Geraldine Chaplin: “La vejez es un país sin mapas”
Tras terminar de rodar una película en la Argentina, la actriz, hija de Charles Chaplin, habla de su amor al cine, de lo estricto que era su padre y de los recuerdos de su infancia.
Pocas actrices rodaron alrededor de 140 películas en toda su carrera, y eso que la de ella ni siquiera está acabada. Desde “Doctor Zhivago” de David Lean, que le dio un nombre propio más allá del de “hija de”, hasta la más reciente “¿Y si vivimos todos juntos?”, de Stéphane Robelin, una comedia sobre un grupo de amigos de más de 65 que decide irse a vivir en comunidad, Geraldine Chaplin siempre encuentra un nuevo proyecto mediante el cual seguir renovando su compromiso (o amor) con el cine. Fueron muchos los directores que posaron sus ojos en esta sólo en apariencia frágil actriz de ojos brillantes y energía contagiosa, que vivió más de 20 años en España: los españoles Carlos Saura (quien fuera su pareja) y Pedro Almodóvar, el estadounidense Robert Altman (“Nashville”) y también el francés Alain Resnais (“La vie est un roman”), por citar apenas algunos nombres. Hace un par de semanas, terminó de rodar en Argentina “Amapola”, primera película como director del argentino radicado en Hollywood Eugenio Zanetti, quien ganó en 1996 el Oscar a la mejor dirección de arte por “Restauración”. En ella compone “una vieja abuela simpática y mágica que viaja en el tiempo”, según contó. Pero también le brillan los ojos cuando habla de su participación en “Spiritismes”, el nuevo proyecto del cineasta canadiense Guy Maddin (”My Winnipeg”). Pero además, es la hija de uno de los íconos más importantes de la historia del cine, Charles Chaplin, quien brilló en la época del cine mudo pero cuyas películas siguen conmoviendo y provocando risas a espectadores hasta el día de hoy. –Usted rodó más de 100 películas, por lo que se podría decir que se la pasa en un set. ¿Qué le ocurre cuando no está filmando? ¿Le cuesta? –Cuando no estoy filmando siempre pienso que ha sido mi última película y que nunca más voy a hacer cine. Entonces en vez de decir “he perdido”, digo “me he retirado”. Pero luego viene la próxima película y claro, no me retiro nada . –¿Qué proyectos la hacen volver al ruedo? –A veces digo no, pero no mucho, sobre todo ahora que me llega poco. Lo más importante para mí es el director. Si ha hecho cosas que conozco, digo que sí sin mirar. Pero también me gusta mucho trabajar con cineastas noveles. En ese caso depende mucho del contacto que tenga con él, con el guión, nunca con el papel. El papel nunca me interesó mucho, incluso cuando era más joven. Los papeles en realidad siempre son interesantes porque los seres humanos somos animales muy raros. –Usted habla con gusto de su padre y jamás se molesta cuando le preguntan por él. No es lo usual en el caso de la mayoría de los hijos de padres famosos… –Sí, yo en cambio adoro hablar de mi padre (risas). Me rebelé contra mi padre a la edad apropiada, de los 14 a los 21 años, más o menos. No nos hablábamos y todo eso. Pero Charlot era mi héroe de toda la vida, y lo sigue siendo, y Charlot es creación de mi papá. He reñido con mi padre, luego hicimos las paces, luego murió… Es un enorme artista y lo admiro por muchas cosas. –¿Qué cosas? –Que nunca se cambió de chaqueta, por ejemplo. A mí me fascina la recepción que siguen teniendo sus películas. Además, él siempre reaccionó ante los tiempos en los cuales ha vivido. “Monsieur Verdoux”, por ejemplo, es la historia de un hombre que ha trabajado 30 años en un banco y al que despiden a los 50 y pico. Suena muy actual. Luego tiene que mantener la familia y no encuentra trabajo. ¿Te suena? Entonces entra en su propio universo, y empieza a matar a mujeres ricas. La cuestión es: no hay forma legal de sobrevivir, entonces uno se va por lo ilegal. Es la crisis de hoy. Habría que enseñar esta película otra vez. –Usted contó alguna vez que en su casa sólo se podían ver las películas de su padre. Eso habla de un hombre muy estricto. –Mi padre era un hombre victoriano, muy estricto. Cuando nací, él ya tenía 53 años. –¿Usted esperaba que su padre fuera más parecido a Charlot? –La verdad es que él actuaba siempre si había una cámara –mi madre lo filmaba mucho– y si había espectadores. Yo pienso que quizá por eso tuvo tantos hijos, para tener muchos espectadores. Íbamos a cenar fuera y hacía todos sus trucos y numeritos de vodevil. El bailecito de los panecillos de “La quimera del oro” se lo he visto hacer mil veces en los restaurantes. –Su hija, Oona, lleva el nombre de su madre. ¿Por qué? –Era muy raro, sobre todo cuando aún tomaba la teta y yo la llamaba Oona (risas). Ahí había algo muy freudiano. En primer lugar, me gusta mucho el nombre. Mi hijo se llama Shane porque es el nombre del hermano de mi madre, de mi tío Shane que se suicidó. Mi abuelo Eugene O’ Neill tenía dos hijos, Shane y Oona, y usé los dos nombres para mis hijos como homenaje a mi mamá y a su hermano. Charlie ya estaba puesto, lo había usado una de mis hermanas. –Una de las últimas películas en la que se la pudo ver en cartel es “¿Y si vivimos todos juntos”, que tiene que ver con la vejez. ¿Cómo se lleva con el paso del tiempo? –Lo odio. El día que no me llamen más para hacer cine me voy a hacer cirugía de todo, empezando por las rodillas, todo, todo (risas). Sin embargo, las arrugas me traen trabajo. Desde que soy vieja, trabajo más. He hecho a todas las abuelas simpáticas, a las abuelas malas, luego pasé al cine de terror, hice de nazi, de vieja caníbal que robaba órganos de niños… Cada vez peor (risas). Pero mira, si me trae trabajo… Pero odio la vejez, es una masacre, es un país sin mapas. Sí hay una autopista, que va a la muerte. Además, los jóvenes son mucho más listos: no es verdad que los viejos son sabios.
Astrid Riehn DPA
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