Inesperado aroma londinense

La capital trasandina sorprende por su parecido con el East End. Cultura, música, shoppings y grafitis.

Por Redacción

Un inolvidable festival de música, hermosas calles con cafés y bares, barrios para recorrer a pie y la Cordillera de los Andes omnipresente. Estos son los primeros recuerdos que tengo de los días que pasé en Santiago de Chile, pero sobre todo me quedó una impresión: tiene un aire europeo que la acerca al East End de Londres, algo que no había imaginado.

Hasta este viaje había ignorado todo lo que la capital chilena tiene para ofrecer y hasta tal vez haya compartido el mismo prejuicio que percibo ahora en mis amigos cuando les cuento la agradable sorpresa que me llevé. El aroma británico, más allá de la historia y de las Malvinas, es algo más bien reciente. Una colega me contó que antes de meterse en la onda de las tendencias, Santiago lucía muy diferente: padecía un denso lastre de la dictadura.

“Como muchos europeos izquierdistas, para mí Chile era sinónimo de Pinochet. En los años que viví en Chile, entre el 2003 y el 2005, había un fuerte peso de la dictadura, pero en los últimos años algo empezó a cambiar”, me contó una periodista italiana que respiró la capital transandina mientras trabajaba en el diario “Santiago Times”. Ella fue la encargada de guiarnos a mí y a un amigo uruguayo.

Secuelas

La dictadura de Augusto Pinochet empezó en 1973 y fue la última en irse en América del Sur, en 1990. Al pisar las calles de Santiago, la presencia de fuerzas de seguridad fue imponente. “Pasa que si un chileno no ve un policía se pone nervioso y se siente inseguro”, me explicó alguien de esa nacionalidad que hace diez años que vive en Buenos Aires.

Cuando empezamos a recorrer las calles fueron apareciendo secuelas de los años de plomo. Por ejemplo, en el Cementerio General, donde están las tumbas del derrocado presidente Salvador Allende, que se suicidó ante el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, y la del músico y poeta Víctor Jara, torturado por los militares y luego asesinado.

Hasta el cementerio llegan las marchas en conmemoración del Golpe, con pancartas con los rostros de unos 3.000 detenidos desaparecidos, según organizaciones de derechos humanos. No son extraños los desenlaces violentos. La última vez la masiva manifestación por el 40º aniversario del Golpe terminó con enfrentamientos con la policía, que usó gases lacrimógenos.

La Moneda, sede presidencial, ardió durante el Golpe. Pinochet la cerró y mudó el gobierno al edificio Diego Portales, que ahora es el GAM, un muy lindo centro cultural, con librería, cine, teatro y un aire de renovación que se fue expandiendo en Santiago durante los últimos años. Hay quienes dicen que es porque las nuevas generaciones, las mismas que en los últimos años protagonizaron las protestas estudiantiles, nacieron tras la dictadura y ya no tienen miedo o, al menos, no están tan marcadas por el peso de la historia.

Pinochet reinauguró La Moneda en marzo de 1981, luego de la restauración que siguió al bombardeo de 1973. Para entonces, ordenó cambios, a fin de tener un búnker más protegido y, por ejemplo, clausuró la puerta lateral de la calle Morandé 80, que Allende utilizaba para hablar con los pobres todas las semanas. En el 2003, para el 30º aniversario del Golpe, el presidente de la Concertación, Ricardo Lagos, la volvió a abrir y, además, dispuso que haya una estatua de Allende en la Plaza de la Constitución, frente de La Moneda.

Empieza el cambio

En el 2004, el segundo de los tres años que vivió en Santiago, la periodista italiana empezó a notar que las cosas se movían allí. Es decir, en coincidencia con el caso Riggs: el proceso judicial contra Pinochet por malversación de fondos públicos.

Se descubrieron cuentas bancarias secretas en el Riggs Bank de Estados Unidos. “Esto sacudió a los chilenos, se dan cuenta de que Pinochet había sido corrupto, que tenía mucho dinero en el extranjero. La población reacciona”, nos dijo la periodista italiana.

