Golpismo bolivariano
Según todas las pautas tradicionales, la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez es más populista, para no decir derechista, que socialista, pero así y todo la hostilidad hacia Estados Unidos del caudillo venezolano le ha permitido erigirse en uno de los máximos referentes internacionales de “la izquierda” postsoviética al lado de otros progresistas como el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad. Si no fuera por la imagen “izquierdista” que Chávez ha logrado conseguir, los demás mandatarios de la región, encabezados por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y Cristina Fernández de Kirchner, estarían celebrando reuniones de emergencia para denunciar la amenaza golpista formulada hace poco por el general venezolano Henry Rangel Silva que, la semana pasada, declaró que las fuerzas armadas están “casadas” con la revolución bolivariana y por lo tanto no reconocerían un eventual triunfo opositor en las elecciones presidenciales previstas para el 2012. Como es natural, las palabras del militar le merecieron el repudio airado de todos los opositores al régimen chavista, además del secretario general de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza, pero lejos de sentirse obligado a subrayar sus propias credenciales democráticas amonestándolo, Chávez reaccionó elogiándolo por “diferenciarse años luz de aquella casta militar corrupta y complaciente con los intereses apátridas” de otros tiempos, para entonces ascenderlo al rango de jefe del Comando Estratégico Operacional de las fuerzas armadas venezolanas. Dicho de otro modo, Chávez aprueba plenamente la actitud antidemocrática asumida por el general Rangel Silva al anteponer sus propias preferencias ideológicas a la voluntad popular. La politización de las instituciones militares por Chávez y por aliados como el presidente Evo Morales de Bolivia –donde el jefe del ejército, general Antonio Cueto, acaba de afirmarse “anticapitalista” por motivos más ecológicos, o tal vez teológicos, que doctrinarios, ya que a su entender “este sistema está destruyendo a la Madre Tierra”– es muy pero muy peligrosa. Mal que les pese a politizados convencidos de que todos sus subordinados seguirán obedeciéndolos sin chistar, siempre habrá disidentes que no tendrán más alternativa que la de conspirar en su contra. En nuestro país, las diferencias entre “azules” y “colorados” provocaron enfrentamientos. No sorprendería en absoluto que algo similar ocurriera en Venezuela, Bolivia y otros países gobernados actualmente por “chavistas”. Al fin y al cabo, si es legítimo que algunos militares se proclamen partidarios de lo que llaman “socialismo”, también lo será que los comprometidos con otros credos políticos lleguen a la conclusión de que tienen derecho a alzarse en rebelión. En cambio, de aceptar los jefes militares que deben su lealtad al país como tal y que por lo tanto tienen que subordinarse al gobierno constitucional de turno, se concentrarán en sus tareas específicas sin caer en la tentación de actuar como políticos. De triunfar un candidato opositor en el 2012, las fuerzas armadas venezolanas se verán ante la opción de seguir respaldando a Chávez, como pretende el general Rangel Silva, o respetar el veredicto de las urnas. Puesto que lo más probable sería que la mayoría de los militares se solidarizara con el pueblo, se plantearía en seguida el riesgo de una guerra civil confusa entre los resueltos a convertir a Venezuela en una dictadura militar y los reacios a traicionar a sus compatriotas para mantener en el poder a un personaje determinado cuya legitimidad, por decirlo así, dependería de una ideología populista improvisada. Algunos prevén que en tal caso se produciría “un océano de sangre”, ya que los contrarios a Chávez no tendrían más alternativa que la de intentar derrocarlo por la fuerza. Puede que quienes hablan así exageren, que sólo se haya tratado de un intento de un militar prepotente de chantajear al electorado con amenazas parecidas a las pronunciadas aquí hace poco por el camionero Hugo Moyano y, de modo menos impúdico, por aquellos peronistas que suelen advertirnos que a menos que el poder siga en manos de un compañero correría peligro “la gobernabilidad”, pero así y todo el que Rangel Silva ya haya sido premiado por sus dichos hace temer que la aventura chavista termine de manera traumática.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 22 de noviembre de 2010
