Guzmán y las siete llaves



Hugo E. Grimaldi


Hasta ahora, lo que salió a la luz es un trabajo de albañilería gruesa para “tranquilizar a la economía”, según dijo el titular de Hacienda en Twitter.


Martín Guzmán no le muestra a nadie todavía el programa económico integral que algunos cuentan que ha ido confeccionado con su gente durante el primer mes de trabajo al frente de Economía. No se hubiese quedado tranquilo el ministro con su formación y mucho menos con lo que le indica su paso por Columbia a la hora de evaluar cómo le fue a los planes de otros países frente a las demandas de los acreedores, si ya no tuviera a mano un esquema que le permita avanzar por lo que define como el “estrecho desfiladero” que es hoy la economía argentina. Explican en su entorno que debido a esa experiencia él sabe muy bien qué le van a pedir y cuánto debería conceder. Punto número uno.

Hasta ahora, lo que salió a la luz es un trabajo de albañilería gruesa para “tranquilizar a la economía”, según dijo en Twitter, tarea que implica de momento utilizar la ley que consiguió el presidente para empezar a colocar los cimientos que ayuden a “resolver la crisis de la deuda pública externa”. Desde lo práctico, tiene tres equipos técnicos que le han destripado la deuda para sentarse a negociar, conoce de pe a pa cada caso y mantiene diálogo permanente con bonistas de toda clase. No es un descolgado, lo reconocen como parte del “sistema” y éste es un segundo tanto a favor.

Como ofrenda a los acreedores, ítem número tres, la ley Solidaria propició una monumental transferencia de recursos desde el sector privado hacia el Estado, tarea que algunos justifican como redistributiva y consumista, aunque se trata de un ajuste “machazo” de las cuentas públicas que podría ahogar la inversión y la producción, al tiempo que, para ahorrar recursos, busca achatar la pirámide de ingresos, sobre todo entre los jubilados. El tema tiene bastante chochos a los tenedores de deuda y ha merecido un felicitado del FMI, nada menos.


Si bien en el Instituto Patria no hay economistas con piné que puedan cuestionar demasiado al ministro, se especula que AF tiene siempre una carta a mano.


Si bien la deuda es la prioridad, hay otra cuestión que tiene más que inquieta a la gente: la inflación. Según una encuesta de consultora D’Alessio IROL-Berensztein, nueve de cada diez personas la tenían en diciembre como su principal preocupación.

En cuanto al Plan Fernández-Guzmán, cuatro de cada diez descreían que las medidas tomadas hasta entonces iban a permitir salir de la crisis, mientras que otro tanto afirmaba que sí, pero con un grave reparo: “Solo si son parte de un plan integral”, decían. El reclamo apunta a marcar que los cimientos necesitan refuerzos por todos los costados y que es evidente que aún falta levantar el esqueleto, ponerle paredes, dotar de servicios al edificio y agregarle un poco de decoración.

Todos estos vericuetos debería explicitar un plan de verdad que apunte a un alineamiento coordinado de la macro en temas críticos como el déficit fiscal, el control de la emisión de dinero, el nivel del tipo de cambio, el eventual superávit externo y, por supuesto, el ataque sistemático a la inflación. Por el costado, en estos días, hubo varias medidas sueltas que seguramente el ministro debió bendecir, pero que terminaron beneficiando a determinados lobbies empresarios: reposición de Precios Cuidados (que no son para bajar la inflación, sino para asegurar el abastecimiento de los más necesitados); normas de control de importaciones (proteccionismo); baja de tasas (que han dejado a los ahorristas a merced de la inflación) y reposición del IVA a los artículos de la canasta básica, pese a que siempre el peronismo lo propició desde la oposición.

Por qué el ministro querría mantener bajo siete llaves el programa permite imaginar tres hipótesis: para no generar falsas expectativas, para no alertar a los acreedores o bien para evitar tironeos internos dentro de la coalición gobernante.

Si bien en Economía suelen decir que ese ministerio “no es área de incumbencia” de Cristina Fernández, no querrían poner en debate algo tan delicado. Si bien en el Instituto Patria no hay economistas con piné que puedan cuestionar demasiado al ministro se especula que el presidente tiene siempre una carta a mano para evitar desmadres de su vice: un llamado de su admirado Joseph Stiglitz, padrino de Guzmán, podría ayudar a convencerla rápidamente.


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