¡Guarda con los toros!
Columna semanal
LA PEÑA
Literalmente vivimos muy de cerca lo de las vacas al matadero. En realidad eran vacas y toros los que marchaban raudamente sin saber a dónde iban.
Imagino que si lo hubieran sabido, pegaban una estampida que todavía los estaban buscando. Pero iban mansos y raudos a su destino final.
Claro, pero había detrás todo un pueblo que cada lunes o cada jueves, según sea el caso, los veía pasar rumbo al matadero del pueblo.
En mi querido Andalgalá las cosas llegaron siempre tarde. La tele en el 78, el asfalto en esa década, y muchas cosas más que demoraron tiempo extra respecto de lo que sucedía en el resto de la provincia, el país o el mundo. Pero así estaba bien, éramos felices con ese estilo de vida y si la luz se cortaba seguido no era un drama.
Cuántas veces la tele nos dejó en banda en medio de una pelea de Monzón y sin embargo, el pueblo se sentía importante igual, porque teníamos el mejor membrillo del mundo, la mayor cantidad de rodocrosita del mundo y las montañas nevadas todo el año. Visto a la distancia parecía una tontera tener orgullos de ese tipo, pero los defendíamos a muerte porque mucho o poco era lo que teníamos y estábamos orgullosos. Claro, no había razones científicas para defender lo del mejor membrillo, pero igual teníamos la necesidad de ser los mejores en algo.
Lo cierto es que antes que llegara el asfalto a la calle que pasaba en frente de casa, era parte del paisaje el paso de los toros y vacas que iban al matadero. Los lunes se faenaba y si era necesario para reforzar el fin de semana, también se hacía los jueves. El Matadero municipal estaba a varias cuadras de los dueños del ganado, de manera que al viejo estilo, se llevaban los animales corriendo por las calles, salían corriendo y llegaban corriendo, sin saber lo que padecíamos los espectadores que sin querer, siempre los veíamos pasar.
Un par de hombres a caballo los guiaba desde arriba hacia abajo, como se decía en el pueblo. El arriba era la parte alta del pueblo, desde donde se los llevaba al matadero, situado al otro extremo.
Salían del corral sin contar con los camiones que se tienen hoy para transportarlos. Allá los llevaban apurados por las calles del pueblo, envueltos en una nube de polvo que sólo permitía ver los primeros de la fila, a uno de los guías y el revuelo que se armaba.
Cada lunes o jueves la historia se repetía. Se sentía temblar el piso cuando los animales venían corriendo y era el alerta para que mi madre o alguna de las tías que vivían en la misma cuadra, salieran a la vereda a llamarnos.
“Chicos, chicos, guarda con los toros” y efectivamente en minutos se los veía aparecer a la vuelta de la esquina. Imponentes, negros y algunos negros y blancos que para nosotros no eran vacas, sino toros imponentes que metían miedo. Y corríamos a algún lugar alto, donde ellos no pudieran llegar.
A veces a una ventana frente a casa, otras al techo y algunas a las moras que poblaban nuestras veredas. Y allí estábamos hasta que pasara el temblor.
El más complicado era aquel que de casualidad estuviera vestido con algo rojo. Ese era el que más corría, el que más temía. El de rojo sabía que un toro que lo relojeara bien podría salirse de la fila y encararlo. Pero nunca estábamos preparados para los toros, porque eran parte del paisaje pero no lo teníamos en el calendario semanal como un factor a temer. Pero eran de temer. A eso había que sumarle las corridas, la tierra, y las pestañas blancas unos minutos después.
Pasaron más de 30 años para recordar esta anécdota. Es que después de tanto tiempo una prima que se fue del pueblo hace décadas y que lo tenía bien presente, me lo recordó. Es que compartimos las corridas y los temores. ¿Cómo podríamos olvidarlo?.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar