunda Guerra Mundial les brindaría la oportunidad que aguardaban. Con todo, aunque en los años últimos se han producido un sinnúmero de ataques mortíferos, de los que el más espectacular hasta ahora fue el de septiembre del 2001 contra las emblemáticas Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, y pocos días han pasado sin que un líder islamista haya pronunciado una nueva advertencia escalofriante, la mayoría abrumadora de los occidentales se niega a tomar en serio un movimiento que no es solamente religioso sino que también entraña un proyecto político, social y cultural asombrosamente detallado. Los funcionarios norteamericanos insisten en que no hay vínculo alguno entre terroristas que se afirman islamistas y el islam propiamente dicho, actitud ésta que comparten sus homólogos europeos. Dicen que una pequeñísima minoría de extremistas se ha propuesto “secuestrar” una gran religión que es esencialmente pacífica, pero que no les permitirán salirse con la suya. En un esfuerzo por apaciguar a los violentos, critican con vehemencia a cualquier occidental que se anime a ofenderlos dibujando caricaturas de Mahoma o quemando ejemplares de Alcorán, dando a entender que a su juicio es perfectamente natural que turbas de fanáticos en países como Indonesia, Pakistán, Egipto o Libia reaccionen con furia asesina si les faltan respeto un diario escandinavo o un cineasta aficionado en California. Por lo demás, hay dirigentes e intelectuales occidentales que se sienten atraídos por la idea de que el islamismo militante es la consecuencia lógica de la existencia del Estado de Israel, que en el fondo sea otra manifestación del “problema judío”. Aunque el presidente francés François Hollande, un socialista de formación progresista, haya sido tan propenso como el grueso de sus correligionarios en Europa y América del Norte a subestimar a los islamistas, hace poco llegó a la conclusión de que sería catastrófico permitirles apropiarse de Mali, un país sahariano pobre y escasamente poblado que les serviría de base de operaciones contra vecinos como Argelia y Nigeria. Puede que haya incidido más en su decisión de enviar una fuerza expedicionaria a Mali el salvajismo de los guerreros santos que las connotaciones estratégicas de lo que sucedía, pero al optar por intervenir, Hollande hizo de Francia el enemigo principal de los islamistas que enseguida contraatacaron en el sur de Argelia, secuestrando a docenas de occidentales. En opinión de muchos analistas, Hollande cometió un error muy grave al “provocar” así a los islamistas pero, a juzgar por la experiencia de los años últimos, una negativa francesa a reaccionar frente al pedido de socorro del improvisado gobierno maliense no hubiera ayudado a tranquilizarlos; comprometidos como están con una causa que, lo mismo que el comunismo, el nazismo o el nacionalismo en otros tiempos y en otras latitudes, les parece más importante que su propia vida, los islamistas no tienen ningún interés en las “soluciones políticas” insinuadas por los infieles. Antes bien, las toman por síntomas de debilidad. La reaparición del islamismo militante ha desconcertado a los occidentales. A diferencia de líderes de los distintos pueblos del extenso mundo musulmán que aluden a episodios, entre ellos la reconquista de España, de hace muchos siglos como si ocurrieran ayer, los europeos y norteamericanos quisieran dejar irremediablemente atrás su propia historia, consignando al olvido, entre muchas otras cosas, la larga y a menudo terrorífica lucha contra el islam. Traumatizados por los horrores que culminaron con la Segunda Guerra Mundial, se esfuerzan por convencerse de que todos los pueblos sin excepción desean convivir en paz en un clima de tolerancia mutua y disfrutar de los beneficios de la sociedad de consumo. Para ellos, las guerras de religión, como las ideológicas, pertenecen a un pasado apenas comprensible, razón por la que dan por descontado que no existen motivos por los que comunidades de tradiciones muy diferentes no deberían enriquecerse mezclándose hasta cierto punto pero así y todo conservando sus propias particularidades. Bien que mal, no son