Según todas las pautas tradicionales, la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez es más populista, para no decir derechista, que socialista, pero así y todo la hostilidad hacia Estados Unidos del caudillo venezolano le ha permitido erigirse en uno de los máximos referentes internacionales de “la izquierda” postsoviética al lado de otros progresistas como el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad. Si no fuera por la imagen “izquierdista” que Chávez ha logrado conseguir, los demás mandatarios de la región, encabezados por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y Cristina Fernández de Kirchner, estarían celebrando reuniones de emergencia para denunciar la amenaza golpista formulada hace poco por el general venezolano Henry Rangel Silva que, la semana pasada, declaró que las fuerzas armadas están “casadas” con la revolución bolivariana y por lo tanto no reconocerían un eventual triunfo opositor en las elecciones presidenciales previstas para el 2012. Como es natural, las palabras del militar le merecieron el repudio airado de todos los opositores al régimen chavista, además del secretario general de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza, pero lejos de sentirse obligado a subrayar sus propias credenciales democráticas amonestándolo, Chávez reaccionó elogiándolo por “diferenciarse años luz de aquella casta militar corrupta y complaciente con los intereses apátridas” de otros tiempos, para entonces ascenderlo al rango de jefe del Comando Estratégico Operacional de las fuerzas armadas venezolanas. Dicho de otro modo, Chávez aprueba plenamente la actitud antidemocrática asumida por el general Rangel Silva al anteponer sus propias preferencias ideológicas a la voluntad popular. La politización de las instituciones militares por Chávez y por aliados como el presidente Evo Morales de Bolivia –donde el jefe del ejército, general Antonio Cueto, acaba de afirmarse “anticapitalista” por motivos más ecológicos, o tal vez teológicos, que doctrinarios, ya que a su entender “este sistema está destruyendo a la Madre Tierra”– es muy pero muy peligrosa. Mal que les pese a politizados convencidos de que todos sus subordinados seguirán obedeciéndolos sin chistar, siempre habrá disidentes que no tendrán más alternativa que la de conspirar en su contra. En nuestro país, las diferencias entre “azules” y “colorados” provocaron enfrentamientos. No sorprendería en absoluto que algo similar ocurriera en Venezuela, Bolivia y otros países gobernados actualmente por “chavistas”. Al fin y al cabo, si es legítimo que algunos militares se proclamen partidarios de lo que llaman “socialismo”, también lo será que los comprometidos con otros credos políticos lleguen a la conclusión de que tienen derecho a alzarse en rebelión. En cambio, de aceptar los jefes militares que deben su lealtad al país como tal y que por lo tanto tienen que subordinarse al gobierno constitucional de turno, se concentrarán en sus tareas específicas sin caer en la tentación de actuar como políticos. De triunfar un candidato opositor en el 2012, las fuerzas armadas venezolanas se verán ante la opción de seguir respaldando a Chávez, como pretende el general Rangel Silva, o respetar el veredicto de las urnas. Puesto que lo más probable sería que la mayoría de los militares se solidarizara con el pueblo, se plantearía en seguida el riesgo de una guerra civil confusa entre los resueltos a convertir a Venezuela en una dictadura militar y los reacios a traicionar a sus compatriotas para mantener en el poder a un personaje determinado cuya legitimidad, por decirlo así, dependería de una ideología populista improvisada. Algunos prevén que en tal caso se produciría “un océano de sangre”, ya que los contrarios a Chávez no tendrían más alternativa que la de intentar derrocarlo por la fuerza. Puede que quienes hablan así exageren, que sólo se haya tratado de un intento de un militar prepotente de chantajear al electorado con amenazas parecidas a las pronunciadas aquí hace poco por el camionero Hugo Moyano y, de modo menos impúdico, por aquellos peronistas que suelen advertirnos que a menos que el poder siga en manos de un compañero correría peligro “la gobernabilidad”, pero así y todo el que Rangel Silva ya haya sido premiado por sus dichos hace temer que la aventura chavista termine de manera traumática.
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