Horas
Columna semanal
El disparador
Anochece en Buenos Aires. José llega a su casa. Saluda a su mujer. Va hasta la habitación de su hijo de dos años. Tiene la ilusión de interactuar con él pero se conforma con lo mismo que a la mañana, antes de irse a la oficina: observar cómo duerme.
José se saca los zapatos. Arrastra los pies hasta el living. Su mujer le pregunta qué le pasa. Le dice que se puso triste por no haber podido -una vez más- jugar con su hijo y, también, que está cansado de que no le alcancen las horas del día para hacer cosas que se van acumulando, postergadas, mientras él se acerca a los 40 años. Quisiera tomar clases de guitarra, estudiar portugués, darle de comer a su hijo y enseñarle a jugar al fútbol, salir a caminar distendido con su mujer, ir al cine, leer y hasta probar de entrenar para una maratón.
Ella lo escucha y le dice que él no es el único al que le pasan estas cosas. Es más, que justo -siempre las cosas pasan “justo”- en la tarde había visto un video en Internet que hablaba un poco sobre todo esto. José pierde su mirada en un cuadro.
Ella agarra la laptop y enseguida se empieza a escuchar la voz del director italiano Silvano Agosti, diciendo que el hecho de que las personas vayan a trabajar seis días por semana durante ocho horas cada día “es la cosa más miserable” que uno puede imaginar.
El cineasta logra captar la atención de José, que no tiene idea de quién es el que habla pero le gusta lo que dice: “¿Cómo se puede robar la vida de un ser humano a cambio de comida, de una cama o de un auto?”.
Por un momento, José siente que Agosti logró meterse dentro suyo y describir lo que siente. Habla de que los humanos solo tienen una vida y de tanto trabajar, con suerte, les quedan uno o dos días libres a la semana. “¿Para hacer qué? ¿Cómo en un solo día uno puede construir la vida?”.
Agosti se escandaliza con la desigualdad. Dice que no comprende que una pintura de Van Gogh cueste 38 millones de euros, cuando la enorme mayoría de la humanidad no ganará ese dinero en toda su vida. José siente algo parecido con sus jefes y, a su vez, se pregunta qué sentirán los que tienen trabajos informales y ganan aún menos que él, que son muchísimos.
Agosti plantea imaginar un sistema político, económico y social donde a las personas se las obligue ocho horas por día a hacer el amor, acto que considera de los más bellos para el ser humano. “Eso sería una tortura. Entonces, ¿por qué no es la misma cosa para el trabajo, que algo mucho menos agradable que hacer el amor?”.
Agosti comenta que claro que es mejor lamer el suelo que morir. “¡Lo horrendo es que eso se haya convertido en una aspiración!”. En su ataque final, el italiano dice que hacer un discurso en defensa de aquellos que te oprimen es lo típico del esclavo. “El verdadero esclavo defiende al patrón, nunca lo combate. Porque el esclavo no es aquel que tiene cadenas en los pies, sino más bien aquel que no tiene la capacidad de imaginar su libertad”. José siente algo parecido al alivio. Se abraza con su mujer, callados. Hasta que se duermen en el sofá.
Juan Ignacio Pereyra
(pereyrajuanignacio@gmail.com)
El disparador
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora