Gimnasia al corazón

Por Redacción

Por José María Maitini*

Esteban solía saludar en exceso. A todos. A quien cruce. Nadie escapaba a su saludo. Sonreía siempre, incluso aunque tuviera un mal día. Si tocaba uno de esos, ponía su mejor cara, montaba por instantes una ficción de alegría y saludaba. “La impresión dura instantes”, decía “y en esas ráfagas los demás sienten el afecto. El otro no merece ingratitud. Un buen saludo es siempre un golpe certero de afecto para el bienestar ajeno”.

Nunca supo bien por qué, pero encontraba placer en sorprender a las personas dándoles más afecto de lo que habitualmente esperaban. Encontraba alegría ahogando (por esos dos segundos -lo tenía cronometrado-) su mirada y risa en los demás. Nunca toleró esos saludos opacos, las miradas esquivas, esos “saludos indigentes”, como le gustaba decir. Él era consciente -con todo su pasado encima -que necesitaba esa conexión como soporte cotidiano. Saludaba pensando que llegaría económicamente al paraíso; que obtendría, sin costo alguno, cierta medalla de persona fraternal. Su saludar estaba, digámoslo así lector… contaminado de respeto. Y con esta actitud y con todos sus saludos a cuestas (y en estos tiempos, creía él, de pocos saludos y de pocos respetos, de poca tolerancia y fraternidad), Esteban era consciente de que era un claro y peligroso ejemplo de desequilibrio social.

La pandemia, por otro lado, había boicoteado su predisposición comunitaria. Del saludo fraterno y caluroso del beso (o mejor dicho: choque de mejillas con sonido) había pasado al frío, distante y tan conocido… choque-de-puños-anti-covid. Lo sostuvo (y sostiene) contra su voluntad. Una de las peores costumbres que trajo el maldito bicho y que siempre detestó fue ese saludo: distante, frío, cerrado en sí mismo. Sabía, sin embargo, que era preventivamente necesario. Pero nunca lo toleró. Toleraba, eso sí, lo demás: los rostros vestidos con barbijos, la distancia afectiva reglamentada vía DNU. Eso no le molestaba. Pero le costó tanto incorporar aquel saludo… siempre sintió que parte de él se atrofiaba, como si la mente, las manos y el corazón le exigiesen una coherencia que, con ese puño, no podía tolerar: “¿Cuántas veces uno hace algo lo que no siente?” me solía decir; “¿o piensa y no hace?”; “o peor… ¿hace algo pero no lo siente? Decime… ¿cuántas veces?”. Esteban, sin embargo, era coherente: a mano cerrada, corazón cerrado. Y punto. A mano atrofiada, corazón atrofiado. No había discusión.


Con tantos saludos sin miradas… con tantos saludos zombies… con tanta gente que incluso no saluda… ¿Te imaginas el mundo así, con tanto afecto desinteresado?


Pero como la vida suele dar sorpresas, con la ciudad entera con dos dosis y con el calor veraniego asomando, nunca se imaginó (mientras asistía, como de costumbre, al gimnasio Activate en la ciudad de Cipolletti), que encontraría a la muchacha a quien destinar una pequeña parte de su ternura latente. Dicen que no hay nada más grato que sorprender a una persona dándole más de lo que espera.

Y lo cierto es que ese día, durante su llegada al entrenamiento, lo sorprendió la presencia de una mujer que definitivamente empezaba. Sin conocerla, sin preámbulos ni cautela, se acercó a saludarla con su puño. Sin embargo, la respuesta fue otra. A su puño (en viaje hacia el choque) la chica ensayó, contra todo pronóstico, una pequeña magia: extendió su brazo en vía del encuentro, abrió sus manos, sus dedos y… recibió el puño de Esteban con su mano abierta. Es decir: su palma sostuvo firme el puño que Esteban le entregó. Es decir, digámoslo así: la chica jugó al “piedra, papel o tijera” con su mano. Y ella había decidido, en ese instante, que él era la piedra. Y ella, el papel. Y sosteniendo su puño con firmeza (ahora encarcelado entre sus dedos) y sonriendo… sus ojos le preguntaron “¡hola! ¿sos profesor de la clase?”

Y no. Claramente no lo era. Siempre fue alumno. Pero la forma en que había saludado, más allá del error, fue el mayor impacto. El saludo había sido sin gran elocuencia, aunque sin balbuceos. Y notó con ese gesto la elocuencia más difícil: la de las actitudes. Nunca, nunca (fueron dos segundos) dejó de sostener con su mano/papel su derrotado e inocente puño de piedra. Frente a aquel rostro, a aquella sonrisa, a aquel ademán, a aquel momento revelador, Esteban fue obligado a probar sus fuerzas, a realizar su primera gimnasia del corazón. Y en concreto sintió el golpe: en su puño, rendido e indefenso, sintió su corazón ejercitarse. Su corazón allí hizo gimnasia.

Acaso uno no encuentre en esto que digo ninguna ansiedad verdaderamente promotora de alegría. Pero lo cierto lector es que un poco sí personalmente la encuentro. “¿Te imaginás si todos saludaran con esa humanidad?” me dijo. “Con tantos saludos sin miradas… con tantos saludos zombies… con tanta gente que incluso no saluda…. ¿Te imaginás el mundo así, con tanto afecto desinteresado?” Sería mejor mundo, musité. A lo que contestó: “el corazón haría más gimnasia”. Y sí, concluimos.

Está bueno imaginarlo. Porque siempre a esta altura del año se deja gimnasia. Pero esta otra no habría que dejarla nunca. Ni aunque llegue fin de año. Ni aunque llegue diciembre. Y sin importar pesos, kilos, ni siquiera cantidad de repeticiones. Esta otra no habría que dejarla, ¡claro que no! Sabelo: no habrá nunca, nunca, fatiga por ese estilo de gimnasia.

*Abogado y Profesor en Letras


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