Este movimiento coincidió con los jóvenes que empezaron a impulsar una onda cultural alternativa. Los barrios de Bellas Artes y de Bellavista pasaron a estar, poco a poco, más a tono con la moda y las tendencias. Así, se fue dando un desarrollo hasta lo que es ahora, una Santiago con partes muy cosmopolitas. Tanto, que en algunos rincones pareciera que uno está en el East End de Londres.

Por ejemplo, en el barrio Lastarria nos encontramos con tiendas alternativas de ropa y música, cine experimental, docenas de bicicletas fixie –las “fixed gear bikes” con piñón fijo, en las que no se puede dejar de pedalear–, jóvenes con pantalones ajustados, peinados estilo Alexis Sánchez y peluquerías decoradas. También hay muchos bares que sirven buen café, un dato que no es menor porque, dicen, en Chile antes solo se tomaba café instantáneo. A su vez, una vernissage de arte ya no es algo ajeno a la ciudad.

Con el uruguayo pidiendo bares, nos fuimos caminando unos diez minutos hasta Bellas Artes y paramos en The Clinic. Una casona de varios pisos con un patio interior, una galería de arte, varios ambientes con sillones donde se pueden comer buenos sándwiches y tomar cervezas, tragos o café. El lugar se desprende del semanario de humor político del mismo nombre que fundó, entre otros, Enrique Symms, el mítico periodista argentino que creó en 1998 “The Clinic” cuando Pinochet estaba en The London Clinic en Londres, durante su arresto domiciliario.

Pero recovecos lindos hay por todos lados. Otro de los días fuimos a la calle Mosqueto, llena de árboles. Ahí hay muchos cafés, entre ellos Pastelería Melinka, muy buena. Nos sentamos a tomar un café con torta y nos reímos un rato con una pareja que se peleaba el mesa de al lado: él soltaba números en el aire y hacía cuentas. Ella lo miraba con el ceño fruncido, hasta que le gritó: “¿Tu te creí que soy idiota? ¿Que porque soy mujer no sé matemáticas?”. Dejamos de escuchar y seguimos. Hablamos de que es en los días despejados que se toma conciencia de que en Santiago absolutamente todo se hace con un testigo: la Cordillera, que se ve desde toda esta ciudad.

Ayudados con un mapa y otro poco preguntando, llegamos a todos lados. Dicho sea de paso, nos llevamos muy bien con los chilenos que, al descubrir a un argentino, una de las primeras cosas de las que nos hablaban era de Marcelo Bielsa y su paso como entrenador por la selección de fútbol transandina. La siguiente parada fue el Museo de Bellas Artes. Ese día, en la puerta había inflable de Pinochet de 10 metros de altura. En la idea original, el muñeco gigante parece que se va a comer a La Moneda: “Nuestro propósito es revisitar el golpe de Estado de 1973 en clave pop, esto es, utilizando el lenguaje del cómic en tres dimensiones”, explicaron los organizadores. El inflable se llamaba King Kong por su tamaño y por “su condición de gorila”. El objetivo de ubicarlo frente a las sedes de institucionales emblemáticas como la Universidad de Chile y el Museo Nacional de Bellas Artes perseguía un sentido: “La violencia contra estos edificios presupone la usurpación de los valores que simbolizan”.

La “revolución de estilo” de Santiago que, podríamos decir, empezó en Bellas Artes, llegó hasta el barrio contiguo de Recoleta, donde antes no había mucho y ahora es otro barrio con mucho movimiento y varios hostales alternativos. Nos quedamos en uno genial, que se llama Hostal Casa Mosaico; tiene opciones de cuartos con baño privado, un café/bar, sala para juegos y una terraza muy linda, con mesas y sombrillas, y vista al Cerro San Cristóbal. Otra constante que se repite en la mayoría de los barrios son las paredes llenas de grafitis.

También hay un gran lugar para salir que se llama Onaciu, al que fuimos a bailar; tiene varios ambientes con música diferente, es como una enorme casa privada dividida en galpones, con espacios al aire libre y música alternativa. Vale la pena mencionar el bar restaurante “El Toro”, a donde van algunas celebrities locales e intelectuales.

