Impaciencia indisimulada
Lo que más inquieta a los europeos es que la conciencia de Duhalde es demasiado débil como para manejar un país en crisis.
El saldo de la visita a Europa del presidente Eduardo Duhalde que, acompañado por una nutrida delegación multipartidaria, había esperado recibir algo más que las manifestaciones habituales de «solidaridad» con el pueblo de su país, podría resultar positivo si por fin realmente llega a entender lo que los dirigentes de países como España e Italia han estado tratando de decirle. Cuando personajes como el presidente español José María Aznar insisten en que nuestro futuro pasa en gran medida por un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, lo que quieren decir no es que las propuestas reivindicadas por los técnicos del Fondo les parezcan perfectas, sino que la reacción ante la crisis que nos está devorando tendrá que ser por lo menos tan «dura» como podría ser la salida sugerida por los mandamás de las finanzas mundiales. Lo que más preocupa del embrollo que hemos sabido confeccionar ya no son los errores, por garrafales que algunos hayan sido, que han perpetrado los sucesivos equipos económicos. Es la sensación de que la Argentina está en manos de individuos sumamente débiles e indecisos que, por no estar en condiciones de gobernar, se conforman con hacer lo menos posible, perdiendo tiempo valiosísimo en debates inconsecuentes, de nivel intelectual cavernario, con el propósito de no verse constreñidos a poner manos a la obra. En efecto, de haberse comprometido con vigor impresionante el gobierno -que en el sentido más amplio de la palabra incluye no sólo al Poder Ejecutivo sino también al Legislativo y el Judicial-, con un programa totalmente equivocado, la situación del país sería menos grave porque no habría duda de que sus dirigentes contaban con la vitalidad necesaria para impulsar una eventual estrategia acertada.
Todas las teorías económicas son discutibles y los pueblos tienen derecho a optar por privilegiar la justicia social, digamos, por encima de la eficiencia, o sacrificar la igualdad en aras de la competitividad. Lo que no les conviene hacer, empero, es desconocer que todas las opciones sin excepción presuponen ciertos costos: de más está decir que el fracaso fenomenal de nuestra clase política se ha debido más que nada a su negativa a comprender el principio sencillo así supuesto. Está enfermo de facilismo desde hace tantos años que a juzgar por su desempeño ha olvidado por completo lo que siempre debería haberle sido patente: gobernar es a menudo una tarea muy pero muy exigente. ¿Lo comprenden nuestros funcionarios, legisladores y formadores de opinión? Por supuesto que no. Presuntamente convencidos de las ventajas de sus planteos particulares, casi todos han preferido mofarse de las dificultades, minimizándolas como si sólo fuera cuestión de cucos sin importancia inventados por sus adversarios. ¿El peligro de un colapso bancario generalizado? Es una patraña de los banqueros extranjeros que quieren apretarnos. ¿La anarquía jurídica? Es que, a diferencia de lo que sucede en el resto del mundo, en la Argentina la Justicia es independiente. ¿El default resultaría contraproducente? Era una especie neoliberal destinada a intimidarnos. El camino hacia el desastre ha estado pavimentado con nociones extravagantes de este tipo que reflejan con crueldad una incapacidad evidente para pensar con seriedad sobre las alternativas ante el país.
Lo que más inquieta a los europeos no es la voluntad de Duhalde de pesificar a cualquier costo o su esfuerzo por procurar mantener intacto un esquema corporativo y clientelista tradicional ya anacrónico. Es la conciencia de que en su estado de parálisis psicológica actual, Duhalde y los demás miembros de la clase gobernante son demasiado endebles y pusilánimes como para manejar un país en crisis. Los conflictos con el FMI tienen menos que ver con diferencias de opinión en cuanto al «modelo» económico recomendado por Anne Krueger y Horst Köhler que con la resistencia de los políticos locales a tomar medidas difíciles que con toda seguridad les ocasionarían muchos problemas. Desgraciadamente para nosotros, en la actualidad la Argentina es un país sin líderes genuinos, lo cual significa que cualquier «plan», aunque fuera formulado por los economistas más hábiles y más humanitarios del planeta, no podría sino fracasar de manera estrepitosa.
El saldo de la visita a Europa del presidente Eduardo Duhalde que, acompañado por una nutrida delegación multipartidaria, había esperado recibir algo más que las manifestaciones habituales de "solidaridad" con el pueblo de su país, podría resultar positivo si por fin realmente llega a entender lo que los dirigentes de países como España e Italia han estado tratando de decirle. Cuando personajes como el presidente español José María Aznar insisten en que nuestro futuro pasa en gran medida por un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, lo que quieren decir no es que las propuestas reivindicadas por los técnicos del Fondo les parezcan perfectas, sino que la reacción ante la crisis que nos está devorando tendrá que ser por lo menos tan "dura" como podría ser la salida sugerida por los mandamás de las finanzas mundiales. Lo que más preocupa del embrollo que hemos sabido confeccionar ya no son los errores, por garrafales que algunos hayan sido, que han perpetrado los sucesivos equipos económicos. Es la sensación de que la Argentina está en manos de individuos sumamente débiles e indecisos que, por no estar en condiciones de gobernar, se conforman con hacer lo menos posible, perdiendo tiempo valiosísimo en debates inconsecuentes, de nivel intelectual cavernario, con el propósito de no verse constreñidos a poner manos a la obra. En efecto, de haberse comprometido con vigor impresionante el gobierno -que en el sentido más amplio de la palabra incluye no sólo al Poder Ejecutivo sino también al Legislativo y el Judicial-, con un programa totalmente equivocado, la situación del país sería menos grave porque no habría duda de que sus dirigentes contaban con la vitalidad necesaria para impulsar una eventual estrategia acertada.
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