universales los valores reivindicados por quienes sueñan con un mundo que por fin haya comprendido que sería una locura repetir los errores cometidos por sus antecesores que lucharon y, en millones de casos, murieron por causas que consideran ya anticuadas, ya indefendibles. Son propios de una civilización determinada en una fase específica, una dominada por el consumismo, la frivolidad hedonista y el envejecimiento muy rápido de pueblos antes vigorosos –como el alemán, el ruso, el italiano y el español– que, tal y como están las cosas, se extinguirán en el transcurso de los dos siglos próximos. Los islamistas lo entienden. Es probable que se hayan equivocado al suponer que les será dado crear una superpotencia irresistible, ya que la tasa de natalidad de los países musulmanes está cayendo a una velocidad aún mayor que la de los europeos una generación antes, y es por lo menos factible que los occidentales reaccionen, si bien tardíamente, frente al islamismo militante, como acaba de hacer el presidente nada belicoso, de presuntas convicciones “multiculturales”, de Francia, pero todavía tienen buenos motivos para confiar en que el futuro será suyo. Ya han caído regímenes en Egipto, Túnez y Libia que los habían combatido, pronto podrían imponerse en Siria y Pakistán y Afganistán, mientras que guerreros santos, si bien de otra rama del islam, están desde hace años en el poder en Irán y, de modo menos seguro, Irak. Asimismo, cuentan con muchos simpatizantes en las nutridas comunidades musulmanas de Europa en que miles, tal vez decenas de miles, de jóvenes rebeldes contra un statu quo que les parece indigno sorprenden a sus padres declarándose soldados de Alá.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Para los líderes islamistas el asunto es muy sencillo: el mundo entero tendrá que someterse a la voluntad de Alá y es deber de todo buen musulmán asegurar que lo haga cuanto antes. Nunca han procurado ocultar lo que tienen en mente. Aun cuando la superioridad militar de Occidente era tan evidente que parecía absurdo suponer que una banda de guerreros santos sería capaz de desafiarlo, clérigos, políticos y pensadores islamistas vaticinaban que tarde o temprano los fieles de la única religión verdadera reanudarían la ofensiva que se inició en el siglo VI de la era cristiana contra quienes se resistían a doblegarse. El repliegue de los imperios occidentales tras la Segunda Guerra Mundial les brindaría la oportunidad que aguardaban. Con todo, aunque en los años últimos se han producido un sinnúmero de ataques mortíferos, de los que el más espectacular hasta ahora fue el de septiembre del 2001 contra las emblemáticas Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, y pocos días han pasado sin que un líder islamista haya pronunciado una nueva advertencia escalofriante, la mayoría abrumadora de los occidentales se niega a tomar en serio un movimiento que no es solamente religioso sino que también entraña un proyecto político, social y cultural asombrosamente detallado. Los funcionarios norteamericanos insisten en que no hay vínculo alguno entre terroristas que se afirman islamistas y el islam propiamente dicho, actitud ésta que comparten sus homólogos europeos. Dicen que una pequeñísima minoría de extremistas se ha propuesto “secuestrar” una gran religión que es esencialmente pacífica, pero que no les permitirán salirse con la suya. En un esfuerzo por apaciguar a los violentos, critican con vehemencia a cualquier occidental que se anime a ofenderlos dibujando caricaturas de Mahoma o quemando ejemplares de Alcorán, dando a entender que a su juicio es perfectamente natural que turbas de fanáticos en países como Indonesia, Pakistán, Egipto o Libia reaccionen con furia asesina si les faltan respeto un diario escandinavo o un cineasta aficionado en California. Por lo demás, hay dirigentes e intelectuales occidentales que se sienten atraídos por la idea de que el islamismo militante es la consecuencia lógica de la existencia del Estado de Israel, que en el fondo sea otra manifestación del “problema judío”. Aunque el presidente francés François Hollande, un socialista de formación