Indignación inútil

Redacción

Por Redacción

Desde hace un par de décadas, la Iglesia Católica local, lo mismo que sus equivalentes de otros países de América Latina, está denunciando con vigor creciente la crasa desigualdad que es tan típica de la región más católica de la Tierra, de manera que era de prever que los obispos no tardarían mucho en «advertir» al gobierno aliancista sobre las dimensiones de la crisis social del país y la «gravísima corrupción moral» que a su entender «conduce a la pobreza y favorece tantas formas de violencia». También lo era que al difundirse los primeros documentos críticos de la situación imperante, muchos políticos y comentaristas manifestarían su aprobación de su contenido, sumando sus voces al coro que está «denunciando» el statu quo, actitud que, claro está, no significa que estén por pedir un impuestazo abrumador destinado a posibilitar, por un tiempo, un mayor grado de equidad económica. El consenso así supuesto se ha visto facilitado por la convicción al parecer generalizada de que en la raíz del desastre es el llamado «modelo neoliberal» o, en las palabras usadas por el Episcopado al redactar su mensaje más reciente, la confianza «casi religiosa en mecanismos socioeconómicos para la edificación de una nueva humanidad, como la absolutización (sic) de las leyes del mercado». ¿Quiénes opinan de este modo?: ¿los radicales?, ¿los peronistas?, ¿la izquierda? En la Argentina, los liberales de cualquier clase, para no hablar de los rutinariamente denostados «neoliberales», constituyen una minoría minúscula, de suerte que es de suponer que casi todos los delincuentes execrados por el clero viven en el exterior.

Por desgracia, las cosas no son tan sencillas como parecen creer los obispos. El estado realmente trágico de América Latina no es fruto de una década de fanatismo «neoliberal» sino de siglos de autoritarismo, oscurantismo, desprecio por los derechos ajenos, desidia sistemática, clientelismo, corporatismo, desdén por cualquier forma de investigación científica, corrupción consentida, nepotismo y populismo, siglos durante los cuales la Iglesia Católica ha desempeñado un papel protagónico. Por eso, es inmoral que los voceros de la institución que ha hecho más que ninguna otra para formar la cultura sociopolítica latinoamericana hablen como si todo lo malo que ha sucedido fuera obra de los predicadores de credos ajenos. Si, como insisten los obispos, la crisis es fundamentalmente moral, no tienen derecho a negar que ellos mismos y sus antecesores comparten la responsabilidad por dicha calamidad: al fin y al cabo, durante toda la historia de la región han actuado como sus máximos guías morales.

Estén en lo cierto o no quienes achacan el estado nada satisfactorio de América Latina a la inmoralidad -la ajena, se entiende-, tal análisis no sirve para mucho. Creerse víctima inocente de un orden radicalmente injusto puede hacer más tolerable una situación angustiosa, pero a menos que esté a mano una alternativa viable, no ayuda a salir de ella. Antes bien, estimula ya la desesperación que paraliza, ya el rencor que suele exteriorizarse en protestas cada vez más violentas. Es de suponer que los obispos no quieren que esto ocurra, que, por el contrario, lo que esperan es que los políticos, empresarios y otros se den cuenta de lo corruptos que según la Iglesia sin duda son para entonces modificar por completo su conducta, convirtiéndose en católicos ejemplares que distribuyan sus bienes entre los necesitados. Sin embargo, incluso si esta metamorfosis poco probable se concretara, los beneficios que recibirían los pobres serían escasos y pronto se agotarían porque, por satánico que fuera, en el mundo actual el bienestar depende más de la productividad que de la sensibilidad de los dirigentes. A menos que la Argentina logre «modernizarse», es decir, asemejarse mucho más a los países ya desarrollados, no habrá «solución» posible para una crisis social que está agravándose por momentos debido precisamente a la resistencia de casi todos los sectores, tanto los conformes con su propia condición como los que tienen razones de sobra para lamentarla, a romper con las modalidades tradicionales.


Desde hace un par de décadas, la Iglesia Católica local, lo mismo que sus equivalentes de otros países de América Latina, está denunciando con vigor creciente la crasa desigualdad que es tan típica de la región más católica de la Tierra, de manera que era de prever que los obispos no tardarían mucho en "advertir" al gobierno aliancista sobre las dimensiones de la crisis social del país y la "gravísima corrupción moral" que a su entender "conduce a la pobreza y favorece tantas formas de violencia". También lo era que al difundirse los primeros documentos críticos de la situación imperante, muchos políticos y comentaristas manifestarían su aprobación de su contenido, sumando sus voces al coro que está "denunciando" el statu quo, actitud que, claro está, no significa que estén por pedir un impuestazo abrumador destinado a posibilitar, por un tiempo, un mayor grado de equidad económica. El consenso así supuesto se ha visto facilitado por la convicción al parecer generalizada de que en la raíz del desastre es el llamado "modelo neoliberal" o, en las palabras usadas por el Episcopado al redactar su mensaje más reciente, la confianza "casi religiosa en mecanismos socioeconómicos para la edificación de una nueva humanidad, como la absolutización (sic) de las leyes del mercado". ¿Quiénes opinan de este modo?: ¿los radicales?, ¿los peronistas?, ¿la izquierda? En la Argentina, los liberales de cualquier clase, para no hablar de los rutinariamente denostados "neoliberales", constituyen una minoría minúscula, de suerte que es de suponer que casi todos los delincuentes execrados por el clero viven en el exterior.

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