Hermanos desavenidos

Por Redacción




HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Vivimos en nuestro país tiempos de escepticismo y temores por la economía, el ambiente, la seguridad, la corrupción y las drogas, problemas que obsesionan a los medios tanto que los grandes matutinos porteños se han convertido (estrechez informativa incluida) en fuentes de depresión para sus lectores. Existen, como contrapartida, sociedades que, aunque afrontan algunos de esos mismos problemas, reflejan tranquilidad y satisfacción compartida. Una de esas sociedades es vecina nuestra, casi como una provincia de allende el río. En lo económico, el pequeño Uruguay viene creciendo al 6% anual desde el 2005, en una década la exportación pasó de 2.000 a 12.000 millones de dólares, recibió el año pasado una inversión extrajera de 2.500 millones, registra un firme progreso en el comercio exterior de carnes y granos y muestra un avance consistente en la producción forestal y papelera. Con expectativas industriales, turísticas y hasta mineras, el buen ánimo que se percibe allí entre la gente (con aporte de la euforia futbolera por los éxitos del equipo celeste) resulta bien comprensible. En cuanto a lo social, un dato relevante es el avance del buen nivel educativo que ha contribuido a su fama de “gente que crece hacia adentro”, como caracterizaba Borges a los orientales. La tasa de alfabetismo llega al 97%, la escuela de los niños es obligatoria desde los tres hasta los diez años y el nivel secundario sigue siendo, en cuanto a calidad y alcance, una de las claves culturales distintivas del país. A la respetada Universidad de la República se han agregado algunas buenas privadas. Ostenta por todo ello y su sistema de salud uno de los mayores índices de desarrollo humano según el PNUD. En sentido amplio, “The Economist” señaló a Uruguay, al lado de Costa Rica, como la democracia más completa de Latinoamérica. Pero es quizá en lo político donde podemos encontrar el éxito más difícil y mayor. La histórica rivalidad entre Colorados y Blancos experimentó una especie de superación dialéctica con el triunfo electoral del Frente Amplio, una coalición de partidos de izquierda (Tupamaros incluidos) que ascendió al poder en el 2004 y se mantiene airosamente con la representación presidencial de un José Mujica firme sobre las disputas partidarias y con imagen de respetada autoridad. Éste, un presidente atípico por campechano y sentencioso, un Sancho Panza fuente de expresiones antológicas. Dos ejemplos de lo que prometió y está cumpliendo. Uno: “No voy a estar rodeado de alcahuetes que dicen que todo está fenómeno”. Otro: “Voy a escuchar con toda la oreja a los opositores. A la verdadera democracia la representa más la oreja que la lengua”. Mujica no está precisamente en un lecho de rosas en estos días. A las tempranas inquietudes políticas ocasionadas por cosas como los aplausos y rechazos, afuera y adentro del oficialismo, a un proyecto de amnistía a militares de la dictadura se han agregado factores internos y externos que lo están afectando sensiblemente. Quizá el más delicado se refiera a lo que se percibe como una crisis del Mercosur, con la lógica tentación de salirse parcialmente de él mediante un acuerdo comercial directo con Estados Unidos. Relacionado con ello, el último trago amargo ha sido la reacción que obtuvo de opositores y hasta del propio vicepresidente por su aceptación a incorporar en el tratado a Venezuela, obviando el acuerdo legal de Paraguay. Su justificación aludió a la presión de las presidentas de Brasil y Argentina frente a la relativa debilidad de su país para oponerse a dos gobiernos vecinos que lo acorralan. Con esto guarda referencia el tema de esta nota, que es la desconsideración y hasta hostilidad que gobiernos argentinos han tenido en ciertos casos con Uruguay. Los hay históricos, como el de Rosas en los 1840 y el de Perón en los 1950, afectando a exiliados políticos en Montevideo con la fuerza o con el pasaporte. Y los hay actuales. Uno de los últimos fue la actitud gubernamental ante el corte por piqueteros del puente Gualeguaychú-Fray Bentos que une los dos países. Nuestro gobierno ignoró resoluciones judiciales durante años y se lavó las manos por cálculo político ante la ilegalidad que significaba. Hasta forzó la intervención de la Corte Internacional de La Haya y aún ahora no cesa de dificultar el cumplimiento de su dictamen, no aceptando que se publiquen los resultados negativos de análisis internacionales sobre los efluentes de la planta de celulosa. En momento alguno manifestó tener en cuenta la sensibilidad de la población uruguaya –explícita a través de actitudes públicas de personalidades como Jorge Batlle y Tabaré Vázquez– ni la importancia que las papeleras revisten para el avance industrial de un pequeño país aplicado desde hace años a la forestación en su territorio para ese fin. Se han producido otras situaciones desdorosas para la nación amiga. Un ejemplo es que su gobierno se ha visto obligado a ocultar los hechos de funcionarios argentinos denunciados por propuestas de sobornos en la comisión mixta para el dragado del Río de la Plata. Otro ejemplo es que han tenido que acceder a la presión para un tratado que apunta a dificultar inversiones de ciudadanos argentinos en Uruguay. Un tercer ejemplo es la interferencia para la construcción de una planta regasificadora. Hay más, pero lo cierto es, concluyendo, que el presidente José Mujica, visitante cordial y paciente de Olivos y la Rosada para gestionar o para poner la cara en inauguraciones “pour la galerie” (como la del tren interpaíses que no funciona), ha debido tragarse sapos vivos y disculparse después ante los suyos explicando que “los argentinos han sido siempre difíciles”. Julio María Sanguinetti, expresidente, político cultísimo y líder histórico de la integración sudamericana, viene escribiendo notas periodísticas sobre estas anomalías en las relaciones entre nuestro país y el suyo. En un artículo reciente comentó, con amargura, que “si hay dos sociedades que se parecen son las de la Argentina y Uruguay, tanto que los terceros no pueden distinguirnos”. El tejido de sus relaciones es de tal modo intrincado, dice, que no lo deshilachan ni aun los conflictos entre nuestros gobiernos. Termina: “No hay nada más frustrante que desertar de la historia y perderse irrepetibles oportunidades. Desgraciadamente, sin real conciencia de ello, hacia esa pendiente nos vamos deslizando”. (*) Doctor en Filosofía


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