In memóriam

Redacción

Por Redacción

A 40 años del Rodrigazo

Por estas horas se cumplen 40 años del primer plan de ajuste económico que dejó un severo daño en el patrimonio de los argentinos: el Rodrigazo.

Fueron años difíciles para el país, signados por la violencia, el crimen y el desorden institucional, fiscal y financiero, provocado por una inestabilidad política endógena y la crisis del petróleo derivada de la guerra de Iom Kipur.

Desde comienzos de los 70, y con el peso (ley 18188) deteriorándose rápidamente, la economía venía dando signos de agotamiento, de falta de competitividad, con pérdida de mercados externos y un severo deterioro de los términos de intercambio.

El Rodrigazo no fue más que un reacomodamiento de las variables frente a la inflación, la puja distributiva por el ingreso, evidenciada en paritarias salvajes frente a los nuevos parámetros mundiales.

Para algunos fue como la entrada de la Argentina en la modernidad, puesto que implicaba el fin de una economía dominada fuertemente por el Estado para dar paso a la activa llegada de capital privado. Para otros, se trató simplemente de un dique de contención de una ola inflacionaria que no sirvió más que para beneficiar a unos pocos en detrimento de muchos y para tapar el fracaso de los políticos.

Huelgan mayores comentarios sobre los resultados de ese plan que dejó quiebras a nivel empresario y familiar.

También por estas horas se cumplirán 30 años de otro plan de ajuste que terminó en otra tragedia económica tanto para el capital privado como para las familias: el Plan Austral.

La novel democracia aún no se había asentado, la abultada deuda dejada por el régimen militar tenía un peso enorme y la crisis del 82 en México potenciaba su efecto sobre el continente. El peso argentino creado en las postrimerías de la dictadura se devaluaba aceleradamente, la inflación hacía estragos en el bolsillo de los trabajadores y la falta de divisas y de apoyo financiero externo colocaba al gobierno en una situación muy vulnerable. Para colmo, el gobierno enfrentaba a la comunidad financiera y carecía de cintura diplomática. El intento por frenar la inercia dio escasos resultados porque la estructura económica del país no cambió y las causas que llevaron a la crisis estaban intactas: alto gasto público, déficit fiscal y deterioro en la balanza de pagos. El denominado “festival de bonos” no alcanzó a neutralizar esos efectos. El resultado fue una sucesión de episodios traumáticos que terminaron en una explosión: pérdida de poder político en 1987, default en 1988 y devaluación e hiperinflación en 1989. Tanto en el Rodrigazo como en el final del Austral poco le importó a la dirigencia política el daño provocado por su impericia. La pérdida patrimonial que sufrió la sociedad argentina, mejor no cuantificarla. La vigencia de esas experiencias debería servir a la dirigencia actual para evitar caer en esas tragedias.

La economía argentina viene padeciendo desde hace 25 años los mismos problemas que arrastra desde los 70 y los 80: un gasto público excesivo, déficit fiscal financiado con emisión monetaria y deuda -son términos equivalentes-, inflación, alta presión impositiva, deterioro en los términos de intercambio y un perfil exportador de neto corte colonial.

Sólo las fluctuaciones de precios de los commodities han permitido gozar de una mayor bonanza financiera que enmascara aún más las rigideces de la estructura económica.

Ahora los problemas son más agudos que antaño. La administración Kirchner ha hecho más ostensibles las fallas de la economía.

La actividad industrial viene cayendo desde hace casi dos años, al igual que el empleo privado y el salario real, y las exportaciones se precipitaron a un ritmo del 20% anual.

Las paritarias amenazan en convertirse en una hoguera de conflictos sociales.

El gasto público se encuentra en el 41% del PBI, el nivel histórico más alto, y la presión fiscal en el 34% del PBI, también en su máximo punto.

La deuda externa ronda los 250.000 millones de dólares que, una vez corregidas las estadísticas de precios, representarían más de un 60% del PBI.

La vulnerabilidad externa se acentúa ante la falta de financiamiento externo y el conflicto con los holdouts y “me too” se convierte en un cerrojo. Las reservas despojadas de los préstamos, las deudas y la cosmética contable terminan en un saldo de unos 15.000 millones de dólares, una cifra demasiado exigua frente a los vencimientos de la deuda pública y a los 774.000 millones de pesos que representan el M2 (base monetaria más cuentas a la vista). Sin embargo, el ministro de Economía Axel Kicillof insiste en que ésta “es una economía robusta”.

¿Éste es el germen de una nueva crisis? Las condiciones parecen repetirse. En memoria de los argentinos caídos en las crisis económicas.

MIGUEL ÁNGEL ROUCO

Analista económico, DyN

MIGUEL ÁNGEL ROUCO


A 40 años del Rodrigazo

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