Hasta que aguante

Por Redacción

Héctor Soto (*) Infolatam

Si todo sigue en la dirección en que va y no entran a la ecuación factores que cambien drásticamente el escenario, a Chile le aguardan dos años conflictivos y sombríos. Es difícil que el gobierno de Michelle Bachelet pueda romper su impopularidad y aislamiento. Es ilusorio pensar que la confianza en los liderazgos e instituciones pueda recomponerse. Y es improbable que en la actual coyuntura la economía repunte. A pesar de eso, el barco seguirá a flote. Mal que mal, Chile no es un castillo de naipes. Un país que crece al 2% podrá ser insatisfactorio pero no es catastrófico. Y aunque ese horizonte no tiene nada de apocalíptico, quizás cobra cierto sentido el disparate que Samuel Goldwyn –uno de los más pintorescos pioneros del viejo Hollywood– profería en su inglés precario cuando una película no le gustaba: “Es peor que mala –decía–; es mediocre”. Efectivamente, serán años combativos y mediocres. Estamos de vuelta a la mesocracia. Para una sociedad que en los últimos cinco años pegó saltos importantes en consumo, expectativas y calidad de vida, volver a toparse con límites duros puede convertirse en una experiencia traumática. Como es lógico, la gente siempre se proyecta al escalón al cual está accediendo, nunca al que va dejando atrás. Y cuando hasta la propia presidenta Bachelet reconoce que cada día puede ser peor nadie debería extrañarse del cambio anímico y del deterioro de la temperatura ambiental. Dada la aversión que la presidenta ha manifestado a las definiciones claras y la comodidad con que se maneja en los terrenos de la ambigüedad, pensando que allí su imagen corre menos peligro y su coalición menos riesgos de fractura, todo indica que de aquí en adelante ninguna victoria será completa para los ministros Jorge Burgos y Rodrigo Valdés y ninguna derrota muy definitiva. Por eso, no han tirado la esponja y siguen en la pelea. Aquí no habrá fallo por KO. Los avatares del realismo en esta administración se traducirán en avances y repliegues trabajosos y parciales. Todo dependerá de cada coyuntura y del tira y afloja del momento. Se acabó la épica y vienen las agotadoras jornadas de la negociación caso a caso. Pareciera que la idea de la presidenta es llevar las cosas todo lo lejos que las actuales mayorías parlamentarias aguanten. Que nadie se equivoque, entonces: esta pugna no es de sobrevivencia, sino de poder. De lo que se trata, para ella y el oficialismo más embriagado con el programa de gobierno, es de estirar las cuerdas hasta justo antes de que se corten y forzar la máquina hasta el minuto previo a colapsar. ¿Por qué tanta obstinación? Básicamente, por razones ideológicas o de convicción. Y la oportunidad es ahora. Ahora o nunca. La presidenta cree que el desarrollo chileno de las últimas tres décadas ha sido demasiado asimétrico y que llegó el momento de revertir las cosas con fórmulas relativamente simples: menos retorno para el capital y más para el trabajo; menos protagonismo para el sector privado y más para el Estado; menos margen de acción a los mercados a costa de una fantasiosa redefinición de lo público. En el imaginario refundacional estas correlaciones hasta ahora han sido no sólo arbitrarias, sino también injustas. El propósito de la mandataria y del sector más duro de la izquierda es corregirlas. Se supone que es lo que están haciendo. A ojos cerrados y con sentido de urgencia. Lo que no ven es que el país se está deteniendo, que el pesimismo se está instalando y que la conflictividad está subiendo. Tampoco ven que ese empeño está chocando con dos evidencias irreductibles. La primera es que las reformas afectaron gravemente las ganas, la energía y la velocidad del crecimiento. Y la segunda es que el país está rechazando mayoritariamente el reformismo refundacional, en particular porque no está favoreciendo a nadie y, además, porque no eran estas las rectificaciones que la gente estaba esperando. ¿Hasta dónde persistirá este juego? En los meses que vienen, la primera válvula de escape a las tensiones acumuladas en el sistema político estará puesta en la resistencia de las bancadas de la nueva mayoría en el Congreso. Tendremos las rectificaciones de la reforma tributaria que ellas aprueben. La reforma laboral que ellas decidan. Y La gratuidad de la educación universitaria que ellas quieran. La decisión pondrá desde luego en aprietos a la DC, que escogió para sí el rol de colectividad rezongona, pero el dilema también se hará presente en los demás partidos del oficialismo, en varios de los cuales hay preocupación y alarma. No va a ser una encrucijada fácil, desde luego. Desertar de una coalición siempre tiene costos. Pero también los tiene seguir empujando al país en una dirección que –como lo dejan ver las encuestas– no interpreta a la mayoría ciudadana. Y esto es serio, porque cada parlamentario sabe que la otra válvula de escape del sistema democrático son las elecciones. Viene la municipal el próximo año. Y viene la decisiva el 2017. (*) Abogado y periodista