“Hanói”, una historia que desde la muerte busca confrontarnos con los afectos

Para Lisboa, el tema principal de esta obra “es el afecto y cómo se construye y se desenvuelve” a lo largo del relato, sostuvo en diálogo con Télam

Por Redacción

LIBROS

En “Hanói”, la escritora brasileña Adriana Lisboa aborda el proceso interior de un joven músico que ante la certeza de la muerte se distancia de la angustia que supone el fin de la existencia y decide abandonar la ciudad en la que vive, sin revelar jamás a sus amigos, vecinos o compañeros de trabajo la enfermedad que lo aqueja ni el verdadero motivo de su partida.

Atravesada por una coyuntura existencial, la novela se asienta en un personaje opaco, solitario, nacido en Estados Unidos pero con raíces familiares ancladas en Brasil y México, cuya historia se cruzará con la de Alex, hija de una vietnamita, lo que le permitirá a la escritora abordar también el desarraigo y la soledad.

La riqueza de “Hanói”, editada por Edhasa, radica no sólo en la originalidad del planteo que Lisboa realiza ante un tema universal como la muerte, sino en la pericia con la que construye ese personaje que sorprende incómodamente al lector con una actitud desprovista de dramatismo ante esa situación límite.

“Por ese motivo, le parecía bien tener un plan de acción cuya culminación fuera el desenlace real, la disolución… Un plan en el que poco a poco se fuera alejando del centro, borrando las letras de su nombre, enfriando su temperatura corporal, respirando más despacio, hablando cada vez más bajo, hasta que ya no estuviera allí y los otros ni siquiera repararan en que en algún momento había estado”, se lee en el libro.

Para Lisboa, el tema principal de esta obra “es el afecto y cómo se construye y se desenvuelve” a lo largo del relato, sostuvo en diálogo con Télam la escritora, radicada en Estados Unidos y autora de las novelas “Azul cuervo”, “Parte del paisaje” y “Sinfonía en blanco”, con la que recibió en 2003 el premio José Saramago.

– ¿A partir de qué situación surgió esta historia?

– Surgió de dos fuentes distintas: de la voluntad de reflexionar en la ficción sobre la situación de un hombre todavía joven que descubre que tiene poco tiempo de vida, y por lo tanto qué se hace en una situación así; y de la reflexión sobre el lugar de los refugiados, porque yo trabajé con refugiados durante un año y su experiencia es todavía más terrible que la de los inmigrantes, que abordé en otras novelas.

– ¿En cuánto toca tu historia personal y roza tu visión acerca de la muerte?

– No hay una relación directa con mi historia personal, pero hay mucho en el libro de mi visión acerca de la muerte. Nunca había tenido la experiencia directa de pérdida cuando escribí Hanói, pero un año después perdí a mi madre por un cáncer que apareció repentinamente. Hanói fue inclusive el último libro que ella leyó en vida.

– ¿Qué otros tópicos te permitieron abordar la muerte y la enfermedad?

– La muerte y la enfermedad son oportunidades para hablar del afecto. No solo del amor sino también de la amistad. La muerte pone la vida en perspectiva. Ninguna experiencia que tuve hasta hoy fue tan intensa como la pérdida de mi madre en 2014, y es muy extraño que no traigamos la muerte en nuestra conciencia todo el tiempo: eso haría de nuestras vidas no una experiencia más dramática ni pesimista, sino exactamente lo contrario, más exuberantes, compasivas, vueltas a lo esencial.

– El protagonista es un hombre al que no se lo ve sufrir ni compartir su enfermedad ni la proximidad de la muerte con sus compañeros de trabajo ni amigos, sino con Alex, esa mujer de la que se enamora y conoce muy poco de él ¿por qué elegiste este perfil de personaje?

– Quería sobre todo evitar el drama, en el que es facilísimo resbalar cuando se habla de la muerte. David, el protagonista, quiere evitar el drama. Su dolor existe, está muy presente, pero es como un dolor con sordina. Ante la perspectiva de la muerte, él prefiere celebrar la vida, la amistad y el amor.

– ¿El viaje y el amor que aparecen como una salida ante la muerte parten de tu concepción sobre lo que toda persona debería hacer ante esta situación?

– No tengo idea de qué haría yo ante la certeza de mi propia muerte inminente. No hay aquí relación con mi historia. Pero intentar llegar a la esencia de las cosas me parece una opción a la negación y al drama. En verdad estamos todos con los días contados, pero vivimos y nos relacionamos con el mundo y con el otro como si fuésemos para siempre: con gran displicencia y falta de compasión.

– ¿Qué relación ves entre los inmigrantes y la soledad?

– Sin duda ser inmigrante significa muchas veces estar reducido a esa soledad “negativa”, a la falta de sentido de la nueva cultura, o la falta de sentido del inmigrantes para la nueva cultura. Yo misma soy inmigrante, desde hace diez años y todavía existen muchos códigos que no domino, tengo muchos “cortocircuitos” en mi comunicación.

– La soledad de David es otro tema presente en la novela, ¿considerás que es un rasgo de esta época? ¿te seducen los personajes solos?

– Sí, me gusta escribir sobre la soledad. Tal vez porque yo misma disfruté de la soledad. Tengo una familia, hijo, perro, pero protejo y siempre protegí mi propia soledad. La práctica del budismo zen, que me acompaña desde hace muchos años, es parte central de eso.

Existe una soledad “negativa” de nuestros tiempos, una dificultad para crear relaciones significativas, que viene con exceso de “relaciones”, por ejemplo, de las redes sociales. Un paralelo puede ser hecho, me parece, con el exceso de ruido y la falta de sentido: hablamos demás todo el tiempo y no siempre ese parloteo vale la pena. En ese sentido, el silencio y la soledad pueden traer a la superficie conversaciones y relaciones más profundas dotadas de real sentido.

Télam


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