Gesto

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

En su vida como misionero, Juanca vivió en más de una decena de ciudades en diferentes países. En cada lugar recogió anécdotas y tejió amistades. En Nueva York, por ejemplo, conoció a una pareja de mexicanos a los que llamaba sus abuelos adoptivos.

Los dos ancianos vivían con su nieto de 25 años, un muchacho grandote y fuerte que por las noches a veces parecía convertirse en un niño frágil y desamparado: a paso lento iba a la habitación de sus abuelos y golpeaba suave la puerta. Cargando su colchón, pedía permiso para dormir con ellos.

El joven se había criado con sus abuelos desde los dos años, luego de que sus padres murieran en un accidente. Iba a la universidad y era un muchacho de la media. Cuando dejó atrás su adolescencia, a los ancianos les empezó a parecer un tanto extraño que su nieto quisiera seguir durmiendo con ellos.

Una mañana que Juanca estaba de visita, mientras tomaba un café con los abuelos adoptivos, el muchacho se acercó a la cocina para contar algo. “Les voy a decir la verdad: me dan mucho miedo los ruidos que escucho a la noche, por eso no quiero dormir en mi habitación”, reveló y dio más detalles. Cuando se acostaba en su cama, oía que en el patio alguien picaba una pelota de básquet y tiraba al aro. Percibía una sombra pero al asomarse a la ventana no veía a nadie. Igual, como sentía una presencia, se iba aterrado al cuarto de los abuelos. “Es alguien que juega solo y desaparece cuando lo intento ver”, se descargó.

-Voy a hablar con él -le respondió Juanca.

-¿No te da miedo? -preguntó el muchacho.

-No, desde niño hablo con almas perdidas.

Todos callaron. El muchacho dijo que nunca había contado nada porque temía que lo trataran de loco. Juanca le aconsejó que no se preocupara: “Yo parezco loco pero no puedo negar lo que veo”.

Esa noche, Juanca se quedó en la habitación del muchacho. Cuando ya todos dormían, él se acostó y ahí escuchó ruidos. Tac, tac, tac… Al mirar por la ventana se encontró con un pibe de unos 17 años, con un corte en la frente y sangre en la cara, que jugaba con su pelota de básquet. Juanca buscó su mirada, inquieta, y salió al patio con la intención de conversar. Cuando se acercó, el pibe se anticipó y dijo: “Me mataron mis padres y no me puedo ir. Nunca tuve un gesto de amor. Es más, no sé qué es el amor”.

-¿Querés vivir conmigo? -le propuso Juanca y el joven, en silencio, se encogió de hombros.

Al día siguiente, ya en su pensión, el misionero armó una cama al lado de la suya para que el pibe durmiera ahí. Una vez por semana cambiaba las sábanas y, en medio de la tarea, Juanca repetía: “En las pequeñas cosas, los gestos de amor”. Para la cena ponía en la mesa un plato para él y otro para el pibe. “El amor es lo que da valor a cada pequeña cosa”, decía al bendecir la comida, que luego se comía él -en ración doble y con especial entusiasmo por el postre-.

Con el paso de los días Juanca iba notando que el pibe mejoraba su aspecto. Lo veía cada vez más compuesto. Hasta que una noche el pibe apareció sin sangre en el rostro. “Gracias, Juanca. Ahora sí me puedo ir”, le dijo, insinuando una leve sonrisa.

Juan Ignacio Pereyra


El disparador

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