progresista, haya sido tan propenso como el grueso de sus correligionarios en Europa y América del Norte a subestimar a los islamistas, hace poco llegó a la conclusión de que sería catastrófico permitirles apropiarse de Mali, un país sahariano pobre y escasamente poblado que les serviría de base de operaciones contra vecinos como Argelia y Nigeria. Puede que haya incidido más en su decisión de enviar una fuerza expedicionaria a Mali el salvajismo de los guerreros santos que las connotaciones estratégicas de lo que sucedía, pero al optar por intervenir, Hollande hizo de Francia el enemigo principal de los islamistas que enseguida contraatacaron en el sur de Argelia, secuestrando a docenas de occidentales. En opinión de muchos analistas, Hollande cometió un error muy grave al “provocar” así a los islamistas pero, a juzgar por la experiencia de los años últimos, una negativa francesa a reaccionar frente al pedido de socorro del improvisado gobierno maliense no hubiera ayudado a tranquilizarlos; comprometidos como están con una causa que, lo mismo que el comunismo, el nazismo o el nacionalismo en otros tiempos y en otras latitudes, les parece más importante que su propia vida, los islamistas no tienen ningún interés en las “soluciones políticas” insinuadas por los infieles. Antes bien, las toman por síntomas de debilidad. La reaparición del islamismo militante ha desconcertado a los occidentales. A diferencia de líderes de los distintos pueblos del extenso mundo musulmán que aluden a episodios, entre ellos la reconquista de España, de hace muchos siglos como si ocurrieran ayer, los europeos y norteamericanos quisieran dejar irremediablemente atrás su propia historia, consignando al olvido, entre muchas otras cosas, la larga y a menudo terrorífica lucha contra el islam. Traumatizados por los horrores que culminaron con la Segunda Guerra Mundial, se esfuerzan por convencerse de que todos los pueblos sin excepción desean convivir en paz en un clima de tolerancia mutua y disfrutar de los beneficios de la sociedad de consumo. Para ellos, las guerras de religión, como las ideológicas, pertenecen a un pasado apenas comprensible, razón por la que dan por descontado que no existen motivos por los que comunidades de tradiciones muy diferentes no deberían enriquecerse mezclándose hasta cierto punto pero así y todo conservando sus propias particularidades. Bien que mal, no son universales los valores reivindicados por quienes sueñan con un mundo que por fin haya comprendido que sería una locura repetir los errores cometidos por sus antecesores que lucharon y, en millones de casos, murieron por causas que consideran ya anticuadas, ya indefendibles. Son propios de una civilización determinada en una fase específica, una dominada por el consumismo, la frivolidad hedonista y el envejecimiento muy rápido de pueblos antes vigorosos –como el alemán, el ruso, el italiano y el español– que, tal y como están las cosas, se extinguirán en el transcurso de los dos siglos próximos. Los islamistas lo entienden. Es probable que se hayan equivocado al suponer que les será dado crear una superpotencia irresistible, ya que la tasa de natalidad de los países musulmanes está cayendo a una velocidad aún mayor que la de los europeos una generación antes, y es por lo menos factible que los occidentales reaccionen, si bien tardíamente, frente al islamismo militante, como acaba de hacer el presidente nada belicoso, de presuntas convicciones “multiculturales”, de Francia, pero todavía tienen buenos motivos para confiar en que el futuro será suyo. Ya han caído regímenes en Egipto, Túnez y Libia que los habían combatido, pronto podrían imponerse en Siria y Pakistán y Afganistán, mientras que guerreros santos, si bien de otra rama del islam, están desde hace años en el poder en Irán y, de modo menos seguro, Irak. Asimismo, cuentan con muchos simpatizantes en las nutridas comunidades musulmanas de Europa en que miles, tal vez decenas de miles, de jóvenes rebeldes contra un statu quo que les parece indigno sorprenden a sus padres declarándose soldados de Alá.
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