Ilustra tu aldea y

Pablo Bernasconi es uno delos más prestigiosos ilustradoresargentinos de la actualidad. Estambién el creador de unafantástica colección de librosinfantiles y sus trabajos sepublican en los principalesmedios del mundo. Vive enBariloche, desde donde realiza su destacada obra literaria e iconográfica. “Río Negro” conversó con él acerca de su método de trabajo, su relación con la fama creciente y la necesidad de recuperar el amor por los libros y la belleza.

Por Redacción

claudio andrade

candrade@rionegro.com.ar

Pablo Bernasconi llega apenas atrasado pero de igual modo se disculpa. La avenida Pioneros de Bariloche estaba imposible en la tarde del viernes y el ilustrador, por más que no lo quería, ha debido resignarse a avanzar a paso de tortuga. A pesar de su frondosa imaginación, también él debe ajustarse a los límites que impone la realidad.

Bernasconi es hoy uno de los más talentosos ilustradores argentinos. En su caso la regla de la virtud y el reconocimiento se cumple cabalmente. Además de ser un creador en pleno uso de sus poderes, es también uno de los ilustradores más elogiados de los últimos años. No ha sido necesario que transcurriera demasiado tiempo entre su primer “pincelazo” profesional y la aceptación de las editoriales más prestigiosas del mundo. Bernasconi dice que tiene una humilde respuesta para este particular estado de gracia. “He tenido suerte, suertes”, le dice a “Río Negro” en una conversación que ocurre en un coqueto café de Bariloche en el que no pocos lo reconocen y saludan con afecto.

La charla tiene apenas como excusa la presentación en sociedad de su último libro para pibes “La verdadera explicación”, que ya se consigue en todas las librerías de la región y el país. Pero, a esta altura de su carrera, hablar con Bernasconi es un placer periodístico necesario. Para decirlo de un modo simple: Bernasconi vive en Bariloche pero trabaja para el mundo. Desde esta ciudad cordillerana ilustra para “The New York Times”, “The Wall Street Journal”, “The Saturday Evening Post”, “Telegraph” y “The Times” de Inglaterra, entre otros. También tiene una columna semanal en “La Nación”, que lleva por nombre “Ilustrado”, en la que refiere o sintetiza hechos de la semana a través de una composición iconográfica. No es un trabajo menor o, dicho de otro modo, esta columna representa uno de sus mayores desafíos profesionales puesto que debe ponerse al ritmo de los aconteceres de un país y bajo el yugo del deadline de un diario. “No puedes comenzar a hacer este laburo un lunes, tiene que avanzar la semana para poder encontrar un tema representativo, y eso le pone vértigo al trabajo”, explica. Por esta columna obtuvo la Medalla de Oro en la SND (Society of Newspaper Design). Además, es autor de una colección de libros ilustrados para niños (diez en total) y para adultos (dos) que se han publicado y traducido a varios idiomas y obtenido el reconocimiento de la crítica internacional.

Dejando a un lado “las suertes” a las que aludirá en más de una ocasión, la obra del artista habla por sí sola. Expresa lo que la sencillez de su autor no le permite. Las ilustraciones de Bernasconi son una mezcla definitivamente magistral de intuición periodística, amplitud y equilibrio estético. Eso en lo referente a sus columnas semanales. Respecto de sus libros infantiles y de adultos, el autor va incluso más allá. Hay una insoslayable calidad estética en sus trazos, en sus búsquedas compositivas, y, al mismo tiempo, una suave pendiente literaria en cada uno de sus textos.

Bernasconi es una síntesis. Un punto atravesado por líneas que se extienden hacia una frontera difusa. Líneas que vuelven a él para retroalimentar en una suerte de juego del bumerán donde nada puede darse por perdido.

“En general trabajo ocho horas por día. Hay trabajos que tienen que salir y tienen que salir sí o sí, de manera que debo mantener un ritmo. A veces las horas de laburo pueden ser 16. Pero esa rutina es móvil. Cambia de lugar”, cuenta Bernasconi respecto de su método de trabajo. El cambio de escenario de la imagen a la palabra, o bien la suma de la palabra al campo de la imagen, fue para Bernasconi tan significativo como imprescindible. “Utilizar la palabra representa un esfuerzo extra. La palabra exige. Trabajar con la imagen y la palabra me implica mucha energía”, cuenta.

