Gol de Romney



Antes de celebrarse el primer debate televisivo entre el demócrata Barack Obama y el candidato republicano Mitt Romney, muchos suponían que al presidente estadounidense, un hombre que en su país es considerado un orador realmente excepcional, le resultaría muy fácil demoler los argumentos de su contrincante, por tratarse de un político y empresario poco carismático. Sin embargo, luego de 90 minutos de intercambios corteses pero vigorosos, el consenso fue que el republicano ganó por un margen muy amplio. Según parece, Obama se siente perdido, a menos que tenga a mano un dispositivo electrónico que le permita leer discursos elocuentes como los que tanto lo ayudaron a triunfar en las elecciones de hace cuatro años. Si bien el día siguiente el presidente procuró contraatacar, acusando a Romney de “mentir” sobre su plan de recortes impositivos, el revés que experimentó el mandatario en el debate inicial no se debió tanto a los presuntos datos económicos esgrimidos por su adversario, cuanto a la impresión que éste brindaba de ser mucho más capaz, más presidencial, que “el hombre más poderoso del mundo”. Asimismo, mientras que Obama parecía no sentir demasiado interés en debatir con nadie acerca del desempleo o los costos del sistema de salud, Romney logró hacer pensar a muchos que está sinceramente preocupado por las perspectivas ante los millones de norteamericanos que temen por su futuro. Aunque en opinión de los analistas Obama sigue siendo el favorito, Romney ha resultado ser un candidato un tanto más formidable que el personaje insulso y elitista de la propaganda oficialista y de los medios de comunicación más prestigiosos, como el “New York Times” y los canales televisivos principales. Lo es no sólo por sus propios méritos sino también por el clima de derrotismo que se ha difundido en Estados Unidos, donde muchos creen que “el sueño norteamericano” ya pertenece al pasado. Asimismo, ha contribuido mucho a desmoralizar a amplios sectores ciudadanos saber que dentro de poco el producto bruto chino superará el estadounidense y que, a pesar de su superioridad tecnológica aplastante, las fuerzas armadas de su país no tendrán más opción que la de batirse en retirada frente a sus enemigos en lugares tan atrasados como Afganistán. Según los republicanos, Obama es el máximo responsable de esta situación nada satisfactoria; según los demócratas, se debe por completo a los excesos delirantes de su antecesor en la Casa Blanca, George W. Bush. De todos modos, no cabe duda de que a los norteamericanos en su conjunto les espera una etapa sumamente difícil. En los años últimos han acumulado deudas tan colosales que tarde o temprano el gobierno tendrá que poner en marcha una serie de ajustes muy dolorosos. Y, mal que les pese a los muchos aislacionistas, no podrán darse el lujo de abandonar a su suerte al resto del mundo, ya que han dejado de tener la misma importancia las distancias físicas que, al mantenerlos alejados de zonas conflictivas como Europa y Asia oriental, tanto los beneficiaron en el pasado. Con todo, Estados Unidos sigue contando con ciertas ventajas. Su perfil demográfico es mucho más saludable que los de Europa, el Japón o China, país que está envejeciendo con rapidez de resultas de la política “de un solo hijo” de restricción de la natalidad. Por lo demás, Estados Unidos se ve beneficiado por el dinamismo científico y tecnológico que le ha permitido dominar sectores económicos amplios y podría estar por recuperar la independencia energética. Lo que le ha faltado últimamente ha sido la confianza en el destino propio que por mucho tiempo fue una de las características más notables, y para algunos más antipáticas, de su país. Si Romney consigue brindar la impresión de ser capaz de restaurarla, estaría en condiciones de eliminar la brecha que, según los encuestadores, aún lo separa de Obama, un presidente que a menudo no parece compartir el optimismo tradicional de sus compatriotas. En cambio, de lograr Obama y sus partidarios convencer a los indecisos de que Romney es sólo un oportunista astuto que quiere defender los privilegios de una pequeña minoría de plutócratas riquísimos, el presidente podría decepcionar en los debates televisivos sin por eso perder en las elecciones del 6 de noviembre.


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