Golpistas contra islamistas

Redacción

Por Redacción

Por motivos comprensibles, los dirigentes occidentales han reaccionado con gran cautela ante el derrocamiento del gobierno de Mohamed Morsi. Aunque todos se afirman en contra de los golpes de Estado y las dictaduras militares, también sospechan que a la larga la alternativa, el regreso al poder de un régimen islamista que aprovechara el control del Estado para crear un orden totalitario, persiguiendo a las minorías políticas, étnicas y religiosas, sería aún peor, razón por la que prefieren resignarse a que sería poco realista insistir en que países como Egipto respeten las reglas de la democracia occidental y que por lo tanto no les convendría llamar lo que ha sucedido un “golpe de Estado”. Por lo demás, personas como el presidente norteamericano Barack Obama y el francés François Hollande, además del primer ministro británico David Cameron, tienen que tomar en cuenta sus propios intereses estratégicos que, por cierto, no se hubieran visto beneficiados por la consolidación de un régimen dominado por los Hermanos Musulmanes, una agrupación sunita aguerrida que es tan hostil a Israel, Estados Unidos y los países de la Unión Europea como son los teócratas chiítas de Irán, aunque, por razones tácticas, Morsi trató de brindar la impresión de que había optado por la convivencia pacífica. ¿Son hipócritas los reacios a denunciar a los golpistas egipcios con la contundencia que con toda seguridad manifestarían si fuera cuestión de militares europeos o latinoamericanos? Parecería que sí lo son, ya que siguen hablando como si creyeran que todas las distintas sociedades, incluyendo a las de cultura islámica, deberían estar en condiciones de vivir en democracia, cuando es evidente que comparten las dudas de los convencidos de que el islam es incompatible con el pluralismo. De todos modos, nadie ignora que el golpe militar podría significar el inicio de un período sumamente peligroso no sólo para Egipto sino también para el resto del mundo. El presidente ruso Vladimir Putin no es el único que siente que Egipto se encamina hacia una guerra civil parecida a la que tantos horrores ha provocado en Siria. Aunque los líderes de los Hermanos Musulmanes preferirían esperar un poco para que el nuevo régimen apoyado por el mariscal Fatah al Sisi –él mismo un musulmán piadoso, pero contrario a una cofradía que se había propuesto privar a la corporación militar de sus muchos privilegios– resultara incapaz de atenuar los gravísimos problemas económicos de un país que para alimentarse depende de la ayuda ajena, ya han sido desbordados por sus partidarios que han estado protagonizando batallas campales en las calles de El Cairo y otras ciudades. Asimismo, grupos de islamistas enfurecidos se han puesto a atacar a los cristianos coptos, acusándolos, sin equivocarse, de simpatizar con los golpistas. Es que en Egipto, lo mismo que en otros países del Oriente Medio y África del Norte, las minorías religiosas se sienten más seguras cuando está en el poder un dictador, aunque sea uno tan cruel como el iraquí Saddam Hussein o el sirio Bashar Al Assad, que cuando su país se ve gobernado por políticos democráticamente elegidos. El futuro inmediato de la economía de Egipto está en manos de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita y los emiratos del Golfo Pérsico. Los sauditas están dispuestos a apoyar a los militares egipcios porque temen a los Hermanos Musulmanes que, además de querer eliminar a la numerosa familia real, apoyan a los rebeldes sirios más extremistas que, si bien son sunitas, también plantean una amenaza mortal a los regímenes dinásticos de la región. Sea como fuere, el que los conflictos que están agitando el Oriente Medio tengan mucho más que ver con las ambiciones y temores de los protagonistas que con los intereses, legítimos o no, de los norteamericanos y europeos significa que ha llegado a su fin más de un siglo de hegemonía occidental en una región de innegable importancia histórica. Hace apenas un par de años, la voluntad de Obama de abandonar a su suerte a un “amigo” de Estados Unidos, el dictador anciano Hosni Mubarak, facilitó la llegada al poder de los islamistas; en la actualidad, a pocos en la región les preocupa demasiado la actitud asumida por “el hombre más poderoso del mundo” o por los presidentes y primeros ministros de la Unión Europea.


