Gigante en apuros
Cuando el gobierno estadounidense decidió acusar a Microsoft de prácticas monopólicas, planteando de esta forma la posibilidad de que la Justicia ordenara su división en dos o tres partes separadas, muchos temían que la posición de la empresa de Bill Gates fuera tan poderosa que, a menos que la ley interviniera, terminara dominando por completo el mercado informático. Sin embargo, aunque todavía no han transcurrido dos años desde que el Departamento de Justicia estadounidense iniciara su embestida, ya son pocos los que creen que el gigante estaría en condiciones de establecer una virtual dictadura. Esto se debe menos a las actividades de los abogados gubernamentales, los cuales parecen estar por conseguir su objetivo, que a la aparición de nuevas modalidades que podrían desactualizar los programas operativos como el por ahora ubicuo Windows y al surgimiento asombrosamente rápido de rivales como Oracle y Cisco Systems que, a juicio de los inversores de Wall Street, ya valen tanto como Microsoft o más.
Lo mismo que IBM, la primera gran empresa informática que durante muchos años pareció capaz de aplastar a cualquier competidora que osara disputarle una fracción del mercado, Microsoft ha estado perdiendo terreno a causa de la velocidad realmente extraordinaria con la que se producen cambios en la «nueva economía», sector en el que en cuestión de meses una buena idea puede dar pie a una empresa que genere más dinero que cualquier país, salvo los integrantes de la elite económica mundial. Durante trece años, las autoridades estadounidenses trataron a IBM como un monopolio peligroso, pero cuando finalmente optaron por abandonar el caso, ya nadie pensaba que por sus dimensiones planteara una amenaza a la libre competencia. Así, pues, es de suponer que si Gates logra demorar la decisión final, Microsoft podría ganar su guerra contra el gobierno estadounidense sólo para perderla frente a empresas rivales, algunas de las cuales aún no se habrán conformado y que por no estar tan comprometidas con el statu quo pueden aprovechar mucho mejor las nuevas circunstancias.
Para muchos, lo que el caso Microsoft nos enseña es que los gobiernos pueden darse el lujo de atacar a grandes multinacionales sin por eso ser acusados de ser «marxistas». Están en lo cierto, pero se trata de un lujo reservado a políticos y países cuya adhesión al capitalismo es considerada incuestionable. De intentar algo similar el gobierno laborista británico o el socialista francés, las dudas en cuanto a sus motivos serían más que suficientes como para desatar crisis económicas más duraderas que las convulsiones bursátiles que han seguido a la difusión de la opinión de un juez sobre Microsoft. De más está decir que si el gobierno responsable fuera latinoamericano, la reacción del «mercado» sería aún más contundente.
Pero si bien es por lo menos concebible una versión europea -o japonesa- de Microsoft, no lo es que una empresa comparable asome en América Latina. Mientras que hasta hace relativamente poco era lícito -aunque muy poco realista- imaginar que los países más avanzados de la región podrían crear industrias de punta que fueran equiparables con las más productivas del Primer Mundo, este sueño que pudo haber sido estimulador ya pertenece a un pasado irrecuperable. Hoy en día, las empresas que están conquistando lugares similares a los antes ocupados por fabricantes de autos, acerías y plantas químicas dependen de la disponibilidad tanto de capitales cuyo monto es mayor que el producto anual de la mayoría de los países, como de la participación de miles de personas que poseen los conocimientos y la inventiva necesarios. En el pasado no muy lejano, convertirse en el dueño orgulloso de la mayor acería del mundo, digamos, sólo era una cuestión de estar dispuesto a gastar mucho dinero en el proyecto así supuesto -de ahí su atractivo para países como Venezuela-, pero en la actualidad la prosperidad de las empresas y por lo tanto de los países depende de la creatividad y de cierta formación cultural, factores que, a diferencia de las fábricas propias de la «vieja economía», no se pueden comprar «llave en mano».
Cuando el gobierno estadounidense decidió acusar a Microsoft de prácticas monopólicas, planteando de esta forma la posibilidad de que la Justicia ordenara su división en dos o tres partes separadas, muchos temían que la posición de la empresa de Bill Gates fuera tan poderosa que, a menos que la ley interviniera, terminara dominando por completo el mercado informático. Sin embargo, aunque todavía no han transcurrido dos años desde que el Departamento de Justicia estadounidense iniciara su embestida, ya son pocos los que creen que el gigante estaría en condiciones de establecer una virtual dictadura. Esto se debe menos a las actividades de los abogados gubernamentales, los cuales parecen estar por conseguir su objetivo, que a la aparición de nuevas modalidades que podrían desactualizar los programas operativos como el por ahora ubicuo Windows y al surgimiento asombrosamente rápido de rivales como Oracle y Cisco Systems que, a juicio de los inversores de Wall Street, ya valen tanto como Microsoft o más.
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