Inflación estructural



Las medidas anunciadas por el gobierno para intentar bajar el creciente ritmo de la inflación parecen chocar contra el obstáculo cada vez más común entre la población: la desconfianza en la efectividad de las acciones oficiales.

Después de anunciar un índice de precios superior al 4,7% en marzo, que anualizado lleva el índice por arriba del 50%, la casa Rosada anunció una batería de medidas que calificó de “alivio” a la situación actual. Entre otros aspectos, establece un nuevo sistema de Precios Cuidados, suspende varios aumentos previstos en los servicios públicos y fija la banda cambiaria hasta fin de año, buscando disminuir la volatilidad en la cotización del dólar. Además, definió varias medidas para intentar estimular el consumo, mediante líneas de crédito, el reintegro por compras con tarjeta y menores plazos en el pago de las entidades financieras a los comercios.

La mayoría de las medidas está orientada a intentar frenar la inercia inflacionaria que se ha apoderado de la economía en los últimos meses y pareciera inmune a las recetas de restricción monetaria y ajuste fiscal que lleva adelante la administración de Cambiemos.

Sin embargo, las decisiones han sido cuestionadas por la mayoría de los economistas, que ven en estas medidas un intento improvisado por mejorar temporalmente las condiciones económicas, una forma de mostrar que se está “haciendo algo” para mejorar la situación, como le piden sus propios seguidores, y de crear un “veranito económico” que beneficie al oficialismo de cara a la próxima campaña electoral.

Varios han destacado que tanto el titular de Hacienda, Nicolás Dujovne, como el presidente Mauricio Macri están adoptando determinaciones de las que no están convencidos y que han criticado en el pasado, como el congelamiento de precios. Ésta ha sido una medida que históricamente se ha mostrado ineficaz y a menudo contraproducente, ignorando que las causas de la inflación no son las actitudes especulativas ni caprichosas de los empresarios sino que tiene sus raíces en fenómenos económicos más complejos y en los comportamientos de la sociedad y sus instituciones.

En un reciente homenaje al economista y profesor Julio Olivera, varios colegas rescataron su concepto de “inflación estructural” formulado en los 60 y que busca explicar el fenómeno más allá de las formulaciones sólo monetaristas, sobre todo en Estados donde los mercados funcionan de manera muy imperfecta, con rigideces, asimetrías y cuellos de botella característicos de los países de desarrollo intermedio. En uno de los trabajos, el economista Guillermo Calvo, experto en economías emergentes, señala que la cultura inflacionaria y la falta de credibilidad de la política económica entre la población y los grandes actores económicos hace que los precios suban demasiado “porque el público espera que la política antiinflacionaria va a ser abandonada en un futuro no muy cercano”, sea por el propio gobierno o su sucesor.

La crónica falta de confianza ha sido un freno permanente para la economía argentina en el último siglo, afectada por la fragilidad financiera, carencia de inversiones, fuga de capitales, la debilidad de la moneda y una oscilación entre liberalismo y proteccionismo, que no han podido dar respuesta a las históricas restricciones de la economía. Y cada ciclo ha desembocado en procesos fuertemente inflacionarios, sean estas administraciones liberales o estatistas.

El congelamiento de precios de 64 productos, sobre 2.000 que releva el Indec, a cargo de 350 inspectores en todo el país tendrá un impacto limitado y efímero. Y el uso del dólar como “ancla inflacionaria” conlleva el riego de atraso (también para nuestra ya decadente actividad, la fruticultura) y probables corridas cambiarias futuras.

Mientras la clase política siga pensando en atajos con rédito electoral y postergue reformas de fondo para frenar la inflación, entre otras una baja sustentable del gasto público y solucionar los desequilibrios del sector externo, con amplios consensos que trasciendan una administración y otorguen confianza a los inversores, la inestabilidad seguirá lastrando la economía y vaciando los bolsillos de la gente.


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