Por motivos comprensibles, los dirigentes occidentales han reaccionado con gran cautela ante el derrocamiento del gobierno de Mohamed Morsi. Aunque todos se afirman en contra de los golpes de Estado y las dictaduras militares, también sospechan que a la larga la alternativa, el regreso al poder de un régimen islamista que aprovechara el control del Estado para crear un orden totalitario, persiguiendo a las minorías políticas, étnicas y religiosas, sería aún peor, razón por la que prefieren resignarse a que sería poco realista insistir en que países como Egipto respeten las reglas de la democracia occidental y que por lo tanto no les convendría llamar lo que ha sucedido un “golpe de Estado”. Por lo demás, personas como el presidente norteamericano Barack Obama y el francés François Hollande, además del primer ministro británico David Cameron, tienen que tomar en cuenta sus propios intereses estratégicos que, por cierto, no se hubieran visto beneficiados por la consolidación de un régimen dominado por los Hermanos Musulmanes, una agrupación sunita aguerrida que es tan hostil a Israel, Estados Unidos y los países de la Unión Europea como son los teócratas chiítas de Irán, aunque, por razones tácticas, Morsi trató de brindar la impresión de que había optado por la convivencia pacífica. ¿Son hipócritas los reacios a denunciar a los golpistas egipcios con la contundencia que con toda seguridad manifestarían si fuera cuestión de militares europeos o latinoamericanos? Parecería que sí lo son, ya que siguen hablando como si creyeran que todas las distintas sociedades, incluyendo a las de cultura islámica, deberían estar en condiciones de vivir en democracia, cuando es evidente que comparten las dudas de los convencidos de que el islam es incompatible con el pluralismo. De todos modos, nadie ignora que el golpe militar podría significar el inicio de un período sumamente peligroso no sólo para Egipto sino también para el resto del mundo. El presidente ruso Vladimir Putin no es el único que siente que Egipto se encamina hacia una guerra civil parecida a la que tantos horrores ha provocado en Siria. Aunque los líderes de los Hermanos Musulmanes preferirían esperar un poco para que el nuevo régimen apoyado por el mariscal Fatah al Sisi –él mismo un musulmán piadoso, pero contrario a una cofradía que se había propuesto privar a la corporación militar de sus muchos privilegios– resultara incapaz de atenuar los gravísimos problemas económicos de un país que para alimentarse depende de la ayuda ajena, ya han sido desbordados por sus partidarios que han estado protagonizando batallas campales en las calles de El Cairo y otras ciudades. Asimismo, grupos de islamistas enfurecidos se han puesto a atacar a los cristianos coptos, acusándolos, sin equivocarse, de simpatizar con los golpistas. Es que en Egipto, lo mismo que en otros países del Oriente Medio y África del Norte, las minorías religiosas se sienten más seguras cuando está en el poder un dictador, aunque sea uno tan cruel como el iraquí Saddam Hussein o el sirio Bashar Al Assad, que cuando su país se ve gobernado por políticos democráticamente elegidos. El futuro inmediato de la economía de Egipto está en manos de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita y los emiratos del Golfo Pérsico. Los sauditas están dispuestos a apoyar a los militares egipcios porque temen a los Hermanos Musulmanes que, además de querer eliminar a la numerosa familia real, apoyan a los rebeldes sirios más extremistas que, si bien son sunitas, también plantean una amenaza mortal a los regímenes dinásticos de la región. Sea como fuere, el que los conflictos que están agitando el Oriente Medio tengan mucho más que ver con las ambiciones y temores de los protagonistas que con los intereses, legítimos o no, de los norteamericanos y europeos significa que ha llegado a su fin más de un siglo de hegemonía occidental en una región de innegable importancia histórica. Hace apenas un par de años, la voluntad de Obama de abandonar a su suerte a un “amigo” de Estados Unidos, el dictador anciano Hosni Mubarak, facilitó la llegada al poder de los islamistas; en la actualidad, a pocos en la región les preocupa demasiado la actitud asumida por “el hombre más poderoso del mundo” o por los presidentes y primeros ministros de la Unión Europea.

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