Siguiendo a pie por Recoleta, a unos cinco minutos se llega a Bellavista, un barrio que tiene más historia bohemia: acá vivió Pablo Neruda con su esposa Matilda, a la que el poeta le dedicó su casa conocida como La Chascona. Además en la zona está El Patio, un punto de encuentro que mezcla gastronomía (chilena, francesa, peruana, mediterránea, española, japonesa), cultura, arte, diseño, ropa y artesanía.

En síntesis, la vida nocturna se concentra en Bellavista, Recoleta, Lastarria y Bellas Artes, aunque ahora también se expandió a una zona más acomodada como Tobalaba, que tiene muchos bares con espacio al aire libre y que ofrecen versiones distintas de pisco, entre otras cosas.

La mayoría del “Barrio Alto”, como le decía Víctor Jara a los barrios como Las Condes y Vitacura, se distinguen por restaurantes y unos centros comerciales enormes. En electrodomésticos y varias marcas de ropa, Santiago ofrece precios muy económicos en comparación con los de Argentina, en gran medida debido a que Chile tiene Tratados de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, la Unión Europea y países asiáticos como China. Así, por ejemplo, una laptop de primera marca se paga hasta un 50% menos, al igual que los televisores.

Memoria y caminata

La dictadura obviamente sigue presente. En este sentido, fue impactante visitar el Museo de la Memoria, inaugurado por Bachelet en el 2010 para conmemorar a las víctimas del gobierno de Pinochet. También está el Museo de la Moneda, que le cambia la cara a esa parte de la ciudad. Bajando unas escaleras, en la entrada del Museo hay una escultura que me gustó mucho. Es una pareja abrazada con forma de mundo. Averiguando, me enteré que se trata de “La Tierra”, creada por el artista chileno Tótila Albert. Su heredera, la psiquiatra Lola Hoffmann, contó una vez que el escultor se preguntaba: “¿Qué es lo que tienen en común todos los seres humanos? Y respondía: su estructura interior y exterior, dada por la naturaleza, de padre, madre e hijo. Cada hombre es una trinidad. Ya en el huevo fecundado, decía, se encuentran preformados estos tres elementos que corresponden, cada uno, a los tres principios esenciales”. La obra utiliza un solo punto de apoyo para la pareja entrelazada, simbolizando el equilibrio en la psiquis entre lo masculino y lo femenino.

Con la ayuda del eficiente sistema de subterráneos, con aire acondicionado y que conecta bastante bien la ciudad, fuimos hasta el barrio Brasil-Quinta Normal. Hay muchos murales en la calle, un ambiente que por momentos se parece al San Telmo porteño, y una cuadra peatonal, con edificios antiguos a cada lado, que se llama Adriana Cousiño.

Música

Santiago no será Buenos Aires pero igual llegan varias bandas internacionales, ya que forma parte del circuito: acá también hay mucha gente que puede pagar una entrada. Nosotros estuvimos en noviembre del año pasado para el Primavera Fauna, el festival que se hace desde el 2011 en el Espacio Broadway, en las afueras de la ciudad (km 16, camino hacia Valparaíso).

El lugar es ideal. Es un enorme complejo con varias piletas. Sin edificaciones a la vista, el horizonte está cercado por las montañas. Hay decenas de puestos de comida y barras en las que venden tragos y bebidas.

En uno de ellos un cartel resumía el ambiente: “Trabajamos para que usted carretee mejor!!”. Así como de este lado de la cordillera se dice “salir de joda”, los chilenos dicen “salir de carrete”. En tres escenarios hubo 25 shows. Tocaron bandas a las que hubiera ido a ver por sí solas: Clap your hands say yeah! y los Illya Kuryaki & The Valderramas. Pero el plato principal, el que nos llevó hasta ahí, era británico: con Jarvis Coker como líder, fue la primera vez que Pulp aterrizó en Chile. Y, para mí, resultó el cierre perfecto para una inesperada Santiago con aroma londinense.

Juan Ignacio Pereyra

santiago

de chile

Patio del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Humor en un recital: “carretear” significa salir a divertirse.