Incertidumbre chavista y el espejo del peronismo
CONTEXTO
Como señaló Max Weber, el problema más difícil que afronta el poder es resolver la cuestión de la sucesión. Cuando el poder ha quedado encarnado en una persona investida de una aureola carismática la dificultad es aún mayor. El carisma, a pesar de los deseos de los sucesores, no se puede transmitir como un bien hereditario. El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, consciente de que afrontaba las inevitables consecuencias de un cáncer terminal, antes de partir hacia Cuba dejó nombrado a su eventual sucesor: “Elijan a Maduro como presidente de la República, se los pido desde mi corazón”. Pero la pretensión del portador del carisma de designar un sucesor no garantiza el éxito de la empresa. La validez del carisma está sujeta al reconocimiento, y si el agraciado no aporta ningún bienestar a los dominados existe el riesgo de que su autoridad carismática se disipe rápidamente. El poder carismático es una relación de poder estrictamente personal y, por lo tanto, efímera. Para Weber, el carisma es una cualidad extraordinaria de ciertas personas, que puede ser real, atribuida o presunta y que le otorga una capacidad especial para transformar su entorno político, cultural o económico. Estas personalidades despiertan en sus seguidores la convicción profunda de que están dotadas de poderes sobrenaturales. Pero, como también ha señalado Robert Tucker, la clave de la adhesión carismática está en la situación social que da lugar al fenómeno. Una personalidad no necesariamente mesiánica puede suscitar una reacción carismática simplemente porque ofrece, en un momento de profunda desgracia, un liderazgo que se percibe como medio de salvación. Cuando Hugo Chávez tomó el poder en Venezuela, en medio de la abundancia de un país dotado por la naturaleza de un enorme potencial petrolífero, el 50% de los ciudadanos vivía en la más estricta pobreza. Chávez trató de mejorar la situación de estos sectores desfavorecidos y llevó a cabo políticas sociales que recordaban las medidas emprendidas por el general Juan Perón en la Argentina en la década del cuarenta. De allí que muchos –entre ellos el propio Chávez– consideraran al chavismo como una suerte de peronismo. Las notables similitudes entre el chavismo y el peronismo permiten establecer una cierta analogía en el futuro devenir del fenómeno. La desaparición física de Perón no supuso el fin del peronismo, pero es cierto también que ninguno de los dirigentes que lo sucedieron retuvo luego su carisma, es decir, esa relación especial de reconocimiento y confianza que el líder obtenía entre sus seguidores. Los intentos de reconstrucción artificial del carisma, ensayados primero por Menem y actualmente por los que pretenden endiosar a Néstor Kirchner, prueban acabadamente la futilidad de tal empresa. Si no existe ninguna posibilidad de transmitir el liderazgo carismático de Chávez, tampoco es posible sustituir esa ausencia con la presencia de un partido organizado alrededor de un programa de gobierno más o menos creíble. La característica principal de los gobiernos populistas es que descansan en el decisionismo de sus líderes, es decir, en las decisiones adoptadas de modo intuitivo según el curso de los acontecimientos. Generalmente son medidas de tono efectista, vinculadas con la necesidad de conectar con los volcanes adormecidos de emoción y la fuerza motivadora que anida en el inconsciente colectivo de los pueblos. El problema de las políticas de redistribución a favor de los pobres que implementan los gobiernos populistas es que, si bien elevan la popularidad de los líderes en el corto plazo, van creando las condiciones para su reversión en el largo plazo. Una fuerte redistribución que aumenta rápidamente la capacidad de consumo sin propiciar un aumento proporcional de la producción lleva inevitablemente a una crisis del modelo económico. Tanto en la Argentina como en Venezuela actualmente están aflorando las tensiones generadas por un modelo que descuida la gestión rigurosa de la economía y se basa en la expansión desmedida del gasto público. Estas medidas llevan a una inflación cada vez más acelerada, acompañada de serios problemas en la balanza comercial y fuertes restricciones a las importaciones. Son las consecuencias inevitables del “ciclo populista” que en numerosos trabajos ha sido caracterizado por períodos de ilusión seguidos de un inevitable desencanto. Ésta es, en síntesis, la situación que deja Chávez a sus sucesores: imposibilidad de transmitir el carisma, ausencia de un partido que pueda implementar un programa serio y creíble y, finalmente, una crisis general del modelo económico que obliga, inevitablemente, a la adopción de severas medidas de estabilización (devaluación, austeridad presupuestaria y reducción del nivel del salario). La impopularidad de las medidas que se avecinan generará una indudable reacción en la población que seguramente será aprovechada por todos aquellos que prometan “profundizar” la revolución bolivariana. Como serán muchos los aspirantes y pocos los ungidos, es probable que las politizadas Fuerzas Armadas de la inconclusa revolución prometida pretendan asumir el rol de árbitros. Al mismo tiempo, en su seno persiste un fuerte sector profesional que no ha visto con buenos ojos los excesos de politización a los que han sido sometidas, por lo que pronto tendremos los conocidos enfrentamientos entre “azules” y “colorados”. La suma de todos estos elementos permite prever que Venezuela vivirá horas de dolorosa incertidumbre. No es posible asegurar ahora cuál será el rumbo futuro de los acontecimientos. En la medida en que serán muchos los actores que compitan entre sí por el poder, las cosas ocurrirán de forma impredecible y los resultados se semejarán a la distribución de cartas en una partida de póquer. La única certeza reside en comprobar una vez más la inevitable consecuencia que deparan los liderazgos mesiánicos: debe pasar mucho tiempo hasta que nuevas generaciones impolutas resuelvan confiar en un nuevo salvador.
ALEARDO f. lARíA aleardolaria@rionegro.com.ar
CONTEXTO
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