Es un clásico el hecho de que los libros altamente ilustrados pero que van acompañados por un buen texto –los libros infantiles, los cómics, las novelas gráficas– dividan el mapa de su estructura bajo la tutela de un creativo y un redactor. Bernasconi asumió años atrás las dos facetas del difícil proceso. Al ser diseñador gráfico de profesión, su vínculo con la imagen posee un sustento técnico que lo ha ayudado a profundizar en la geometría y la textura de sus figuras. Con respecto al terreno literario, el autor se reconoce más como un escritor instintivo que avanza sobre la marcha y que les debe su acervo a sus padres y a la iniciativa de una maestra. “En mi casa siempre hubo libros. Lo mío es consecuencia de la suerte y la herencia. Mis viejos son muy lectores y eso tarde o temprano te absorbe. Por otro lado, en la escuela tuve una maestra que reemplazó los textos institucionales por la obra de Cortázar. Eso fue una suerte, porque no todos los profesores lo hubieran hecho”, relata Bernasconi.

El autor de clásicos infantiles como “El brujo, el horrible y el libro rojo de los hechizos”, “El diario del capitán Arsenio” y “Excesos y exageraciones” y de elogiados libros ilustrados para adultos –“Retratos” y “Bifocal”–, el hombre que trabaja para los medios más importantes del mundo, no pierde el resuello por los frutos de su tarea ni por el bronce de quienes buscan sus servicios. Bernasconi se considera un artista que abre y cierra la puerta de su vida y de su obra respectivamente toda vez que la da a conocer. “Un libro representa un trabajo de 12 meses, durante todo el año voy juntando las partes de ese libro. Me siento bendecido por no vivir de los libros sino de mi trabajo en los diarios. Pero, en el caso de los libros, antes que hablarle a una masa prefiero hablarles a los individuos. Porque los libros los escribo para mí. No sé lo que pueda ocurrir con ellos, aunque sí planteo una anticipación. Escribo desde lo que a mí me gustaría leer. Es muy disperso lo que hago y cómo lo reciben los lectores”, indica.

El aspecto más delicado de la tarea de este brillante artista es encontrar un equilibrio constante entre el verbo y la imagen. Uno debe impulsar a la otra aunque sin llegar a eclipsarse mutuamente. La idea de belleza tiene mucho que ver en todo este asunto. Los personajes de Bernasconi pueden parecer, o serlo, impactantes, desorbitados, mitológicos, cómicos y muchas pero muchas otras cosas más, pero siempre estarán atados a una concepción estética que los acerca a una razón de “lo bello”. “El diseño perdió el rumbo de la belleza en función de la potencia y la velocidad. Todo perdió personalidad”, asegura el ilustrador. Su frase lo explica y explica las bases de su obra. No es que Bernasconi quiera desconocer las verdades que atesoran el ritmo contemporáneo y su necesidad de eficiencia. Él también debe adaptarse al deadline de los diarios y revistas. “Pero no estoy en el centro del torbellino. Necesito otro ritmo y me gusta trabajar desde allí”, cuenta.

–Tu trabajo se enmarca en el vértigo de los diarios, lo que a primera vista no parece una relación fácil. ¿Qué opinión tenés acerca del diario como entidad?

–El diario como forma de comunicación es indestructible. El papel tiene lápida y esto también es sano. Hoy hay instrumentos como las tabletas, que nos van indicando un nuevo espacio para el diario y a la vez nos permiten aprovechar la velocidad de la transmisión. Aunque el diario papel sigue siendo un objeto querible, las pantallas ya te permiten también tomar café y leer las noticias.

–Vos sos el creador de objetos infinitos, o perdurables al menos, en un universo finito, hijo de la inmediatez. ¿Cómo te situás frente a esta realidad?

–Trato de leer a partir de otras profundidades, no me gusta leer desde el suceso. Lo que yo puedo ofrecerle a un diario no es eso. Del mismo modo, no creo ser capaz de hacer un best seller, no sé cómo hacerlo. Pero ¿un libro atesorable? Eso sí sé hacerlo. En cuestiones de venta, mis libros arrancan despacito pero nunca se detienen. Eso es muy a contramano de la industria. Yo tengo dividida mi biblioteca personal en “general”, “clásicos” y “atesorables”.

–¿Cómo es tu relación con el prestigio y la notoriedad que has ido ganando con los años?

–Prenderse de ciertas formas de reconocimiento, intentar seguirlo, es un infierno. Una vez estaba en San Juan y se me acercó un hombre que me preguntó: “¿Vos sos Pablo Bernasconi?”. “Sí”, le digo. “¡Genio! ¡Genio!”, me dice. De pronto el tipo levanta la vista y mira un televisor que está a mis espaldas y grita “¡Qué genio! ¡Genio!”. Era Claudio María Domínguez. Lo que la gente piensa no debería uno tomárselo tan a pecho (risas).

–Es una consecuencia de volverse masivo.

–Los medios son invasivos, los libros no.


Exit mobile version